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El diván virtual 11 de Febrero de 2011

¿A qué se le llama histeria?

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Generalmente decimos: “Se puso histérico”, cuando vemos a alguien en esos estados en los cuales la persona se ve desbordada por sus emociones.

Frase que muestra que algo sabemos, aunque no siempre se tiene razón, porque uno se puede ver desbordado por situaciones que lo hacen salirse de casillas, sin ser precisamente un histérico.

La histeria es una cosa seria, tan seria que se puede definir como la búsqueda de la insatisfacción. Algo bastante fácil de encontrar.

Si analizamos un solo día de nuestras vidas, seguramente allí encontraremos sucesos que nos muestran que siempre habrá algo de lo que podríamos quejarnos. Que el que esperábamos no llegó, que hace mucho calor, que nuestro hijo nos contestó mal, que el dinero con que contábamos no lo recibimos, y esto en lo que es menos traumático.

Todavía peor cuando nos sacuden situaciones que sí, realmente, nos cambian la vida, lo cual deja ver que vivimos en la falta. Digamos que siempre algo falta, un “algo falta” que en la histeria se vuelve necesario remarcar, y no precisamente para solucionarlo sino para señalarlo y quejarse. Para confirmar, como si apenas se enterara, lo que ya se sabe: el mundo y su imperfección.

La histeria implica muchos aspectos que no son nada banales, pero este es el más vistoso y fácil de reconocer. Una condición de estar en el mundo que puede traer mucho dolor, y no porque de hecho estemos siempre expuestos a él, sino por la forma de enfrentarlo.

Una desmesura en la apreciación de lo que sucede, que lleva a la impotencia y por lo tanto a la incapacidad para buscar caminos que den lugar a una solución.

Es así como aquel descontento con su trabajo, se pasa la vida hablando mal del jefe, la mujer maltratada se regodea a diario en contar a la vecina sus desventuras, el estudiante se sabe al dedillo los defectos del profesor pero nunca se pregunta por los suyos.

Una forma de vivir el mundo como si no se hiciera parte de él, dónde el otro tiene todo el poder, y por supuesto, la culpa.

Es vivir en la frustración de lo que no se dio, de lo que no se dijo, de lo que alguna vez se tuvo y se perdió. Por eso a veces nos sorprendemos con dolores que alguien sufre, tan antiguos que ya debían haber quedado en el pasado, pero que se arrastran como si fueran actuales. Y dolores actuales, en los cuales se permanece con toda clase de justificaciones que hace cierto el refrán aquel que dice: “Al que le gusta el barro carga el terrón en la mochila”.

Pero es que no es fácil, y no lo es porque es inconsciente, lo que quiere decir que no nos damos cuenta, sólo sabemos que sufrimos, que las cosas no nos salen como queremos, para concluir que no nacimos con estrella sino estrellados.

Y es que hay algo muy particular que tiene que ver con la histeria: el deseo del otro. Una forma que nos está dada por estructura, porque cuando nacemos no sabemos nada del mundo y entramos en él a través de lo que el deseo del otro nos muestra, es la razón de que para la mayoría, la madre es la que sabe el punto exacto del azúcar para endulzar su leche, lo que no reflexionamos es que ese es el punto, porque es el que ella misma mostró como punto.

Vivimos confundidos con el deseo del otro, deseamos lo que desea el otro, de ahí que la insatisfacción haga estragos, porque con el deseo propio perdido, no hay quien lo pueda satisfacer.

Como en el caso de la señora muy apesadumbrada que insistía en que su esposo debía ir a consulta porque vivía muy pendiente de su trabajo, tenía muchos amigos con los que salía, practicaba deportes que lo alejaban de la casa y no se preocupaba por ella.

Hasta que descubrió que por estar tan ocupada con su mirada puesta, sólo sobre lo que él deseaba y gozaba, no había podido ni siquiera preguntarse por lo que ella quería. Y este es sólo un aspecto, quedan pendientes muchos más. GC

POR
Isabel Prado Misas*

*Psicoanalista
 isaprami@hotmail.com

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