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El diván virtual 23 de Septiembre de 2011

¿La violencia es producto de la pobreza?

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Esta es una pregunta que deberíamos hacernos seriamente, nosotros, que sufrimos de ambas. Una de las primeras reflexiones que se imponen y que debería hacernos dudar es: ¿por qué hay lugares con más pobreza que no presentan tal violencia?

Saber las causas de un problema nos ayuda a solucionarlo, también, atribuirlo a una sola causa puede llevar a que se recrudezca, por lo cual es necesario revisar el tema para no seguir sosteniendo verdades inamovibles que pueden ser una forma de ignorancia.

Los seres humanos interpretamos lo que vemos, no siempre con mucho éxito, evidente en aquellos tiempos cuando se consideraba como verdad absoluta que la tierra era plana, para luego pasar a ser redonda y además el centro del universo.

Unas formas de conocimiento creídas, enseñadas y transmitidas, diferentes a las de ahora. Lo que nunca será diferente es que los saberes con que contamos, son sólo interpretaciones de la realidad, que según como sea vista, hacen los avances y retrocesos del momento que se vive.

La pobreza como causa de la violencia es una verdad que se sostiene en nuestro medio desde hace mucho tiempo y, probablemente, la razón de que no acabe, porque es una forma de darle excusas al violento para que lo siga siendo, como si ese accionar reprobable obedeciera a justa causa. Es validar lo invalidable con justificaciones que no remedian el problema.
Tampoco se trata aquí de negar los efectos de la pobreza, porque es evidente que no se actúa igual con el estómago vacío que con el estómago lleno, y que no poder suplir las necesidades básicas lleva a estados de desespero y angustia, de impotencia y desamparo y dispara la envidia, uno de nuestros afectos más estructurantes. Pero también es cierto que estas situaciones llevan a muchos a crear, a inventar, para buscar salidas a lo que pareciera no tenerlas. Es lo que caracteriza al ser humano en su búsqueda por la supervivencia.

En esa lucha, para algunos, la salida es la violencia, una razón que se ha convertido en estandarte, no sólo de los que la practican sino de teorías que, como las de los sabios de otras épocas, se sostiene una interpretación que de tanto repetirla terminamos creyéndola. Una forma de pensar dañina, por no decir perversa, que aunque tenga algo de verdad, su generalización ha llevado a creer que no hay futuro, o que si lo hay, está en nuestras manos y no para imaginar o inventar un mundo mejor, sino para acudir al visceral ataque al otro.

¿No será que la violencia, más que a la pobreza obedece a la impunidad? ¿A la falta de cumplimiento de lo que la ley establece para mantener un orden en la cultura, que decae cuando aquellos encargados de sostenerla son los que la transgreden?

La construcción de civilización se logra con una continua renuncia a los goces inmediatos, porque hacerlo nos garantiza proyectar un porvenir, esto es algo que Freud plantea en El Malestar en la Cultura, y podríamos creerle. Especialmente, porque es todo lo contrario a lo que vemos hoy, un gran malestar por la tendencia a no renunciar a nada, a querer obtener beneficios en poco tiempo, a enriquecerse apropiándose de lo que no se ha trabajado, a resolver los problemas por los atajos, que al parecer no se debe sólo a la pobreza, porque es evidente que los que están en este estado, no son los únicos que presentan tal condición.

Sostener que la violencia es producto de la pobreza ha autorizado a que los violentos se sienten disculpados para conseguir lo que desean sin ninguna consideración por el semejante. Efectos de lo mal dicho en la cultura que cuando se repite se vuelve verdad y lo que queda es sufrir sus estragos. GC

Por
Isabel Prado Misas*
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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