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El diván virtual 04 de Marzo de 2011

¿Qué nos dice el Carnaval?

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Seguramente muchas cosas que no cabrían en este espacio. Teniendo que elegir una, me vino a la mente una frase que le escuché a alguien, además con un dejo de tristeza: “La alegría es para el que la tiene”. Algo que podemos pensar como cierto y que el carnaval lo demuestra.

Porque: ¿cómo entender ese ímpetu que desborda al barranquillero cada año? ¿Ese acudir puntual a una cita con sus raíces y sus símbolos? ¿Con la música, el baile y su alegría? Es que la tiene y nada la detiene, ni la situación del país, ni los sucesos adversos, ni siquiera el que su celebración esté tan cerca de todos los gastos del fin de año y además los escolares, que dejan a muchos al límite de sus finanzas.

Cómo entender esa creatividad y necesidad de disfrazarlo todo, las puertas de los establecimientos, los carros que se convierten en Marimondas, las vallas y los muros, las bombas de gasolina. Es que toda la ciudad se viste de fiesta y entra en una lógica que contagia.

El tema se vuelve obligado: qué grupos van a tocar y en dónde, si se va a ir a La Guacherna, si se va a ir a palco, o a palquito, si se va como participante o como espectador, y es que se tienen las dos opciones, porque el que tenga ganas, sólo tiene que buscar una comparsa donde lo dejen entrar. Es una fiesta que acoge a todos, en la cual se borran los distingos de razas, estratos o ideologías, lo único exigible es la alegría, las ganas de gozar y disfrutar.

Vivir en Barranquilla es saber que en diciembre se empiezan a sentir los acordes de la música de carnaval que anuncia su cercanía, y ya pasado el año nuevo, en las noches, el golpe del tambor brota de cualquier esquina y todo currambero sabe que los más acuciosos están ensayando sus comparsas. Cercana la fecha lo más común es empezar a ver disfrazados, especialmente los niños, que asisten puntuales no sólo al estudio, también como garabaticos y pequeños cumbiamberos muestran que la fiesta se avecina.

De pronto, para poder entenderlo hay que conocer esa forma de ser del barranquillero, habitante de una ciudad donde la brisa hace danzar las palmeras, los robles, los almendros que junto con los grillos, las ranas, no permiten que el silencio, aún en la noche más callada, sea total. Una ciudad donde las calles, en un instante se convierten en ríos y uno siente que sin moverse del sitio le cambiaron el paisaje, y después, sin aviso, un sol brillante vacía todo tan rápido que cuesta creer que el aguacero fue real.

Un lugar lleno de vida, donde la luna, la brisa, la lluvia, el sol, tienen algo de desmesura en su forma de presentarse, al igual que sus habitantes que, haciendo una cola en un banco o un supermercado, en el encuentro en un ascensor, o en cualquier esquina, subvierten el escenario para convertirlo en tertulia y hablar de lo divino y lo humano con aquel que sólo por encontrarse, ya no es un desconocido.

Una forma de ser particular, y no sólo por el carnaval, él apenas la muestra. Esa necesidad de estar en contacto con el otro, de buscar su mirada, de interesarse, de inventar, de comunicar. De sentir la música que desde pequeños los hace vibrar, un real que conmueve y mueve porque está escrito en el cuerpo antes de lograr las primeras palabras.

De unos símbolos: el Garabato, el Congo, el Monocuco, la Marimonda, y demás, que se graban en la memoria cuando todavía no se alcanzan a comprender y de un imaginario, que por lo mismo se sostiene.

El carnaval es un desborde, un jolgorio, es un desorden ordenado. Un momento para burlarse de lo que hizo noticia en el año y de pronto causó dolor, para recrear la vida y la muerte en sus danzas tradicionales y en el entierro de Joselito, con la fantasía de resurrección que todos los años se cumple. Esperable en un lugar en el que se vende alegría, además, con coco y anís. GC

POR
Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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