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El diván virtual 20 de Enero de 2012

El cuerpo y la mente

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En un síntoma que ha acompañado a alguien desde que tiene memoria, la cura para el padecimiento es posible, también compleja, y la razón es, que aunque sentimos que obedece a pensamientos, sus efectos están directamente relacionados con el cuerpo. Es lo que en psicoanálisis se nombra como lo pulsional, allí donde mente y cuerpo hacen uno, por lo cual una idea no es sólo una idea sino que está escrita en la piel para ponerla en acto. Situación innegable en la llamada timidez o inseguridad, que hace que el cuerpo tiemble, enferme, palidezca, se ruborice. Desobediente para avanzar se paraliza, enmudece, aunque la mente vuele queriendo comportarse de otra manera.

Un síntoma no es sólo una idea, lo vemos en las fobias que nos muestran que el que la sufre sabe que su miedo no tiene razón de ser, sin embargo, frente al objeto que la produce generalmente inofensivo, sólo puede huir. También el estrés, ese nombre que damos a un afecto que desconocemos, cuyos efectos nos hacen permanecer en un estado de alerta constante, aunque aparentemente no exista qué lo motive, una desazón y un desasosiego frente a circunstancias que para otros son normales pero para el que lo sufre son incontrolables.

Temblor, ahogo, palpitaciones, miedo, que denotan una angustia inmanejable porque no se sabe de qué proceden, por lo cual cualquier suceso cercano puede ser tomado como causante, pero por su insistencia, aún en momentos en que no debería estar presente, deja ver que su causa proviene de algo ignorado.

“La voz de la razón es baja, pero dice siempre lo mismo”, decía Freud. También la de la sinrazón nos dice lo mismo poniéndonos siempre en la misma situación, porque el cuerpo reacciona más rápido que la mente y cuando queremos tomar su control ya nos ha denunciado, no sólo ante los demás sino frente a nosotros mismos.
Somos seres de emociones, es lo que nos hace sentir vivos, pero hay algunas tan incomprensibles y desbordadas que nos llevan a preguntarnos. ¿Por qué no me puedo contener?, ¿Por qué respondo como creo que el otro quiere?, ¿Por qué callo cuando sé lo que quiero decir? ¿Por qué permito lo que no quiero?, ¿Por qué tiemblo cuando quiero hablar?, ¿Por qué siempre creo tener la razón, y si alguien la refuta, mi cuerpo se descompone? ¿Por qué no dejo hablar a los demás?, ¿Por qué me aterroriza una cucaracha, un espacio vacío o lo que no conozco? ¿Por qué me atacan los nervios y no los puedo controlar?, ¿Por qué soy tan agresivo?

Tantas que podrían llenar esta página, algunas podemos sufrirlas como algo pasajero pero cuando son recurrentes, cuando nos limitan la vida, se explica por qué para alguien que inicia algo nuevo o se encuentra bajo presión, las cosas se pueden volver muy dramáticas. Y no precisamente por estos cambios, ellos sólo son el desencadenante, atribuírselo sería, como dicen: encontrar la fiebre en las sábanas, cuando lo que nos están mostrando es que hay algo ahí que falla.

Somos nosotros y nuestro cuerpo que a veces parece ajeno, también cuando se entrega al placer: de otro cuerpo, del alcohol, de una droga, de la comida, cuando nos habíamos prometido que no volvería a suceder y lo que queda es la culpa. Un cuerpo propio pero desobediente y díscolo que nos dice siempre lo mismo, por lo cual debemos preguntarnos qué es lo que en él quedó escrito, para hacernos prisioneros de aquello que decimos no querer. GC

Por Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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