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El diván virtual 21 de Enero de 2011

¿Qué entendemos por resignación?

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La palabra resignación puede ser entendida de muchas maneras. Nos resignamos ante la muerte, una condición que nos impone la vida y que exige que seamos fuertes y nos acojamos a su destino. Nos resignamos ante las pérdidas que no podemos remediar, una posibilidad que nos permite seguir viviendo sin abandonarnos al dolor y la autocompasión.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que a veces tomamos la resignación como una forma de comodidad, cuando la entendemos como una convicción de que las situaciones no se pueden mejorar, cayendo en la falta de acciones que modifiquen lo que vivimos. Algo de lo que padecemos bastante y nos afecta en el plano familiar y social, reflejado en muchas frases que usamos a diario que dejan ver la creencia de que las soluciones no están en nuestras manos.

Muchas veces decimos: “Para qué vamos a reclamar si eso no va a solucionar nada”, “Por qué voy a hacerlo yo, si los demás no lo hacen”, “Me voy a ganar un problema y nada va a cambiar”, “Mejor espero a que otro lo haga”, y así muchas que denotan que se vive el mundo como si no se hiciera parte de él, un borramiento de uno mismo como sujeto de la propia vida, que lleva a que las circunstancias que nos afectan permanezcan. Lo que no entendemos es que si no hay cambio, es precisamente porque no hemos participado para que se dé, y lo que queda es la queja y la frase, a veces triunfante, como si lo que importara fuera el vaticinio: “Yo ya sabía que iba a ser así”.

Una incapacidad para reconocernos como autores de lo que nos pasa, que se puede catalogar como una posición infantil que en el niño es entendible porque sus acciones todas, están direccionadas por el adulto, y si este no las asume, él poco puede intervenir. A veces seguimos obrando como si fuéramos niños, sin dar peso a nuestras decisiones y sin reconocer que nuestros actos, así sean por omisión, tienen consecuencias. De esta forma nos dejamos avasallar por las circunstancias, o acogiéndonos a lo que el otro quiere, sostenidos en la cómoda premisa de que así somos, como si no tuviéramos derecho a algo mejor.

Seguramente la razón de que situaciones familiares que podrían cambiar, sigan repitiéndose apoyadas en la repetida frase: “Yo mejor no digo nada”, o que las circunstancias de la ciudad en que vivimos, sufran en forma atávica de los mismos padecimientos como si no tuviera dolientes y como si su solución no correspondiera a los que la habitamos. Una forma de hacernos los locos frente a lo que nos sucede, en la fantasía de creer que es a otro a quien atañe dar soluciones y en una forma muy humana de disculparnos, cargarle todas las culpas sin siquiera preguntarnos qué tan partícipes somos de lo que sufrimos.

“Una golondrina no hace verano”, un dicho que nos sirve para exonerarnos. Y es verdad, ella no lo hace, pero sí puede hacer algo con él. Sin embargo, para muchos es literal, una excusa para no asumir lo que a cada uno toca, dando lugar a que sea cierto que cuando los malos prosperan es porque los supuestamente buenos callan. Nos acostumbramos a quejarnos sobre todo con aquellos que no tienen la solución pero cuando hay que actuar retrocedemos, no denunciamos, no reclamamos, no proponemos, como si estuviéramos en una sociedad dormida que de antemano piensa que ya todo está perdido. Una resignación cómoda porque en el fondo sabemos que toda iniciativa tiene un costo, que no queremos pagar.

Hay una frase al parecer dura, pero es más duro no reconocerlo, dice: “sufrimos de lo que merecemos”, y seguramente no porque hayamos hecho algo para merecerlo, más bien porque no hemos hecho nada para cambiarlo y, en ese sentido, siempre será cierta. La fortuna es que hay salidas, sólo hay que buscarlas.

Por: Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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