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El diván virtual 30 de Septiembre de 2011

¿Por qué me equivoqué?

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Una pregunta que nos hacemos con más frecuencia de la que quisiéramos, relacionada con la posibilidad de mejorar lo que no se hizo bien y que permite lo que llamamos experiencia, un beneficio, porque somos capaces de juzgar lo ocurrido después del hecho. Pero también sucede, que este reconocimiento nos puede llevar a pensar y repensar, como si al hacerlo nos fuera dado cambiarlo.

Son aquellas situaciones en las que si hubiéramos estado un minuto antes o un minuto después, no hubieran sucedido. Dónde una decisión a tiempo nos hubiera salvado de un mal momento, de una pérdida, de un error, a veces grave, a veces leve, pero siempre importante. Que nos lleva a martirizamos cavilando: si hubiera hecho mejor esto, si hubiera hablado a tiempo, si me hubiera dado cuenta, si no hubiera ido, si hubiera esperado. Tantas y tan comunes, seguramente reconocidas porque hacen parte de nuestra vida cotidiana en la que es tan fácil equivocarse.

Nos olvidamos de un refrán que dice: “Después de ojo afuera, no hay Santa Lucía que valga”. Lo que quiere decir que lo hecho, hecho está, como reza otro. Pero en ocasiones, con refrán y sin él, no podemos dejar de repasar y nuestra mente no descansa pensando en las otras posibilidades que teníamos y a las cuales no accedimos, repitiendo la escena una y mil veces, queriendo que el tiempo corriera no hacía adelante sino hacia atrás, de tal manera que pudiéramos deshacer lo que se dio mal hecho.

Una posibilidad que no se nos dará y lo sabemos, sin embargo, seguimos volviendo al mismo video, en el que como protagonistas no salimos victoriosos. Las razones son tantas, por olvido, por ignorancia, por descuido, por un impulso y por qué no, por suerte, pero principalmente por la incapacidad para ver otras opciones que luego podemos considerar, pero que en el momento no estaban a nuestro alcance.

En la vida hacemos lo que podemos, porque si en el momento nos fuera dado hacerlo de otra manera, seguramente lo hubiéramos hecho. Sin embargo, olvidamos que las circunstancias con que juzgamos hoy, no son las mismas de ayer, por lo cual la culpa hace estragos, limitando la posibilidad, no de cambiar lo sucedido porque es imposible, pero sí de remediar en lo posible lo que está en nuestras manos.

Muchas de estas acciones son inconscientes, de las que se cree que por serlo, no hay responsabilidad. Algo en lo que frecuentemente nos equivocamos, porque es el sujeto quien las lleva a cabo y, aunque lo realizado no obedezca a un acto consciente, eso no nos exime de responder por lo propio. Y no lo será culpándonos, disculpándonos o tratando de olvidar, sino enfrentándolo con valentía para mejorar lo que por nuestra defectuosa vista, se escabulló a nuestros ojos.

Una valentía que escasea, ya que tendemos a escondernos, a no dar la cara, a temer la crítica y en especial, a buscar explicaciones que no nos alivian sino que alimentan la culpa, porque aunque no lo digamos hacia afuera, por dentro sí sabemos cuán responsables somos.

Los mayores dolores son lo que uno mismo se inflige, decía Sófocles, y no queda duda de que tenía toda la razón, especialmente cuando no somos capaces de entender que la claridad que ahora alumbra el pasado, no era tan clara cuando ese pasado todavía era presente. GC

Por
Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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