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El diván virtual 25 de Noviembre de 2011

¿Hay familias normales?

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Algunos responderán que sí, la de ellos. Una afirmación causante de sufrimiento porque para sostenerla hay que vivir tapando, justificando, tratando de que no se vea lo que todo el mundo ve. Otros, dirán que la propia es la más anormal, disfuncional como se dice hoy, y también sufren, por suponerse acreedores de la peor de las suertes. Por eso más valdría creerle a los poetas, en este caso a Facundo Cabral que en una de sus tantas ironías decía: “¡Ah la familia! Esa miseria en cooperativa”.

Porque parece claro que viendo la realidad, eso de la normalidad, ¿no es muy difícil de encontrar? Y aquí podríamos decir: quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Y algunos lo harán, pero es probable que si entráramos en la intimidad de los que dicen tenerla, no resistiría un examen, ni siquiera poco riguroso.

No hay familias normales porque tampoco hay seres que lo sean totalmente. Es posible que las haya mejor avenidas, más organizadas, más tolerantes, pero el ser humano es un ser de contrastes, de dudas y equivocaciones, razón por la cual, aún con las mejores intenciones y muchas veces sin querer, puede aparecer la discordancia.

Hay una anécdota en el psicoanálisis de una señora que se acercó a Freud y le pregunto: -dígame doctor, ¿cómo hago para que mi hijo sea normal?- Y él le contestó: -no se preocupe señora, que igual, no todo lo va a hacer bien-. Y no lo dijo porque su mamá hubiera sido mala, fuera una hipótesis teórica o lo hubiera sacado de un libro de autoayuda, sino porque recibía en su consulta a las familias de Viena que le enseñaban del dolor humano, de lo irracional que nos habita y de la dificultad que entrañan las relaciones, que aún con el amor de por medio, no siempre hay garantía de que lo que allí resulte, llene todas las expectativas.

Sin embargo, a pesar de eso somos capaces de hacer mejor ese pequeño mundo, cuando conscientes de ello, podemos dar lo mejor de nosotros, reconociendo nuestras fallas y aceptándonos como seres carentes, para no perder tiempo haciendo como los gatos, tapando lo que ya sabemos, incluso de nosotros mismos.
Lo que sí podríamos preguntarnos es por lo que hoy muestran muchas familias de nuestro país, donde los hijos dejan ver una agresividad sin límites y ya no cargan cuadernos y lápices sino insultos y armas. Una degradación cada vez más brutal reflejada en la forma en que ahora se congregan, como todo adolescente, para hacer su grupo aparte de los adultos pero en bandas o pandillas, que sabemos no sólo existen en las zonas marginales.

Al parecer es una violencia en cooperativa, porque si el niño porta un arma es porque la encontró en su casa, donde también encontró una forma de ver el mundo, en las palabras de los mayores, en las cuales no hay respeto por la vida o el dolor, y menos amor por el semejante. Un futuro aciago, eso es innegable, son los padres del porvenir, Y ¿qué podrán enseñar? Lo que ya aprendieron, porque también se los enseñaron, que la violencia es el único camino para conseguir lo que se quiere, y que es válido borrar del camino a todo aquel con el que no se acuerde. Una forma de pensar que se fue instaurando, poco a poco, justificada por muchos Robín Hood modernos.

Un más allá de la anormalidad porque atenta contra la supervivencia. Un discurso que ha infectado a las familias, y en el cual ninguna justificación es válida para sostener un mensaje, donde el joven sólo encuentre salida, exponiéndose a la muerte propia o la del otro.

Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

 

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