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El diván virtual 05 de Agosto de 2011

¿Qué más decir de El Joe?

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Sí, que más decir, porque ante su desaparición han corrido ríos de tinta, sentidos homenajes, y su música que se escucha en todas partes baila en nuestra mente desde el día de su muerte.

Entendible porque cuando alguien como él muere, lo que queda es un gran agradecimiento por todo lo que nos dio. También surgen muchas preguntas. Una de ellas, la capacidad que tienen algunos para crear, un don poco común, por lo cual aquellos escogidos tienen un lugar especial en la cultura. Una gratificación por algo impagable porque lo que nos ofrecen se aleja de la forma convencional en la que cuando algo se entrega, se espera una retribución.

El artista cuando crea no espera nada a cambio, el acto creador ya es su satisfacción. No es para nadie, aunque después se vuelva de todos, es lo que en psicoanálisis se llama sublimación. Una forma de entrega que lo trasciende, que él mismo no sabe de dónde proviene y sin relación con otros aspectos de su vida. Evidente en que por su gracia, aunque no se olviden, se le perdonan sus debilidades humanas.

¿Cómo entender que alguien tan lejano sea tan cercano? Son las incógnitas que allí se proponen y que dan cuenta de lo que es el amor, esa capacidad de sentir por el otro más allá de tener su cuerpo o su presencia. Un vínculo que traspasa las fronteras de lo mezquino, de la posesión, y en una lógica de dar y recibir, el artista y su público se unen en un encuentro que exalta lo mejor de ambos.

Seguramente la razón de que allí quede de lado todo lo demás porque la comunión es con su arte, con lo que nos puede brindar que enaltece la condición humana.

¿Amamos al Joe o sus canciones? Seguramente sus canciones, pero ellas hacían parte de él, por lo tanto terminamos amándolo, además, porque no es fácil sustraerse a aquellos que nos dan felicidad, especialmente cuando su entrega está atravesada por la originalidad, la pasión y la capacidad de interpretar un pensamiento colectivo, en la posibilidad de decir lo que también quisiéramos que se nos hubiera ocurrido.

En su caso, un arte para adentrarse en la música, para ser la música, a quien le vendría bien una frase de alguien que al bailar decía: “Yo no soy un hombre, soy una nota”. Él era muchas notas, y su forma particular de combinarlas hacía que fuera El Joe. Lo que demuestra que somos lo que creamos, lo que hacemos con lo que nos ha sido dado que le da sustento a nuestro nombre, por eso algunos pueden pasar de ser un sustantivo a ser un adjetivo como sucede con los grandes haciéndolos inmortales.

Sabemos que lo único inmortal es la palabra y en ella viaja un sentimiento, una historia, para ser contada y repetida.
No todos podemos ser inmortales, a lo sumo, sólo alcanzamos a disfrutar de aquello que nos ofrecen los que sí lo logran, y al hacerlo, los constituimos como tales.

El Joe no hubiera podido ser sin los que lo aplaudimos, lo gozamos y sentimos su muerte. Los que supimos apreciar lo que daba, además sin reservas, una entrega respondida de la misma manera, también sin reservas, lo que comprueba cada vez más que siempre se recibe lo que se ha dado.

Entendible entonces tantos homenajes, que además muestran que apreciamos en lo que valen esos regalos que la vida nos entrega a través de personajes irrepetibles, inolvidables, que hacen la existencia más plena y dejan claro que más allá de lo incomprensible de una vida, lo que queda es su legado.

En este caso sus notas, sus letras, lo que entregó con amor y en la búsqueda de su deseo. Eso lo logró, es evidente. GC

POR
Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

 

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