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Invitado 15 de Febrero de 2020

Los brownies de la abuela que hoy sustentan una empresa familiar

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Foto: Orlando Amador.

Lo que empezó como un ensayo escolar, se convirtió para Andrés Fernández en el camino para sortear una crisis económica. Hoy tiene una empresa familiar con historia propia que caracteriza la pujanza Caribe.

Kirvin Larios
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La historia de Mimi es la de un vínculo sanguíneo y un restaurante de comida artesanal que empezó en casa. Es la de un negocio familiar que ha cambiado su forma de producirse y desarrollarse, y que se ha conducido con creatividad y dedicación en cada momento.

Mimi es un apelativo cariñoso que le dan a Ivonne Chagüi, abuela de los hermanos Andrés y Angélica Fernández, quienes en su infancia pusieron la semilla de un negocio familiar sin saberlo, pero que ya estaba entre ellos.

Hace unos 13 años, cuando Angélica estaba en el colegio, tuvo que crear un proyecto de emprendimiento que le permitiera recoger fondos para una materia, y por eso le pidió a la abuela Mimi que le preparara unos brownies con el fin de venderlos en clase. “Empezaron a venderse muchísimo y nos dimos cuenta de que había un buen producto detrás”, dice Fernández, psicólogo y profesor universitario.

En el colegio, entre amigos, y en círculos cercanos empezaron a distribuir, vender y pronto a recibir pedidos de más “brownies de la abuela”. Así empezó el negocio casero, pequeño, sin nombres y sin marca, que sin embargo ayudaría a solventar varias crisis económicas en la familia.

Cuenta Andrés Fernández: “Cuando tuve que cambiar de colegio, pagué la mensualidad a punta de brownies; los vendía en la cafetería escolar y los viernes hacíamos cruce de cuentas. Cuando quería salir un fin de semana, le pedía a mi abuela que me regalara brownies o los vendiera más baratos, y yo salía al conjunto y a la cuadra a venderlos. En la universidad los llevaba en una caja y los vendía”.

Pero no fue sino hasta diciembre de 2014 que Angélica hizo un encargo especial para una cena, a la que llevaron brownies con adiciones y salsas especiales, hechos con ayuda de Ivonne Munarriz, su madre. En la fiesta, varias personas se acercaron a preguntar desde cuándo vendían los brownies. Al día siguiente Angélica, que es diseñadora, creó la marca, la página en Instagram, y ese mismo mes hicieron brownies para vender decorados en las fiestas navideñas.

En febrero de 2015, ella misma, responsable del apelativo de Ivonne Chagüi (que ni la madre ni ella recuerdan por qué se lo puso o de dónde surgió), se le ocurrió vender una línea de brownies saludables. Era un “mercado por explotar”, ya que solo conocían una empresa en Medellín  que se dedicaba formalmente a comerciarlos. Angélica “estudió el tema y desarrolló unos brownies aptos para diabéticos y celíacos”. La distribución y la demanda empezó a crecer: Medellín, Bogotá,Cali, Cucuta, Cartagena, Barranquilla, entre otras ciudades.

Cada uno aportó lo que podía desde su campo e interés. Angélica, con sus estudios en diseño gráfico, empezó con el cargo de creativa y comercial. Ivonne Munarriz, “una mujer guerrera”, se encargó de la producción junto con la abuela, la razón de ser de la empresa. Y Andrés, psicólogo, que siempre se ha considerado “analítico y pensante”, se dedicó a manejar la parte administrativa y financiera, así como a pensar el crecimiento y planificación del negocio familiar.

Andrés y Angélica junto con Ivonne Munarriz, madre de ambos y socia mayoritaria del negocio familiar.

Poco antes de mudarse de apartamento, rentar una casa y adquirir equipos, la abuela fue diagnosticada con cáncer. Los médicos le recomendaron no seguir trabajando. Tiempo después Ivonne Chagüi cedió su parte del negocio, que le compraron luego de una valoración de todo su aporte.

A principios de ese 2015 también la empresa quedó registrada oficialmente en la Cámara de Comercio. Con Angélica e Ivonne (madre) “empezaron a hacerse muchos más brownies tanto en la línea saludable como en la tradicional”. Así, con una propuesta ya más formada, llegaron a otras ciudades, a colegios y supermercados.

Luego –inevitablemente–, la gente y el público consumidor empezaron “a pedir un lugar donde llegar a comer sus pasteles, pudines y brownies con café”.

Probaron ingresar con una sede propia en distintos establecimientos que, por estar ya copados, les decían que no. Un día encontraron un local de un Centro comercial en Construcción, y entonces “sin una solidez crediticia”decidieron “aventuarse”. Desarrollaron un menú de sal, con un previo estudio de mercado que además combinara con el perfil de Mimi. Compraron equipos nuevos, contrararon cocinaros y empezaron a hacer realidad los nuevos platos.

Hoy, como subraya Andrés Fernández, son 31 familias que se sostienen por “un granito de arena que aporta Mimi a las vidas de otros”.  

Angélica y Andrés Fernández, desde el diseño y la administración, le han dado cada uno su propio aporte a la repostería. 

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