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El diván virtual 15 de Julio de 2011

La corrupción, la violencia... ¿y la Ley?

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El valor de un escritor no sólo reside en que sepa narrar historias, este don lo pueden tener muchos, así se alimenta el mundo editorial. Lo más importante del narrador es que sin que nos demos cuenta, va deslizando verdades que si no estuvieran tan bien escritas, no podríamos soportarlas. Es lo que conocemos como clásicos, obras que permanecen a través del tiempo cuya virtud está en la finura del lenguaje y en el acierto para hacer una lectura de lo que evidencia el malestar en la cultura.

Lo anterior, para introducir en la presente reflexión algunos apartes de la novela Cien Años de Soledad, que no por nada causó tanto revuelo, porque más allá de deleitarnos con su Realismo Mágico, nos habla de un discurso en el que estamos inmersos y, especialmente, de cómo nosotros habitantes de un espacio pródigo en riquezas, la forma como nos relacionamos con la ley no nos ha permitido aprovecharla.

No es casual que la historia que funda el pueblo comience con la amenaza del incesto, o sea de transgresión, y con un muerto. Tampoco que termine en la consumación del incesto y su desaparición. Un inicio y un final para relatar esa particular forma que tenemos de relacionarnos, nuestras mezquindades y miserias, también, claro, muchas posibilidades y enterezas para luchar contra la adversidad. Y lo más destacable, la presencia de la violencia y de la muerte, elementos innegables que insisten no sólo en la novela, los seguimos padeciendo y pareciera un imposible dejar de sufrirlos, como si se hiciera cierto que no tenemos una segunda oportunidad sobre la tierra, como reza su final.
Y así parece, ya que cada vez la corrupción, que tiene todo que ver con la incapacidad para aceptar la ley, siga haciendo estragos al no permitir que las riquezas de nuestro país lleguen a todos y el interés para combatirla esté lejos de lograrse, porque enzarzados en luchas partidistas, no aparece la pregunta que en alguna parte del libro, el coronel Aureliano Buendía le plantea al coronel Gerineldo Márquez: “Dime una cosa compadre: ¿por qué estás peleando?- Por qué ha de ser compadre- contestó el coronel- por el gran partido liberal.- Dichoso tú que lo sabes.- Contestó él-Yo por mi parte, apenas ahora me estoy dando cuenta que estoy peleando por orgullo.- Eso es lo malo- dijo el coronel Gerineldo Márquez.-Al coronel Aureliano le divirtió su alarma. -“Naturalmente”, dijo. Pero en todo caso es mejor que no saber por qué se pelea.- Lo miró a los ojos y agregó sonriendo: O que pelear como tú por algo que no significa nada para nadie”.

Si, hemos seguido peleando por lo que no significa nada para nadie, pero sí un orgullo para muchos. Mientras, el Estado en una ineficiencia atávica ve desfilar los disfraces que, según la época, visten lo que siempre ha estado: bandoleros, guerrilla, paramilitares, narcotraficantes, bacrim, sicarios y chanchulleros. Muchos nombres para el mismo síntoma, que se reduce a una incapacidad visceral para acatar y hacer respetar la ley. Y del resto, que por haber vivido siempre en esa zozobra, nos hemos habituado tanto que ni siquiera soñamos con poder salir de ella, como si fuera parte de nosotros al igual que el paisaje.

Una discapacidad transmitida en frases que hacen carrera como: “Madre no hay sino una y padre puede ser cualquier HP”, al igual que el soldado que le responde a unos de los Aurelianos en nuestra novela: “Estamos haciendo esta guerra contra los curas para que uno se pueda casar con su propia madre”. Si creemos que una novela nos dice algo de la verdad, no podemos dejar de reconocer que ambas expresiones muestran la incapacidad para entender la ley, y no porque la diga otro, sino porque al no reconocerla se malvive, o no se sobrevive. gc}

Por Isabel Prado Misas*

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