EL HERALDO SUSCRÍBETESuscríbete a EL HERALDO
El id es:node/42690
El diván virtual 21 de Octubre de 2011

¿Hay males que duran cien años?

El usuario es:

Compartir:

N o hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, dice un refrán muy conocido del que podríamos dudar al ver como algunos se eternizan. Porque, ¿acaso no es común encontrar que hay soluciones a la mano para remediar los problemas, sin embargo por no hacerlo, la vida se convierte en un continuo penar?

Tenemos una gran habilidad para detectar las dificultades, razón de que la crítica y el señalamiento pululen, lo que no parece muy fácil es dar una solución y nos quedamos en un hablar y hablar en una cantinela constante, lo que podría hacer suponer que más que un dolor para el que lo sufre, es una razón de vivir.

Algo así como: y si lo soluciono, ¿de qué me voy a quejar? Una pregunta pertinente por lo que vemos a diario en las oficinas donde se habla del jefe, en la universidad donde se rumora del profesor, en la familia donde se murmura de uno de los miembros, en la pareja donde se habla mal del otro, pero nadie es capaz de “ponerle el cascabel al gato”. Es decir, dejar de hablar de él, para hablar con él.

Una dificultad generalizada que hace que sea más fácil el corrillo, porque allí, no estando el implicado, todo se puede decir. Además con la consigna de la ley del silencio, de la cual si alguno por imprudente, o de pronto con buena intención deja salir un comentario, es condenado al ostracismo por comunicador, como si sufriéramos de una aversión congénita a la palabra verdadera.

Las razones pueden ser muchas y para la solución se recomienda el diálogo, empresa difícil porque para dialogar es necesario escuchar, una cualidad en la que somos poco diestros, se necesita paciencia, se necesita silencio y no sólo aquel en el que se cierra la boca y se espera la palabra del otro, sino el interior, porque aún estando mudos, no hay garantía de que las ideas que rondan la mente prestas a rebatir lo que ni siquiera se ha dado tiempo de decir, impidan oír lo que el otro expresa.

Para no quedarnos en la crítica de la crítica, podemos buscar las razones de tal situación. Una de ellas es que no somos tan valientes. Estamos acostumbrados a creer que la valentía se refiere a grandes hazañas, nada más lejos de la realidad porque a cada paso la necesitamos para no caer en silencios cómplices, en mentiras piadosas que más que generosidad, denotan una incapacidad para hacerle frente a la verdad.

Pensamos que hablar es muy fácil, y puede serlo cuando se trata de saludar o decir lo intrascendente, ir más allá es todo un esfuerzo, especialmente cuando sabemos que lo que pronunciemos puede traer c onsecuencias, por lo cual preferimos callar, acomodándonos a un ahora poco confortable pero conocido, que además nos permite un goce, esa cháchara constante de lo que hizo el otro, cómo lo hizo y especialmente lo mal que lo hizo. Una forma de pasar el tiempo, o más bien de perderlo, algo muy humano y difícil de acotar pero en lo que sería bueno no regodearse demasiado.

En uno de sus tantos artículos Freud decía: “Prefiero evitar concesiones a la cobardía. Nunca se sabe adónde se irá a parar por ese camino; primero uno cede en las palabras y después, poco a poco, en la cosa misma”. También un poeta, Octavio Paz lo dice de esta manera: “Las cosas tienen un nombre y cuando ese nombre se vuelve indecible es que la infección de la vida ha alcanzado también a las palabras”. Una infección que desconocemos que nos ahorraría muchos males si pudiéramos detectarla.

Por Isabel Prado Misas

Temas tratados

paz
Mensaje enviado Satisfactoriamente!
REPORTAR UN ERROR O SUGERENCIA
Más de El diván virtual
27 Mayo 2016
13 Mayo 2016
29 Abril 2016
15 Abril 2016
02 Abril 2016
18 Marzo 2016
Ir a EL HERALDO