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El diván virtual 09 de Marzo de 2012

Los caminos del poder

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Somos seres de la risa, del llanto y del olvido. Del amor, el odio, la angustia, el temor y la ignorancia. También de lo más sublime: la creación. Todo tan cercano a nosotros, sin embargo, nada fácil de entender. Y en esa incomprensión, una, quizá la más compleja: el poder.

Y no el poder de ejecutar una acción, aunque también si lo pensamos tiene sus enigmas, hablo del poder que tendemos a ejercer sobre los demás. Al parecer, una fuerza tan avasalladora de la que nadie escapa, ni siquiera aquel que aparece como el más indefenso. O, ¿acaso un recién nacido con el avanzar de los primeros meses no empieza a captar que lo tiene, por lo cual ha sido titulado por algunos como: “Su majestad el bebe”?.

Por eso no es raro encontrar que la civilización se mueva entre sus hilos, innegable en las tiranías, dictaduras y grupos que con el uso de las armas lo tornan tan visible, y mueven a la indignación al ver la impotencia a que muchos se ven sometidos. Una condición presente para la supervivencia pero que llega a alcanzar, en algunos, una disposición más allá de esta necesidad.

El poder que ejercemos sobre el otro es una gran fuente de placer, transita nuestro mundo de muchas formas, una de ellas encarnada en esos personajes cuyo narcisismo los hace creer que son sus dueños y que los demás existen para obedecerlos, tomando además como propio lo que es de todos. Ungidos con una corona con que ellos mismos se han honrado, y que muchos, no por su defectuosa vista sino porque sólo se ve lo que se puede ver, sostienen.

Porque para ejercer el poder se necesita un esclavo, quien también lo detenta, porque es él quien le dice al amo que lo es. Un juego en el que los dos están comprometidos y vaya a saber cuál sale peor librado, porque como decía Isabel de Inglaterra en 1601: “Ser rey y llevar corona es algo más glorioso para quienes lo contemplan que placentero para los que lo ostentan”. Una reina que sabía de lo que hablaba y que confirma uno de nuestros caudillos actuales, al parecer, sin saber de lo que hablaba, porque a raíz de una enfermedad para despedirse de los que se han erigido como sus súbditos, les dijo: “Lamentablemente no me van a ver”.

Y si este poder visible es dañino, también lo es el que está oculto, el que se entremezcla con el amor, el saber, la compasión y la culpa. Porque no podemos negar que ejercer dominación sobre el otro, en aras del amor, es de lo más común. Y qué decir de aquellos que, por detentar un saber lo colocan en una posición de subordinado, como si cierta ignorancia del semejante los hiciera más valiosos. Y ¿la compasión? Allí donde darle la mano al que lo necesita, va acompañado de suponerlo pequeño y disminuido para sentirse más grande. Y hacerlo sentir culpable, esa sí que es un arma, a veces tan letal como las que hieren el cuerpo, que hace parte de un legado con el que también hemos sido juzgados y lo usamos contra el otro porque tiene lo que no tengo, porque no hizo lo que yo quería y, la más frecuente: porque ya no me quiere. Cuando cualquier asociación es válida para cargarle las cuentas, como jueces, de lo que hizo o dejó de hacer.

Suponer que el otro debe someter su yo en nuestro beneficio es un gran anhelo, y el placer de lograrlo, uno de los más grandes, con el agravante de que lo padecemos sin saberlo porque viaja escondido en muchas de nuestras buenas intenciones. Un deseo de poder que trastorna las relaciones familiares, sociales, laborales. Incide en la educación, la política, la religión, la ciencia, en fin, en todo lo que tenga que ver con nosotros, seres humanos.

Por Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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