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El diván virtual 05 de Septiembre de 2015

El mentiroso y el miedo

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Isabel Prado Misas
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Es común ver cómo los niños frente a la evidencia de los hechos mienten con el mayor descaro, algo que nos produce risa por su ingenuidad y ternura por su aturdimiento. Lo que no sucede con el adulto, porque de inocente ya no tiene mucho y algunos, muy poco de consternados. Pero, ¿no será que el principio que los rige a ambos es el mismo?

Es indudable que en el niño querer tapar los hechos, suponer que si no se admiten será como si no hubieran sucedido, tomar las palabras como si fueran un borrador de acontecimientos y también una creación de ellos, tiene como base el miedo.

Un comportamiento que deja ver que desde los primeros años de vida le tenemos temor a la verdad, que nos revelamos contra nuestro propio comportamiento tratando de taparlo, de no admitir que fallamos, de tratar de conservar la imagen que queremos tener de nosotros mismos. Un temor que obedece a la pregunta: ¿cómo me ve el otro? Muy relacionado con el miedo a perder su afecto.

Es lo que sucede también en el adulto, pero es una aprensión tan disfrazada que ni el mismo la conoce, solo siente que debe salir en su propia defensa. Y lo hace para quedar bien con él mismo y con el otro, para no dañar su imagen, para seguir haciendo lo que sabe prohibido, pero especialmente, como en el niño, para que lo sigan queriendo.

Comportamiento que se vuelve recurrente, que lo envuelve, una trampa que él mismo inventa y en la que se encuentra atrapado y de la que trata de salir, mintiendo. Pero en el fondo lo que hay es un gran miedo a mirarse a sí mismo y a soportar la mirada del otro de la que cree salir airoso, engañando.

Y lo logra cada tanto y se convierte en un triunfo, una forma de goce, de satisfacción. Por eso el temor que está al inicio toma otra forma: un disfraz de éxito. El logro de que el otro le siga creyendo pero con la angustia enorme de ser cogido en falta, que muestra la misma fragilidad que afecta al niño frente al otro, grande y poderoso que puede castigarlo.

Un adulto en posición de niño cuyo recurso para relacionarse no es la verdad, no es una posición franca de asumir las consecuencias de sus actos, sino una forma en ocasiones airada, en otras complaciente, de enmarañar los hechos, de confundirlos, apelando a un despliegue en el que acude a señalar la culpa en los demás, común también en los niños.  

Porque es verdad que los muy pequeños no tienen inconveniente en decir que el compañerito es el responsable de lo que acaban de hacer. Y sucede, porque en edades tempranas todavía no hay diferenciación clara entre Yo y el otro. Algo que parece persistir en algunos adultos, así como el miedo eterno a ser abandonado, a perder lo que han conseguido, para lo cual, como los niños, suponen ingenuamente que una mentira lo arregla todo.
 

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