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El diván virtual 03 de Junio de 2011

¿Hay amores de amores?

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Encontrar el amor nos hace felices. ¿No es acaso la satisfacción de recibir del otro esa imagen que queremos ver de nosotros que celebra nuestras cualidades y nos hace sentir especiales?

¿No es lo que nos da seguridad porque hay alguien en el mundo que nos reconoce, y además revela lo que hasta ese momento había sido desconocido hasta para uno mismo?

El amor también hace sentir la llegado a un puerto seguro, que la mirada que anhelante se había buscado encontró los ojos que le respondieron. Y como la sexualidad es la forma en que el ser humano demuestra y satisface los requerimientos amorosos, también se entiende haber encontrado a aquel que prestará su cuerpo para gozar con él.

El amor permite, en ese camino del viviente de nacer, crecer, reproducirse y morir, la posibilidad de procrear. Es por él que se deseará un hijo, además con los atributos que han atraído del ser amado.

El amor es asimismo el encuentro con un cómplice, es poder contar con alguien a quien le podemos decir nuestros secretos más íntimos y lo que pensamos de los demás porque se espera que quede entre los dos. Un vínculo que permite con quien compartir lo cotidiano, lo frustrante o lo gozoso que la vida propone, a veces una compañía que hace menos intimidantes y aburridos esos eventos sociales a los que, en ocasiones no queremos ir pero imposibles de eludir.

Alguien definió una buena relación como una eterna conversación, y podríamos creerle, ¿acaso no es eso lo que une también a los buenos amigos? Entendiendo conversación como la posibilidad de escucha de ambos lados, no el cotorreo constante, ni la cantaleta perenne en la que a veces quedan reducidas uniones que, seguramente nunca la iniciaron.

Hay parejas tan parejas que no pueden andar el uno sin el otro, lo que se cree un gran signo de amor. Sin darse cuenta se encierran en su mundo donde cada vez se encuentran más atrapados y sólo cuando sobreviene el rompimiento, porque entre los dos se han asfixiado, aparecen los duelos intransitables que llevan a grandes depresiones y, en el peor de los casos, al suicidio o al homicidio.

El amor puede hacer sufrir pero algunos sufren demasiado cuando se vive cargado de culpas, cuando el cariñoso decir: “eres mi vida”, “sin ti me muero”, es literal. Si no es metafórico estamos ante un abismo porque nadie, por más que se le ame, puede ser la vida de otro o cargar con ella. Unos cariños que, en algunos, no son un halago, más bien una amenaza de la que más valdría cuidarse.

Este es el problema mayor, cuando se encuentran dos poco metafóricos y el amor no se vive como un encuentro sino como un nacimiento, además de siameses. Cuando las carencias no son de amor sino de necesidad y el otro se convierte en la muleta de una cojera de la que no ha tenido la culpa. Uniones que no permiten crecer sino que avasallan, donde en lugar de alegría y apoyo hay recriminación y lágrimas.

El amor pide amor, algo que no se debería olvidar pero que se olvida porque es fácil confirmar la creencia que en él siempre hay alguien que domina y otro que es dominado, uno que sufre y otro que goza, uno que pide y otro que da.

Una afirmación recogida sobre lo que comúnmente sucede, lo que no hace cierto que eso sea amor, por eso no se debe perder de vista para no confundirlo con el sadismo y el masoquismo, que el amor sólo es amor si es recíproco. GC

POR
Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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