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El diván virtual 02 de Septiembre de 2011

Perder. ¿La mayor angustia?

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Sí, porque la pérdida es el sufrimiento por excelencia, podríamos decir que todo lo que nos hace sufrir se refiere a ella. Perder un amor, un hijo, el padre, la madre, el prestigio, el buen nombre, la estima, un amigo.

El tiempo, el dinero, un semestre, un trabajo, un objeto, un examen, un negocio. Una parte del cuerpo, la memoria, la salud, la juventud y lo más importante: la vida.

Vivimos signados por la pérdida y lo sabemos, la razón de que la angustia sea uno de los afectos que nos acompañan. Es la causa primordial de la inseguridad, por estar advertidos de que lo que poseemos hoy, podemos no tenerlo mañana. También la razón de muchos desafueros, como en aquellos que teniendo el poder no lo quieren dejar y llevan a los pueblos a la ruina y la destrucción.

También evidente en situaciones menos dramáticas, que no son tan simples, como en las competencias en las que para algunos la pérdida de su equipo puede entrar en la categoría de vida o muerte. Y, ¿perder un avión, el celular, su señal, o que se caiga el sistema, no nos desespera? Es la razón de que la publicidad siempre vaya enfocada a mantenernos la ilusión de que con el producto elegido todo está seguro.

Es por eso también que se venden seguros. De vida, de accidentes, de enfermedad, de pérdida total o parcial, aunque no nos garanticen la vida, ni nos impidan accidentarnos y menos enfermarnos. Son paliativos para la pérdida que ahora se ofrecen en todas partes, hasta en los supermercados, porque la percepción de inseguridad es cada vez más acuciante y tratamos de remediarla pagando antes.

Perder hace parte de estar vivo, del encuentro con la realidad que para algunos, se hace tan azaroso que terminan perdiendo también la calma por la dificultad para soportarlo. La causa de lo que llamamos estrés, esa angustia permanente que no permite disfrutar la vida, que se calma con calmantes para no pensar, con pastillas para la pérdida del sueño, del apetito, del deseo sexual. De medicamentos para los niños cuando se ha perdido autoridad o las ganas de averiguar seriamente lo que les está faltando.

Y la pérdida de un ser querido, la más grande, porque la muerte nos lo arrebata o, porque ya no nos ama. De los dolores más difíciles de subsanar, que en el primero, mínimamente nos queda la resignación de que no quiso abandonarnos, en el segundo, más doloroso, porque además de la soledad nos deja maltrechos en nuestro orgullo, que entre más grande sea, y más poderosos nos hayamos creído, como en los tiranos vanidosos, más difícil será aceptarlo.

Si, perder no es fácil, aunque desde el nacimiento estemos enfrentados a ello. Salir del vientre materno ya es una pérdida, dejar un lugar que, como en el paraíso, todo nos ha sido dado. Hay que empezar a llorar para estrenar los pulmones, después caminar y hablar, adelantos que entre más progresan más nos garantizan otra pérdida: la atención de aquellos que todo lo hacían para nosotros. Es evidente entonces, que perder también hace parte de los avances que logramos en la vida que, cuando nos está sucediendo, a veces no alcanzamos a comprender la importancia que tiene abandonar lo que hasta el momento nos hacía sentir seguros.

Una enseñanza que no debemos olvidar, que nos puede hacer más fuerte para aceptar esos momentos difíciles en los que creemos que no sobreviviremos a aquello que nos falta, olvidando que estamos equipados, desde que nacemos, para enfrentar lo que nos parece imposible, aunque en ocasiones, la angustia nos haga dudar. GC

Por Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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