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El diván virtual 06 de Enero de 2012

La vida es de valientes

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Empezamos un nuevo año, con los deseos de que lo que no fue amable en el anterior, lo sea en éste. Y si aceptamos que esa amabilidad dependerá de lo que hagamos, se hace necesario empezar a revisar cuáles son las acciones que debemos, primero reconocer y después eliminar del inventario de nuestra vida. Claro que no hay nada más difícil que emprender esta tarea, porque hay mucho que desconocemos de nosotros y lo poco que sabemos, al parecer, lo amamos más que a nosotros mismos, evidente en que aunque nos cause daño lo seguimos repitiendo.

Convengamos entonces que buscar conocernos es un camino lleno de engaños, por la tendencia a protegernos y porque eso de amar lo que nos hace sufrir, no es un chiste, además lo decimos: “Yo siempre he sido así”, y con cierto orgullo. Y ¡ay! de aquel que se atreva a poner, no el dedo, sino la palabra donde más nos duele, inmediatamente será sacado del círculo de nuestros afectos porque como se dice: “Yo hablo mal de mí pero no me gusta que me ayuden”. Para evitar la ayuda nos alejamos de los que son sospechosos de no acordar con nosotros y nos acercamos a los que, no sólo no nos dicen lo que deberíamos oír, sino que nos apoyan en la equivocación y especialmente nos compadecen.

Y lo hacemos porque desconocemos que no hay nada que haga más estragos que ese sentimiento que incluye cierta lástima. Tener consideración con el semejante y con nosotros mismos, nos hace generosos, pero cuando toma otro cariz y en lo que sucede no se incluye al que se queja, porque se lo exonera de toda responsabilidad, la única salida que le queda es la autocompasión y la repetición, pues al no tener nada que ver en el asunto nunca encontrará salidas al problema.

Pensamos que a nadie le gusta que le tengan lástima, por eso cuando nos vemos enfrentados a situaciones que nos llevan a sentirla, desviamos la mirada para que el afectado no la vea en nuestros ojos. Sin embargo, encontramos una forma muy particular de proceder, que no es escasa, en las que esas situaciones algunos las convierten en una forma de vida, por lo cual hay una reflexión que debemos encarar, un tema espinoso porque roza cierta forma de pensar en la cual se cree que sentir pesar lo hace a uno más bondadoso, sin darnos cuenta que verdaderamente lo somos cuando podemos reconocer en el otro la dignidad que merece, ayudándolo a entender que ningún sufrimiento nos debe disminuir y menos ser utilizado para tapar lo que no queremos ver.

Auto compadecernos y compadecer es lo primero que debería salir de nuestro repertorio, si entendemos que la vida consiste en estar expuesto a lo que ella nos entrega, en la cual habrá momentos para reír y otros para llorar, y si un llanto o un malestar se ha vuelto eterno, está mostrando algo propio, y al que le adjudicamos toda la culpa es solo un comodín en el que reflejamos lo que no hemos podido reconocer de nosotros. Iniciarse en el camino de averiguarlo es de valientes, vivir también. GC

Por Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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