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El diván virtual 15 de Abril de 2011

¿Valoramos lo que tenemos?

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A la mayoría de los vivientes de la naturaleza les ha dado por ser depredadores, no necesitan construir una herramienta para cazar, alimentarse o defenderse. Otros pueden trepar, volar, nadar, arrastrarse o mimetizarse hábilmente para conseguir el alimento.

Nacen abrigados, poseedores de envolturas propicias para tiempos inclementes. A diferencia, nosotros los seres humanos, para guarecernos construimos moradas, para las inclemencias del clima inventamos abrigos, para alimentarnos y defendernos creamos instrumentos, para comunicarnos ideamos señales, para alimentarnos, recolectamos los alimentos.

Aún para sobrevivir con nuestros desechos, debemos encontrar la forma de eliminarlos. Una serie de saberes que nos permiten la supervivencia porque somos seres de la palabra, sin lo cual sería imposible la existencia.

También, elaboramos la forma cómo debemos comportarnos para vivir en el grupo social, normas y valores que la mayoría cumple, sin lo cual la especie perecería. Algo en lo que poco pensamos y que nos lleva a olvidar lo valioso que hay en el ser humano y por lo tanto en cada uno de nosotros.

Hacemos parte de todo un montaje que hace que las cosas marchen, del que sólo advertimos su presencia cuando falla, seguramente la razón de que no lo podamos agradecer cuando funciona.

En el mercado encontramos los alimentos que necesitamos, prendemos la luz y nos ilumina, abrimos el grifo y sale el agua, tenemos acceso a medicamentos cuando sufrimos una enfermedad.

Beneficios, entre muchos, que nos parecen mínimos cuando los tenemos, sin pensar que hacen parte de todo un esfuerzo colectivo, para lo cual se ha necesitado todo un engranaje. Al parecer olvidamos que no es tan sencillo lograrlo.

Pasar de las señales de humo al internet, de los caminos de herradura al avión, de los fogones de leña al microondas, de la música en vivo al CD, del frio o el calor inmisericorde al aire acondicionado, de la enfermedad a la cura, entre muchos otros, nos hace creer que todo es inmediato.

Es la angustia del hombre moderno que ya no sufre por la lentitud sino por la rapidez. Una instantaneidad a la que nos hemos acostumbrado y que no nos permite apreciar lo que se hace para obtenerla y sobre todo, la creemos infalible, volviéndose tan necesaria que su falla nos puede hacer la vida invivible.

Una vida que sería mejor si tuviéramos la capacidad de apreciar las cosas en lo que valen y valorar lo que nos ha sido dado. Si siempre tuviéramos presente que cada suceso que mueve nuestro mundo, ha tenido toda una historia y un gran esfuerzo, seríamos más partícipes, menos exigentes y más dadivosos.

La inmediatez de lo moderno nos puede llevar a exigencias donde perdemos de vista el esfuerzo que en cada acto se realiza, sin entender que lo que poseemos, se debe a acciones conjuntas en las cuales cada uno ha realizado su parte. Una la labor minuciosa y constante de aquellos que se unen para lograr lo impensable, construido día a día sobre un vacío, sobre lo que no hay pero que puede ser posible.

Valores que debemos rescatar, ya que al parecer, hasta la vida ha perdido el reconocimiento que merece en un mundo donde todo se vuelve desechable.

También la capacidad de asombro para recibir las cosas buenas, dando por hecho que deben estar ahí para nosotros, desconociendo que cuando se logran, no es por arte de magia, sino que obedecen a un esfuerzo colectivo del cual, si hacemos parte sólo para pedir, la respuesta que encontraremos será que muchos de los que se han propuesto para colaborar, se queden con todo o, sólo den lo mínimo de lo que deben dar. GC

POR
Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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