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El diván virtual 29 de Julio de 2011

La separación y sus efectos sobre los hijos

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Antes, casi siempre los matrimonios duraban toda la vida. Hoy tenemos una realidad diferente que hace no sólo aceptable sino muy frecuente que una pareja en la que el amor se acabó, y aún sin acabarse, rompan los vínculos.

Estas condiciones que han afectado a la familia son la consecuencia de lógicas nuevas que, como pasa siempre en la cultura, traen modificaciones generalmente incomprensibles y por lo tanto incontrolables.

No se puede dejar de reconocer que uno de los tantos aspectos que han incidido en esta situación está relacionado con los derechos adquiridos por la mujer, que en buena hora sucedieron generando toda clase de consecuencias positivas, no sólo para ella sino para la cultura.

Pero también es verdad que al lograrlos, dejaron ver que muchas veces las uniones se sostenían, no precisamente porque fueran muy felices, sino por las ideas prevalentes que la colocaban en una posición de resignación e incapacidad económica para tomar sus propias decisiones.

Si antes la infelicidad conyugal era soportada en silencio por ambos miembros de la pareja, hoy el uso de la expresión “ex”, tan poco usada por nuestros abuelos, evidencia que la mudez se rompió. Ex esposo, ex esposa, ex suegra, ex cuñado y demás, muestran nuevas formas de pensar y sobre todo de relacionarse.

Modificaciones que como todas, traen sus beneficios y también sus perjuicios. Estos últimos muy dolorosos porque disolver los lazos establecidos, aún deseándolo, implican sufrimiento, además del agravante económico que trae consigo y especialmente en la relación con los hijos que sin poder ser ex, a veces terminan siéndolo por el manejo que ambos padres dan a la ruptura.

Desuniones al parecer imposibles de modificar, aunque en la ilusión todos quisiéramos que fuera diferente porque es innegable que a los que les toca sufrir esta suerte, seguramente no hubieran querido padecerla. Y siendo así para los padres, mayor aflicción traerá a los hijos que, inocentes de una situación en la que como en el dicho: no han tenido velas en el entierro, no entienden cómo la película es otra, porque sin darse cuenta les cambiaron el canal. Y allí terminan participando a veces como confidentes, otras como objetos de repartición o llenos de rencor contra uno de los dos en discordia.

Y es así, porque aún si la separación ha tenido todos los visos de ser amistosa y se hayan calmado las aguas, y a veces sin calmarse, los hijos se ven abocados a empezar a conocer a los nuevos amores de los padres, que en ocasiones llevan a una relación gratificante con la persona elegida, pero también hay muchas donde la nueva elección termina aportando mayores conflictos, y algunos cegados por la pasión no alcanzan a darse cuenta del gran malestar que, además de toda la pérdida anterior, generan en sus hijos.

La separación conyugal podríamos nombrarla como uno de los males de la época, una realidad frente a la cual lo que queda es reconocerla para que pueda ser resuelta de la mejor manera, sobre todo teniendo en cuenta que si se han tenido hijos, ellos sufrirán las consecuencias. Por lo cual la frase tan conocida: “Tengo derecho a rehacer mi vida”, no debe llevar a un egoísmo que termine destruyendo la de otros por la incapacidad para escucharlos, o la capacidad para verter sobre ellos odios que les son ajenos o, a ser ciegos frente a entornos que les generan malestar.

Sabemos que ser padres no es fácil y menos cuando el vínculo entre ambos se ha perdido, algo que debería tratar de mantenerse aunque no haya entendimiento como pareja, porque en medio de todos los malentendidos, lo mínimo que podrían brindar a esos que se trajeron al mundo sin que lo hubieran pedido, es estar de acuerdo en su bienestar. GC

POR
Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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