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El diván virtual 24 de Abril de 2011

¿Nos cuesta decir no?

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Seguramente sí. Decir que sí es más fácil, porque se está de acuerdo, y en el acuerdo no hay mucho que perder. Decir que no implica una posición frente a algo, sobre todo cuando el no, no es una respuesta refleja de aquel que siempre está en desacuerdo.

La relación con los demás no es algo que se dé por sentado, es toda una construcción que se produce en medio de muchas dudas, porque siempre tendrá que ver con la aprobación que buscamos del otro. Es la razón de que en muchas ocasiones aceptemos situaciones, que en el fondo sabemos que son inadmisibles, pero por temor a herir al otro, y sobre todo perderlo, la palabra verdadera se amordaza.

Una forma de actuar que no podríamos catalogar de hipocresía, pero sí de incongruente. Porque: ¿por qué pensar que el otro no sería capaz de soportar la herida? O, ¿Por qué creer que el otro tiene más derecho a no ser herido que uno el derecho a decir lo que piensa? También, ¿Por qué se tendría que pagar tan caro su presencia hasta el punto de anularse?

Buscar el reconocimiento está dado por estructura, además necesario para avanzar, por eso afirmar que a uno no le importa lo que los demás digan está más cerca del engaño que de la verdad.

Siempre nos importará, de ahí que sigamos la moda y busquemos vernos agradables para los demás. También la necesidad de triunfar en lo que hemos elegido y compartirlo, evidentes en los festejos y felicitaciones que aparecen cuando culminamos un objetivo largo tiempo ansiado.

La razón es que el deseo aunque sea íntimo y particular, está asociado a la sanción social, una mirada que esperamos, porque nos vemos en el otro como en un espejo. Y no es de extrañar, ¿acaso nuestra constitución no se inicia en esa mirada que nos recibe y acoge cuando todavía no sabemos hablar? Otra cosa es seguir preso de esa omnipotencia que lleve a la inmovilidad y a la duda constante dejándonos en la impotencia y la falta de satisfacción.

Un lugar de sometimiento, a veces, no a alguien especial sino frente a cualquiera, que hace sentir que la vida sólo pasa, pero que no pasa nada en ella. Manifiesto en un aburrimiento constante o en un dolor que no se sabe a qué obedece pero que se siente.

Una sensación de sentirse siempre en desventaja, a aceptar en lo que se intuye que se puede salir dañado, a hacer del comodín que los otros necesitan. Porque inconscientemente se eleva al otro a una posición de saber y poder que nadie tiene, una magnificación que deja al que así lo imagina, a merced del que ha encumbrado y en los que la defensa es el aislamiento y el silencio. También la agresividad.

Tomar una posición es saber que hay opciones posibles y en las que se hace necesario hacer una elección. Es un momento de soledad, es una decisión intransferible que cuando se transfiere, en aras de agradar, siempre dejará un mal sabor y sobre todo una culpa, porque en el fondo se sabe que no se estuvo a la altura, no de alguien más, sino de uno mismo.

No hay nada que produzca más tristeza que la culpa por ceder ante lo que queremos, y sucede porque ni siquiera sabemos qué queremos, ya que cuando está claro, así sea en medio de titubeos, nos sorprende nuestra propia audacia para conseguir lo que nunca habíamos pensado lograr.

En la vida podemos poseer muchos bienes, recibir todos los dones que nos quieran dar, pero lo que realmente nos hace sentir vivos sucede cuando en una posición ética frente a nosotros mismos y a los demás, podemos decir sí o no, asumiendo las consecuencias, que es el costo que pagamos por lo que queremos. GC

POR
Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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