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El diván virtual 03 de Febrero de 2012

Los miedos de un capitán

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Hace poco vimos con asombro cómo, con toda la eficacia de la tecnología y las estrategias de seguridad, un crucero de los más preciados de una compañía italiana, naufragaba muy cerca de una isla ante la mirada del mundo. Un suceso incomprensible porque no hubo intervención alguna de las fuerzas de la naturaleza, y trágico por las víctimas que cobró, el daño ambiental ocasionado y las astronómicas pérdidas económicas.

Posteriormente supimos que su capitán fue detenido, acusado de negligencia y homicidio involuntario, también señalado por muchos como un cobarde. Una situación que nos lleva a pensar que esa inmensa nave, su gran cantidad de tripulantes y la joya que significaba para sus dueños, todo, estaba en las manos, o más bien en el buen juicio de un sólo hombre.

Son las paradojas de la vida, que nos enseñan que más allá de los adelantos con que podamos contar, siempre lo esencial es el ser humano, que como tal, está expuesto a lo imprevisto de sí mismo. Seguramente, la razón de que se le acuse de algo involuntario, porque a nadie, a no ser en un razonamiento innoble, se le ocurriría adjudicarle al comandante, premeditación en la causa del accidente. Lo que sí, a todas luces es censurable, fue el abandono del barco, acción que no se comprende porque aún el que nunca haya pisado uno, sabe por las historias escuchadas, que su capitán es el último en abandonarlo.

Un escenario tan particular que lleva a preguntarnos por la responsabilidad, que hace también recordar a Ortega y Gasset cuando dice: “Yo soy yo y mis circunstancias”. ¿Cuáles serían las circunstancias de ese italiano que en algún momento tuvo la buena suerte de que le fuera encargada una labor, que por todo lo que debía velar, parecería la de un héroe? ¿Y qué le pasaría, que en su momento no pudo estar a la altura de sus circunstancias?

Una pregunta que todos en algún momento podemos habernos hecho, de pronto no tan funesta ni tan evidente ante el mundo como la de él, pero igual dolorosa, porque no hay nada que nos cause más pesar que fracasar ante lo que nos hemos prometido hacer bien. Lo que le sucedió al comandante del Concordia sólo él lo sabrá, y es posible que ni él mismo lo sepa porque pareciera ser de esas acciones que van más allá de uno mismo, que nos asaltan y sólo es posible percatarse cuando ya el daño está hecho. Y es dado concluirlo porque van en contra del propio sujeto, ya que nadie en sus cabales habría tramado tal acción para estar en el ojo del huracán y ser objeto de todas las miradas que lo han juzgado sin misericordia, y con razón.

Falla humana, jugadas del destino, decimos para tratar de dar una razón a lo incomprensible. Jugarretas del inconsciente, otra manera de entenderlo, allí donde no soy yo y mis circunstancias sino otro yo que desconozco, porque cuando debía estar más alerta no lo estuve, porque sabiendo lo que debía hacer no lo hice, ahí donde se pierden las coordenadas, para este caso, no sólo del barco sino de sí mismo.

Un capitán con años de experiencia, que había navegado infinitas veces las mismas aguas, del cual se dice le tenía miedo al mar. Qué mala pasada le jugó, no el mar, porque ese día estaba tranquilo, fue otro, ese, al que seguramente temía en sus propios sueños.

Por Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

 

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