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Perfil 04 de Enero de 2020

“No quiero los códigos empresariales de la economía naranja”

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Foto: Orlando Amador.

A Leyla Cure le apasiona la Psicología, pero no como un campo estático para ejercer en un consultorio. Desde su Casa Manoa ha abierto un espacio de comunicación, preservación y cuidado que ya es parte del relato de su vida.

Kirvin Larios
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Una casa puede albergar muchas casas.

Los objetos y muebles que la componen —y que funcionan por sí solos, pero también en relación con la casa—, y las piezas que la hacen ver de determinada manera, no son solo parte de ella: son también la casa misma, que habita y habla en cada elemento de su interior. Y también de su exterior, pues una casa, como un organismo vivo, está pensada en relación con el lugar del que surge.

De acuerdo con ese lugar se levanta, se construye, se destruye y concibe un relato cambiante, con una especificidad y cualidad propias.

Algo de esto tiene y comparte Leyla Cure y el lugar que concibió hace dos años, Casa Manoa, un espacio encargado de albergar diversos puntos de encuentro —tanto humanos como no humanos— en los que se reúnen diversas formas del cuidado y la comunicación cercana, afectiva y directa entre múltiples campos del saber.

Hablar de Cure es hablar también de Casa Manoa. Nacida en Cartagena, pero criada desde pequeña en Barranquilla, dejó la ciudad a los 19 años. Casi sin conocer su ciudad  y su país, o al menos sin sentir un vínculo fuerte que la ligara al lugar donde creció, estuvo 11 años por fuera de Colombia. En Ecuador estudió Psicología Transpersonal en la Escuela de Psicología Transpersonal Integral, donde aprendió conceptos de respiración holotrópica y constelaciones familiares. Luego, estudió Psicología Clínica para familiarizarse con los modelos académicos y clásicos del campo que tanto le interesa. Estuvo en México, Perú, Australia, en el sur de Asia, en Egipto, Jordania, Siria  y visitó, en Medio Oriente, la familia de sus abuelos paternos. “En todos esos años de viajar por el mundo me di cuenta de que quería regresar y vivir acá. Que lo único que no conocía era Colombia”.

Esta psicóloga está interesada por seguir creando “puntos de encuentro” para el público en Barranquilla

A su regreso sintió que “quería estar en contacto con una Barranquilla que no reconocía”, y empezó hacerlo “a través de los objetos antiguos que iba encontrando”. Sintió el deseo de saldar una “deuda cultural”, pero antes debía entrar en contacto con lo nuevo, o con lo que ya estaba ahí y no se había fijado. En Barrio Abajo, el Boliche, el centro de la ciudad —lugares en los que no había estado nunca—, encontró puertas y ventanas, muebles y rescató “partes y piezas que puestas de alguna manera tomaban otro significado”. Mientras hacía las búsquedas se preguntaba “cómo lo antiguo sigue contando una historia”. Así, empezó a ver los objetos “como un lenguaje” y “una narración” que explorar.

El resultado ha sido una casa que alberga y acoge: a los objetos encontrados, que su fundadora reunió en una especie de labor curatorial, como ella misma lo ve; y a quienes asisten a los talleres y encuentros que allí se han dado sobre jardinería, yerbatería, compostaje, reciclaje, cerámica, cultivo de huertas caseras, entre otros.

En principio, Cure pensó en una tienda de productos orgánicos, luego se dio cuenta de que no quería vender nada, sino generar “un movimiento” y una cultura alrededor del arte y las conversaciones en común sobre diferentes temas. Ese movimiento es, probablemente, el diálogo que establecen todos y todo en Casa Manoa, tanto los asistentes con los mismos asistentes, como los objetos entre sí, y los objetos con quienes llegan y los aprecian.

Esa Casa, antes un espacio abandonado, semidestruido, perteneciente al apartamento de sus padres en un edificio que mira a la transitada y ruidosa carrera 49c, se preocupa cada vez más, como dice su fundadora, por “el valor que tiene el textil, el algodón, la madera que estamos utilizando” y por entender “cuál es el vínculo emocional que tenemos con los elementos con que estamos diariamente en contacto”.

Su nombre lo toma de una leyenda indígena poco conocida en Colombia. “Los indígenas”, cuenta, “engañaban a los colonizadores con una capital de El Dorado, un lugar que tenía más oro, más piedras preciosas. Los indígenas se protegieron de las extracción de sus lagunas con esta leyenda. Los colonizadores y la corona española gastaron mucha plata buscando esa ciudad de Manoa, por ambición. Los indígenas, por protección, decían que era una ciudad donde había mucho más. Cuando leí esta leyenda en un libro de Carpentier, empecé a imaginarme que venir a Barranquilla podía ser como esa leyenda.  Una vez me puse un disfraz de Carnaval en el que yo era la hija de Manoa. La gente empezó a decir “vamos a casa de Manoa””.

En Casa Manoa, los objetos encontrados cobran un nuevo significado. Para Leyla Cure, todos cuentan una historia.

Devenir

Una de las actividades preferidas de Cure es el leer sobre los talleres, los temas y las conversaciones que tienen lugar en Casa Manoa, e indagar “la vida detrás de cada producto” que se ofrece al público. En este mes, va a Nueva York a visitar casas culturales y workshops, con la intención de seguir estudiando para los proyectos en Casa Manoa, que aunque no es su lugar de residencia, dice que ésta puede verse como una extensión de aquélla.

El espacio que fundó gracias también a la colaboración de amigos y artistas,  la ha hecho pensar en conceptos sobre la economía en cultura: “No quiero tener esos códigos de la economía naranja que me parecen muy empresariales, y que están todo el tiempo apostándole a la creatividad en términos de competencia. Yo quiero generar una idea nueva y acogedora, por eso las metáforas de la casa y del cuidado. Más que las llamadas industrias culturales, enfocadas en la competencia, me interesa algo que tenga que ver con un devenir y momento histórico”.

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