EL HERALDO SUSCRÍBETESuscríbete a EL HERALDO
El id es:node/34265
El diván virtual 19 de Agosto de 2011

La agresión del hombre. Y ¿la mujer?

El usuario es:

Compartir:

Un tema cuya conclusión no deja lugar a dudas, resumida en una frase por estos días muy repetida en la que se dice que a ella no se le toca ni con el pétalo de una rosa. Un dicho muy antiguo, lo que nos permite concluir que si existe, es porque la costumbre contraria es tan antigua como la frase. ¿Porque si no?, ¿por qué se diría?

Entonces, el razonamiento no es si está bien o está mal, sabemos que está mal. No, si debe ser penalizado, ya lo es, y no porque sea mujer, sino porque la agresión tiene castigo, independiente del género al que se dirija. Tampoco nos debemos preguntar quién tiene la culpa, así como no lo preguntamos en el asesinato, porque el agredido y el muerto son víctimas, eso lo muestran sus cuerpos.

El asunto es que es un problema que aún con todas las legislaciones y campañas preventivas, sigue sucediendo, al igual que el apasionamiento que produce cada vez que aparece, razón quizá de que no se le haya encontrado solución.

Afortunadamente no se ha llegado a la conclusión que es genético, a lo que frecuentemente se reducen las razones de un problema cuando no se pueden descubrir sus causas. Y no podría serlo, porque observando a los niños desde edades tempranas esta fijación no se encuentra, y si un niño es agresivo, no hace distinción de géneros cuando se trata de lanzar sus golpes. Lo que sí es innegable, es que el comportamiento aparece en la vida adulta, especialmente cuando la relación está atravesada por el erotismo y la sexualidad. O, ¿acaso es frecuente ver que un hombre dirija esta vergonzosa costumbre contra una mujer con la que no tenga estos vínculos?

Lo que nos lleva a pensar que más allá de las culpas y recriminaciones merecidas, que hasta ahora han dado pocas muestras de aliviar tal abuso, al parecer atávico, deberíamos hacernos algunas preguntas. Podríamos empezar por concluir que la indignación que genera es entendible, el cuerpo de la mujer por constitución es frágil, no está dotado como el del hombre para soportar grandes cargas, y menos tales golpes a los que ellos, por su naturaleza, acostumbran expresar desde niños en juegos en los que nunca, así quisiéramos, podríamos participar. Una condición que hace a lo femenino, signado por lo delicado, y por ende en desventaja. En este punto.

Pero hay otro punto que se debe indagar y es la posición de la mujer agredida, que en la medida en que más se le defiende, más se la supone como ella misma se coloca, en el lugar de inexistencia, de total desamparo, como si se tratara de la relación entre un adulto y un niño. De alguien que no puede tomar partido, reflejado en los casos en que teniendo la posibilidad de denunciar o alejarse, no lo hace. Lo que nos invita, no a disculpar al agresor por su conducta, pero sí a involucrarla a ella, y no sólo como víctima, porque al hacerlo se está desconociendo su lugar como sujeto que piensa.

Una posición cada vez más arraigada en la cultura que envía un mensaje que la deja en un lugar de cosa, de total impotencia, de inoperancia, porque cargando la responsabilidad de un solo lado, a la espera de que sea el otro quien modifique su comportamiento, se le atribuye todo el poder, y sabemos lo que esto significa. Significa que no hay nada que hacer, que la única salida está en sus manos, o mejor, en sus puños. Y lo vemos a diario donde algunas ellas, sabemos que no son todas, permiten tanto abuso en su cuerpo frágil, como si esa condición también las habitara en su mente, en una debilidad de carácter para exigir y elegir, como quieren ser tratadas.

Por Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

Temas tratados

Mensaje enviado Satisfactoriamente!
REPORTAR UN ERROR O SUGERENCIA