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El diván virtual 07 de Octubre de 2011

¿Somos libres?

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La libertad es lo más ansiado, especialmente para los que no la tienen porque están privados de ella por un régimen opresor o por manos criminales, la más terrible, porque trata, no sólo de esclavizar la mente sino también el cuerpo de los que tienen el infortunio de padecerla.

Hay otras formas también de no ser libres, por lo cual la libertad es un tema del que se ha hablado siempre y mucho, confirmando que aquello de lo que más se habla es de lo que más se carece. Y es entendible, porque desde que nacemos estamos cautivos, y no porque el otro nos quiera sojuzgar sino porque si no lo hace no sobrevivimos.

Por nuestra carencia en los primeros años necesitamos que alguien nos proteja y nos diga cómo es el mundo, a lo que estamos obligados a obedecer para poder adquirir el lenguaje y las normas que nos permiten vivir en sociedad. Una alienación necesaria que nos ordena y deja ver que una libertad total es imposible, porque sin ciertos mandatos pereceríamos.

Un sometimiento necesario, evidente en que cuando queremos aprender los legados que por generaciones ha dejado la humanidad, en un principio seguimos sin cuestionar el pensamiento de otros para después poder decir algo propio.

Una libertad siempre incompleta debido a que padecemos una falta en ser, que al mismo tiempo que nos constituye también nos divide entre lo que somos y lo que queremos ser, porque sujetos a pensamientos heredados, prejuicios, clichés del momento o ideas obsesivas, estamos presos. Hay allí un tirano, y no como aquellos de carne y hueso que tanto vemos, sino uno que desconocemos porque estando dentro no es imposible reconocerlo.

No lo vemos pero nos dirige para escabullir la mirada, para hacer que nos ausentemos cuando debemos estar más presentes, y hace presencia en un lapsus, una equivocación, un olvido, que nos puede complicar la vida cuando más queremos organizarla. Que hace que nos suden las manos cuando vamos a saludar, que tiemble nuestra voz queriendo que se oiga firme o, nos juega la mala pasada al querer expresar lo que sabemos, de dejar nuestra mente en blanco como si algo invisible hubiera barrido lo que momentos antes era tan claro.

Aparece, cuando queriendo estar serenos la presencia de otro nos hace trastabillar, rabiar o entregarnos, aunque nos hubiéramos prometido que no íbamos a ceder. También, en esas formas de posponer lo deseado, la llamada procastinación, un estilo de vivir donde el tiempo pareciera llevarnos siempre la ventaja porque nunca nos alcanza, y si lo hace es para avisarnos que ya no lo tenemos.

Infinidad de situaciones en las que nuestra acción no es acorde a lo que deseamos, una falta de libertad de la que no podemos culpar a otros, ni siquiera a nosotros mismos, porque, y no es una disculpa, parece un acto ajeno.

¿Somos libres? Una pregunta importante y no sólo cuando se refiere a aquellos que en forma abusiva se abrogan derechos sobre los demás que, como los adolescentes que buscan encontrar un lugar más allá de aquel en que estuvieron siempre sometidos, reclaman derechos transgrediendo las normas antes obedecidas.
De pronto, porque no han entendido de qué se trata, ya que, paradójicamente, para ser libres lo primero que hay que aceptar es una falta de libertad porque estamos obligados a acatar la ley para vivir en sociedad.

Y para ese tirano que habita en nosotros, desconocido pero siempre presente, sólo queda preguntarnos por él, cada uno, porque son leyes que al arbitrio quedaron grabadas en el inconsciente, como un amo que nos asalta y priva de disfrutar lo mínimo que la vida ofrece. GC

Por
Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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