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El diván virtual 18 de Febrero de 2011

¿Nos cuesta ver lo errores de los que amamos?

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La respuesta es sí, y todos lo sabemos. De lo que no estamos al tanto es que causa una ceguera crónica, y si en ocasiones algo alcanzamos a vislumbrar, tendemos a recurrir al engaño.

Una forma de aliviarnos que se da de diversas maneras, como en la madre que cuando el hijo comete una falta, encuentra cierta calma explicando que el amiguito lo indujo. Y si es el marido, seguramente fue el amigote. También, el señor que acusa a la amiga de lo nuevo que ve en su mujer. Una forma de salvar de responsabilidades al que se ama, que puede tener diferentes lecturas.

Una de ellas es no poder soportar que la imagen casi perfecta que uno se ha formado del otro, se distorsione. Una incapacidad para verlo en su realidad de ser humano con sus virtudes y defectos, lo que daría cuenta del verdadero amor. Algo que no entendía el que decía: “No me cuentes eso de fulano porque quiero seguir queriéndolo”. Ya sabemos que el amor es ciego, pero es el amor, no nosotros, además no nos exige que seamos sordos.

Otra lectura posible, es que ver al otro en falta produce tanto dolor que queriendo ahorrarle un sufrimiento similar al que sentimos, cuando es posible que ni así lo sienta, de inmediato le encontramos la disculpa.

Una disculpa que opera como una curita en una gran herida abierta, porque las heridas que se tapan, sino se les ha dado tratamiento, enferman. Y así se opera como en la vieja historia del avestruz que con todo su cuerpo afuera y creyendo que por tener la cabeza enterrada en la arena, nadie lo ve, no llega a saber que el único que no ve es él.

Otra se sustenta en el creer que nuestro entorno es perfecto, una gran novela que algunos se creen sobre sí mismos y lo más cercanos, que lleva al convencimiento que todo lo imperfecto está afuera, razón por la cual lo que sucede no viene de adentro.

Una forma muy común e inconsciente de vivir en una burbuja que implica tapar todo lo que supuestamente no debe ser visto, y que cuando se desvanece, puede traer más dolor del que se quiere evitar.

Una distorsión de la realidad que a cada paso el error del otro y el propio la muestran, y una incapacidad para hacer frente a las situaciones, como si aceptarlo implicara que el mundo se va derrumbar. Y seguramente se tiene razón, porque es un mundo montado sobre fantasías, mitos familiares y un amor mal entendido.

Pero lo más importante de todo es que el creer que el amiguito, el amigote o la amiga, tienen la culpa, envía un mensaje mucho más fuerte, y es que deja al otro en un lugar de “cosa” que no puede pensar. De alguien incapaz y sujeto a las decisiones que toman los demás. Una desvalorización, una falta de reconocimiento de su autonomía, que sobre todo cuando se aplica en los niños o en adolescentes los deja sin piso, porque si ni siquiera en sus errores son reconocidos, nada se puede esperar de lo demás.

Una situación muy común en el padre o la madre que no dejan que el hijo hable por sí mismo, que lo protegen de tal manera que no le permiten pensar, válido entonces que crean que el otro pensó por él. Y es que muchas veces nos equivocamos por amor, sofocamos al otro de tal forma que no le permitimos crecer y si ya llegó crecido, en este caso la pareja, si da alguna muestra de independencia, se siente como el peligro de que lo pueda abandonar.

Decimos que el amor hace sufrir, y seguramente es verdad, especialmente cuando no dejamos al otro ser, cuando lo creemos un apéndice de nosotros mismos y por tanto de lo demás, y pretendemos que mantenga una imagen que sólo nosotros vemos. Si es así no hay lugar a una escucha de las razones de sus actos, de los que él “solito” es quien tiene que reivindicarse. GC

POR
Isabel Prado Misas
Psicoanalista

isaprami@hotmail.com

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