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El diván virtual 17 de Febrero de 2012

El Carnaval, algo más que un goce

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El Carnaval es alegría, jolgorio, desorden, ganas de gozar al unísono. Siendo así exige que aquellos que lo comparten tengan una disposición particular hacia los demás, seguramente la razón de que Barranquilla sea el lugar del país donde se celebra, porque para el barranquillero como dice un comercial: “No hay tal cosa con los extraños, es sólo gente que aún no has conocido”.

Una frase que le cae muy bien al habitante de la Arenosa dispuesto siempre a dirigirse al otro, a la conversación, al corrillo, a la frase jocosa, al llamado mamagallismo que tiene su mayor expresión en los cuatro días dispuestos para eso. Un desembarazo que hace parte de su forma de ser, sin lo cual sería imposible tal fiesta que implica aceptar del otro la cercanía, el vacile, esa forma jocosa de decirle al interesado lo que se está pensando, por lo cual no se le queda nada en el tintero o mejor, en su cabeza, que permite en la mayoría de los casos una relación menos dada a la falsedad o fingimiento.

Es la esencia para que se dé esa fantasía colectiva de creación, en los disfraces, en el baile, en las letanías, en la composición musical y en que lo autóctono tenga un tiempo y un lugar para desplegarse, que lo hace más rico y sin peligro de extinción. Días de encuentro para torear la muerte, temida pero no olvidada, invitada para recordar lo efímero, que todo lo que inicia acaba.

También una cita para la crítica, una forma de recoger y exorcizar situaciones que el ciudadano del común no tiene opción de decir, por eso las parodias de los personajes más exaltados durante el año, especialmente aquellos que por sus acciones poco santas son motivo de ironías, permiten liberar resquemores a partir de la burla del que se disfraza y del coro que lo aplaude, en una risa que permite respirar un poco sobre lo no resuelto, lo irremediable.

Y cómo no reconocer que el carnaval de Barranquilla ha sido y será el lugar que permite el disfrute de grupos y orquestas, que a través de los años han venido para conformar una reunión de virtuosos que atraviesan su mejor momento, permitiendo la suerte de escucharlos y recibir su influencia en el sentir musical. Algo que no se borra fácilmente de la memoria, especialmente la del cuerpo que escrito por tantos ritmos despierta cada año al golpe del tambor, una convocatoria ineludible.

También una cita para la crítica, una forma de recoger y exorcizar situaciones que el ciudadano del común no tiene opción de decir, por eso las parodias de los personajes más exaltados durante el año, especialmente aquellos que por sus acciones poco santas son motivo de ironías, permiten liberar resquemores a partir de la burla del que se disfraza y del coro que lo aplaude, en una risa que permite respirar un poco sobre lo no resuelto, lo irremediable.

El carnaval se impuso, y no para los barranquilleros que lo tienen puesto desde antes de mil novecientos, lo que indica que es algo serio, tan serio que ya es una obra maestra del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad. Y no sólo eso, también ha contagiado a muchos del resto del país que, antes críticos de lo que no entendían, hoy lo han asimilado y aprendido a disfrutar porque es un momento para poder decir lo indecible, en un acto que demuestra que se puede vivir en comunidad.

Por Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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