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El diván virtual 09 de Septiembre de 2011

¿Podemos cambiar al otro?

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Esta es la pregunta del millón a la que más de un billón contestaría que sí, sólo hay que ver como sufrimos esperando que el otro cambie, en vez de cambiar nosotros.

Lo que se llama ahora las relaciones co-dependientes, esa forma que tenemos de volvernos adictos no a una droga, sino a una persona y su defecto, que se vuelve tema recurrente de conversación sin que en él aparezca la pregunta de cómo allí se está también implicado.

Una realidad que no aprendemos a pesar de una fábula muy antigua atribuida a Esopo, que trata de enseñárnoslo. Dice que un escorpión le pidió a una rana que lo ayudara a atravesar el río, la ranita aunque dudosa porque conocía al personaje pero condescendiente, lo subió a su espalda. Cuando iban en la mitad del trayecto el pasajero le enterró el aguijón, ella sorprendida le preguntó por qué lo había hecho ya que así morirían los dos, y él, además muy honesto, le respondió: no puedo hacer otra cosa, soy un escorpión.

Una enseñanza bastante desatendida, especialmente cuando empezamos una relación y creemos que lo que no nos gusta cambiará con la convivencia. También, cuando ya estamos embarcados en ella y en lugar de tomar una posición frente al problema, suponemos que con ruegos, sometimiento o agresividad lo solucionaremos.

Una forma cándida de ver el mundo, en la que se supone que el sufrimiento que se siente y se muestra encontrará eco, además porque en sus palabras están muy claras las razones de porqué todo anda al revés.

Es común encontrar el creer que nuestra influencia será suficiente para modificar lo que no nos gusta del otro. La razón de que a muchas relaciones, más que el amor, las guie un deseo de salvavidas, que si le creemos a nuestra fábula, allí, cada uno, saldrá maltrecho.

Equivocación que afecta en muchos sentidos y en todo tipo de relaciones, aún las más efímeras, como el estudiante que supone que el profesor debería ser distinto, y mirándole los defectos, que seguramente los tiene, pierde de vista su propio objetivo para terminar perdiendo y repitiendo la materia con el mismo que suponía debía cambiar.

Pensar que toda la falla está en el otro, sobre todo cuando es muy vistosa, nos hace perder la perspectiva de cuál es la nuestra. Como en el caso de nuestro apólogo, en el cual vemos muy clara la maldad de uno pero no la ingenuidad de la otra, que si hubiera sido un poco más despierta se hubiera salvado ella y de paso también al agresor.

El sadismo se caracteriza por un gusto en infligir dolor, para lo cual es necesario aquel que le haga pareja, el masoquista, que cree que sufrir es la única razón de ser. Y no es equivocado concluir que se mantienen juntos porque el segundo vive a la espera de que el otro cambie, como la ranita de nuestro cuento, que aún sabiendo cómo era el escorpión, no pudo resistirse a su propia tentación de querer cargarlo en su espalda.

Creer que la solución de lo que nos pasa depende de que el otro mejore, nos deja sin opciones, porque nada garantiza que vaya a suceder, en cambio, saber que está en nuestras manos nos permite una salida. Sobre todo la de dejarlo en paz y aceptarlo tal como es, sin adornos ni retoques, para poder decidir también en paz, si eso es lo queremos.

Propuesta al parecer difícil que se refleja también en nuestro grupo social que esperando que los políticos cambien, no empezamos a cambiar nosotros, y como el estudiante que reprueba seguimos repitiendo la misma cantinela, quejándonos como la ranita de lo mismo, que a sabiendas de que algunos no sirven porque ya lo han demostrado, los seguimos eligiendo. GC

POR
Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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