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El diván virtual 16 de Marzo de 2012

Psicoanálisis y escritura

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“Si sólo fuera posible que alguien se mostrara capaz de detenerse un instante, de callar un momento a la vista de la verdad. Pero parece imposible. Todos, yo también, nos aproximamos a la verdad y la derrumbamos a fuerza de centenares de palabras”.

Estas son palabras de Kafka, un gran escritor que como tal es eterno. Hace parte de los que traspasan fronteras y tiempo, y siempre tienen algo nuevo que decirnos. Por eso no es casual que alguien como él, con una relación tan especial con el lenguaje pudiera enunciar tal queja. Un reclamo que no es cualquiera, que toca la desolación más íntima del ser humano, esa Torre de Babel más trágica aún porque hablando en el propio idioma, incluso consigo mismo, en ocasiones no encuentra respuesta posible.

Es que somos seres extraños, ¿acaso no llegamos a la consulta refiriéndonos a lo que nos pasa como si fuéramos comandados por otro? Otro que la psicología sabe que existe, por eso los test objetivos y proyectivos que buscan indagar lo que se dice más allá de lo dicho, que arrojan un resultado para decírselo al que lo contestó, con rótulos que le dicen cómo es, lo que indica que estamos advertidos de que no sabemos cómo somos.

Razón del diagnóstico que implica uno que sabe y le dice al otro lo que no sabe de él mismo, resumido en una etiqueta: trastorno obsesivo compulsivo, bipolar, depresivo, hiperactivo, entre muchos. Y aquí es donde el psicoanálisis se diferencia, su apoyo no son exámenes, pruebas, ni evaluaciones, porque lo que busca es un encuentro con la palabra del que allí se queja para hablar con ese otro tan propio y desconocido, ese que Freud descubre en los actos fallidos, tan fallidos que nunca dieron, ni dan todavía para que se les tenga en cuenta en la cientificidad psicológica, pero que para la teoría psicoanalítica es lo más importante, es con lo que se ha de tratar.

Un hallazgo que no lo encuentra el que escucha sino el que habla, porque el analista sólo está ahí como garante de una palabra, y no precisamente la suya, sino la de aquel que llega para que pueda expresarla, aceptando la apuesta de soportar que lo que dice resuene, y así, como anhela Kafka, ofrecerle un lugar donde alguien se muestre capaz de detenerse un instante, de callar un momento a la vista de la verdad, y no la derrumbe a fuerza de centenares de palabras.

El escritor tiene el don de ofrecernos su lectura del mundo, como un notario que da cuenta de lo que sucede en actas admirablemente escritas, como Kafka en este párrafo magistral. Es el poeta quien tiene la posibilidad de acercarse a la verdad que, confesaba Freud, al psicoanálisis le es más difícil decir. Razón de que al leer sus escritos encontremos que sin descuidar revisiones profundas de las teorías científicas, las aproximaciones para acercarnos al conocimiento psicoanalítico, se encuentren llenas de alusiones poéticas que demuestran su proximidad con el arte más allá de la ciencia pura, que busca un saber midiéndolo y confirmándolo. Y sus razones:

“La esencia más profunda y eterna de la humanidad, que el poeta cuenta con poder despertar en su auditorio, son aquellas mociones de la vida del alma que tienen su raíz en la infancia que después se hizo prehistoria”.

El psicoanálisis parte también de que hay un otro en nosotros que desconocemos, pero su intención no es evaluarlo ni nombrarlo, es toparse con él, como un arqueólogo que teniendo la certeza de que hay una prehistoria, insiste en buscar la verdad en sus huellas, en sus palabras.

Por Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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