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El diván virtual 17 de Octubre de 2015

El miedo y las fobias

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Isabel Prado Misas
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Vivir implica enfrentarse a muchas situaciones, algunas simplemente las abordamos y casi mecánicamente les damos solución, otras producen temor.  Frente a estas, dependiendo de cada sujeto la respuesta será diferente, porque allí donde uno se paraliza, otro puede manifestar una total falta de preocupación.

La presencia de una cucaracha o viajar en avión son situaciones muy disímiles, sin embargo algunos pueden llegar a tener la misma intensidad en el temor, algo que los que no lo padecen no pueden entender. Y no hay que culparlos porque solo podemos saber de lo propio, además, porque al tratar de explicarlo las palabras no alcanzan para hacer comprender lo que siente.

De estos miedos llamados fobias hay muchas clasificaciones y nombres científicos que recogen  casos raros como eritrifobia: miedo al color rojo; hidrofobia: miedo al agua; patofobia: miedo a la enfermedad; catagelofobia: miedo al ridículo, y así muchos. Diagnósticos juiciosos y ordenados que pueden servir para llenar un crucigrama o ponerse un rótulo aliviador al encontrarle un nombre a lo que abruma. Pero no cura.        

Lo que sí es cierto es que cada uno vive con los miedos que le tocan, o mejor, que le tocaron en suerte en una historia vivida y ya olvidada. Porque de ahí vienen, de momentos infantiles que, aunque nuestra memoria los haya desalojado al desván del olvido, no quiere decir que hayan desaparecido y menos aún, que no sigan teniendo efecto sobre situaciones actuales.

Es lo que explica las fobias, esos temores desmesurados ante eventos que pueden revestir cierto recelo pero que para algunos se vuelven paralizantes. Las alturas, las multitudes, los espacios cerrados, algunos animales, son los más conocidos y los más vistosos. Sin embargo hay otros silenciosos que se esconden en lo cotidiano, que parecen hacer parte de una forma de ser, algo que reconoce el que lo sufre pero prefiere no preguntarse.

Son esos terrores nocturnos que espantan el sueño, que además impiden dormir sin compañía en una habitación o vivir solo libremente. Son también esas resistencias a compartir socialmente que poco a poco aíslan al que las sufre, o, la sensación de que en cualquier lugar acecha algo sin saber de qué se trata, que obviamente no permite un buen vivir.

Todos tenemos miedos, además entendibles porque la vida nos enfrenta siempre a no saber lo que pasará después, miedos racionales que además nos protegen, pero cuando son irracionales se vuelven incapacitantes y nos limitan la existencia. Entonces se hace urgente averiguar por qué, qué es lo que asusta en eso que ha estado desde siempre sin razón aparente, sin causa conocida, porque en tantos recuerdos que guarda la memoria le perdimos la pista. Una huella que hay que encontrar para que desaparezca.

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