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El diván virtual 14 de Noviembre de 2015

Sobre la adopción

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Isabel Prado Misas
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Conocemos la historia de Salomón, aquella en la que dos mujeres se pelean por un niño, cada una diciendo que él es su hijo. Cuando recurren al rey, éste ante la imposibilidad de saber la verdad, decide mandar a traer su espada dando la orden de que lo partan en dos. Frente a esto, una de las mujeres grita que no lo hagan, que lo entreguen a la otra, por lo cual el rey comprende que es ella la verdadera madre.

Salomón es un rey recordado por su sabiduría, algo difícil de poseer en este mundo en el que saber qué es lo correcto o lo incorrecto pareciera pedir decisiones tan drásticas como la suya. Porque es un mundo cambiante, que se mueve sin permiso de nadie y nos aboca a  decisiones para las cuales seguramente no estamos preparados, que se van dando en la medida en que las circunstancias lo piden, con desosiego, angustia y especialmente temor.

Algo que no nos debería extrañar, así siempre han sido los cambios través de la historia. Ahora, uno de tantos se refiere a la homosexualidad en la que muchos sufrieron por ser proscritos, totalmente excluidos, primero castigados por la ley y después relegados al mundo de la enfermedad como una perversión, para, en la actualidad, pasar a poder reclamar sus derechos como cualquier persona, cuya dignidad no le puede ser negada por la atracción que define su posición sexuada. Condición que podemos decir le tocó en suerte y no precisamente eligió.

Y hoy los niños y su adopción por parejas del mismo sexo nos ofrecen alternativas antes nunca pensadas y nos ponen ante una gran disyuntiva, a lo cual respondemos desde los saberes adquiridos, algunos desde el juicio personal, moral y social, y otros desde el deseo de tener lo que por su condición les ha sido negado. Una lucha en la que cada parte esgrime sus razones que, es probable, la última palabra la tendrán aquellos que en el momento tengan más poder.

Y como sucede y sucederá, además por obvias razones, los niños estarán sujetos a lo que las decisiones de los adultos propongan para ellos. Disposiciones no exentas de fallas, porque sabemos que la verdad nadie la tiene, de ahí tantas dudas que descansan sobre un temor arcaico porque hace parte de la vida que nos propone desde siempre lo incierto, no saber lo que una decisión de ahora acarreará mañana.

Sería afortunado que en estos casos primara una ética en la que el niño no sea tomado como un objeto, aunque sobre él haya que dirimir con razones conocidas. Pero también hay desconocidas en las que cabe preguntarse: ¿los espacios en los que se mueve el amor están condicionados por la posición sexual? O, es algo más profundo que determina querer protegerlo, cuidarlo y hasta perderlo si eso lo salva. Una legislación espinosa, como para Salomón.
 

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