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El diván virtual 02 de Diciembre de 2011

¿Siempre hay un culpable?

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No necesariamente, pero no hay nada que nos mueva más que tratar de encontrarlo. Sin advertir, ni por asomo, que hacerlo no nos ayuda a eliminar las dificultades, porque mientras lo buscamos, el tiempo que perdemos es valioso para solucionar el problema.

Sabemos que en nuestro país hay muchos que merecen ser acusados porque el dolor que generan, se ha convertido en nuestro eterno acompañante, lo muestran los hechos recientes.

Pero también es innegable que buscar a quien culpar es algo que se hace casi por reflejo. Debe ser porque entendemos que todo efecto tiene su causa y, desafortunadamente, siempre nos apresuramos a endosársela al que se halle más cerca y con más velocidad, si no cuenta con nuestro afecto.

Las cosas pasan por algo, decimos, y es justo decirlo porque es verdad. Lo que no lo es, es atribuirle ese algo a alguien sin miramiento, sin consideración y sin pruebas.

Una forma muy humana de proceder que hace parte de la cultura, evidente en las familias en la que la suegra atribuye al descuido de la nuera cualquier enfermedad de sus nietos. O, la otra suegra, al yerno, el origen de todos los problemas del matrimonio de la hija.

Somos facilistas y rápidos en este tipo de señalamientos, como si hacerlo nos aliviara del malestar que nos causa que las cosas no anden como quisiéramos, evidente en que una anomalía en alguno de los aparatos que hoy nos hacen la vida más fácil, no llame a la pregunta de qué le habrá pasado, sino a otra en tono amenazante: ¿Quién fue el último que lo usó? Olvidando la ley que dice que todo lo que está en buen estado es susceptible de dañarse y, frente a una avería, no faltan los improperios contra aquellos que tuvieron la mala suerte de haber estado un poco más cerca del importante elemento, por lo cual son sospechosos.

Y qué decir de los que no salen temprano y el chofer del transporte que han tomado, termina pagando los platos rotos de su tiempo que no saben programar. O, la señora en su casa y el jefe tan diligente en su trabajo, que por no saber donde están sus cosas, los empleados cargan con la responsabilidad de lo que ellos jamás encuentran.

Debemos reconocerlo, somos muy proclives a este, al parecer pequeño, pero grandísimo defecto, a culpar y culpar, razón por la cual vivimos en un valle de culpas, porque fue lo que escuchamos desde muy niños, cuando todavía no sabíamos que era, pero ya lo sentíamos.

La mamá culpa al papá y él a ella, el padre y la madre al hijo, y luego los hijos a ambos, es que no pueden hacer otra cosa que lo que les fue enseñado. Un tema difícil, no de tratar, pero sí de conjurarlo porque estamos tan habituados que no nos damos cuenta, sólo lo sentimos cuando lo hacen con nosotros, no cuando lo hacemos nosotros.

La culpa es un sentimiento doloroso, lo sabemos por carne propia, razón de que la usemos supuestamente para enseñar y especialmente para manipular. Y para cargarla en los hombros de los que menos queremos o de los que más esperamos.

También porque nos cuesta entender que, en ocasiones, los sucesos se dan simplemente por vencimiento o por azar. Que las enfermedades se presentan porque no somos cuerpos gloriosos, que todos estamos sujetos a la equivocación, y que en una relación de dos o más, ninguno es tan poderoso para ser el único causante de lo que sucede.

La culpa agobia, por lo cual debemos preguntarnos qué tan justos somos cuando respondemos a un evento cualquiera en forma irreflexiva. Culpar es más fácil que asumir la verdad de que la realidad que vivimos siempre cojea, una cojera que no se arregla acusando sino remediando. GC

Por Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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