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El diván virtual 22 de Julio de 2011

¿Las brujas existen?

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Si, y hay muchas. Lo que pasa es que no vuelan en escobas sino en las palabras, en mensajes negativos que, además, no sólo repetimos sino que creemos, lo que hace la vida más difícil.  ¿Por qué acaso no abundan aquellos que siempre están vaticinando un futuro nada grato para aquel que empieza algo nuevo?

Es innegable que cuando alguien se va a casar, se va de viaje, espera un hijo, o en cualquiera de los tantos inicios que en la vida se realizan, aparece ese personaje que supuestamente sabe de lo divino y lo humano y sin que nadie se lo pida, se siente llamado a profetizar lo que sucederá, que interpretando el mundo de acuerdo a su experiencia llena de zozobra e inseguridad al que apenas comienza.

Son los que de su vida sólo pueden ver, sobre todo, el lado amargo, aunque seguramente también hayan tenido algunos de otro sabor, pero debido a la imposibilidad para recordarlos, su visión del mundo es trágica. Un sufrimiento que cargan y sin darse cuenta, hacen sufrir también a los demás, por vivir en la creencia de que lo ocurrido a uno será igual para el otro, desconociendo lo que la vida a cada paso nos demuestra, que somos todos tan disímiles como   tantas fisonomías hay en el mundo.

La existencia de las predicciones es una condición siempre presente para el ser humano, que ha sido descrita de muchas maneras y especialmente en los cuentos de hadas, razón de que esos relatos persistan en la memoria cultural. Como en La Bella Durmiente, narración donde al nacimiento de la princesa acuden las hadas para brindarle sus dones expresados en palabras, al igual que en el de cualquiera, así su llegada al mundo no sea principesca. Y allí llegan las hadas buenas y las malas y cada cual a su manera dirá según como le haya ido en la vida. Y algunos serán tan ingenuos como el rey del cuento, que por no dudar del poder de las palabras de la bruja, hizo recoger todos los husos con los cuales según el vaticinio, la hija se podía pinchar y morir, lo que no le permitió a la bella conocerlos. Razón de su torpeza, como lo confirma Perrault: No bien la princesa hubo cogido el huso, lo que hizo con un gesto vivo y un poco atolondrado, se atravesó la mano cayendo desvanecida. Seguramente  un atolondramiento que hizo cierto el augurio sostenido en las palabras pronunciadas.

Lo anterior nos permitiría concluir que lo que nos sucede tiene mucho que ver con lo que se dice y sobre todo, con el creer en aquello que se dijo. Y sabiendo que siempre existirá alguien cerca que supondrá saber lo que a nadie le está dado, sustentado en el dicho que más sabe el diablo por viejo que por diablo, debemos tener cuidado para no terminar como la bella, dormidos sobre unas palabras por no cuestionarlas.

Acomodados sobre expresiones siempre escuchadas, a veces lanzadas aún por aquellos que nos quieren, y muy comunes: “Fulanito no sirve para eso”. “Ella siempre ha sido muy tímida”, “El no va a ser capaz”, “Pobrecita, es que siempre has sido muy de malas”, “Él nunca te ha querido”, “Pareces una idiota”, “Tú eres un inútil”.  O, “Allá no te va a ir bien”, “Yo estuve y me fue muy mal”, “No sabes lo que te espera, eso es terrible”. Y tantas, que si las buscáramos, seguramente encontraríamos los mensajes que nos dejaron embrujados y que todavía sostenemos porque los creemos tan ciegamente y de tanto repetirlos los sentimos como propios.

Hay que destacar que más que culpar a aquellos que así hablan, porque como ya lo vimos es una condición siempre presente, deberíamos preguntarnos, los crédulos, por nuestra credulidad. Y los que así hablan, ¿Si ese saber, no sólo de lo propio sino también de lo ajeno dejará de girar como su bola de cristal, no sufrirían menos?

Por Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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