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El diván virtual 16 de Septiembre de 2011

¿Sufrimos más que los demás?

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Creer que somos los elegidos para que nos sucedan más infortunios, es una de las mayores causas de inconformidad y por supuesto de sufrimiento.

Algunos aconsejan para aliviarse, hacer recuento de lo que les sucede a otros, de lo que sabemos por experiencia que no nos quita y menos nos soluciona lo propio. Por lo tanto no es de esto de lo que aquí se trata.

Se trata de revisar ese pensamiento que nos asalta, cuando nos encontramos con circunstancias apremiantes o no deseadas, que en ocasiones se presentan juntas, por lo cual se hace entendible que lo interpretemos de esa manera.

Cuando pareciera que la suerte se confabulara para que los daños de los objetos, los malentendidos y las pérdidas fueran recurrentes. Momentos en los que algunos acuden a un dicho muy antiguo, que evidencia una culpa porque lo toman como un castigo: “Parece que hubiera matado un cura”.

Situaciones en que sentimos que la vida se ensaña como si le debiéramos algo, haciéndonos olvidar que también ha habido otros, donde nos ha brindado mucho. Allí dónde respondemos con un dejo de disgusto al “¿cómo estás?” habitual, con un: “Nada, todo igual”.

Somos seres de la insatisfacción, razón por la cual no reconocemos y agradecemos lo que anda bien, porque lo vemos como rutina, o magnificamos lo que no anda, porque lo vemos como una injusticia.

La razón, probablemente, es que no entendemos que la vida no es justa, para nadie. Que la vida sólo es vida, y que aún tratando de vivirla de la mejor manera, eso no nos exceptúa de sus vicisitudes y avatares.

La incapacidad para aceptar que en ocasiones los sucesos se juntan, porque los objetos ya han cumplido su tiempo de vencimiento, porque los malentendidos siempre existen y porque la vida está signada por las pérdidas, es el mayor malentendido. Darle una connotación intencional a lo que nos sucede, es el mayor sufrimiento, por desconocer que la vida es vida, precisamente, porque a cada momento nos pone a prueba.

¿Por qué acaso vivir no se trata de eso? Desear y, ¿en la búsqueda de lo deseado hacer un camino del que no tenemos las coordenadas? Esa es la razón del interés que suscitan las biografías, allí donde se puede mirar atrás y armar el rompecabezas para saber cómo el protagonista logró, lo que en ese momento puede contar.

De lo que está llena la historia que nos enseña los acontecimientos, y no precisamente los más felices, que han hecho la vida de personajes sobresalientes. Algo común para todos, que aunque no seamos tan sobresalientes, somos los protagonistas de nuestra vida.

Una historia que a cada uno le toca construir, o vivir, para contarla, parafraseando a nuestro Nobel. Y allí triunfará el que menos se conduela de sí mismo, porque, ¿acaso Ulises, ese personaje legendario, hubiera llegado a Ítaca si hubiera pensado que era el más de malas?

Alguien que podría haber renunciado, porque sí que le sucedieron infortunios. O, si los protagonistas de las películas, cuando el barco naufraga o el avión tambalea, dudaran de luchar para salvarse y salvar a los demás, y no precisamente con consejos. A veces las historias poco nos enseñan, porque pensamos que son inventos de héroes, sin darnos cuenta que somos el héroe de nuestra propia historia.

La vida siempre nos exige y cada mañana nos obliga a despertarnos y abandonar el sueño, que algunos ni siquiera alcanzan a conciliar, por no entender que, como en La Odisea, la vida es un viaje en el que aparecerán momentos que no siempre serán justos y lo que nos queda es tratar de salir airosos. Por algo los griegos nos legaron esa historia. GC

POR
Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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