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El diván virtual 04 de Noviembre de 2011

¿Cuáles son los caminos del deseo?

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Los seres humanos somos movidos por alcanzar lo que nos falta, es la razón que nos hace disfrutar la vida entusiasmados por algo que, para cada uno, es diferente, de ahí que exista tanta creatividad y diferencia de pensamientos, creencias y posibilidades. Una riqueza que por estar siempre a la mano no alcanzamos a apreciar, evidente cuando buscamos lo que necesitamos y lo encontramos porque a alguien se le ocurrió imaginarlo.

Si hay un placer en encontrar lo buscado, este es todavía más grande cuando somos los creadores, allí dónde con más fuerza se muestra el deseo que además exige, como el amor, dar lo que no se tiene. Lo que nos hace ser pacientes cuando lo anhelado se nos muestra esquivo y donde muchos decaen cuando no hay logros inmediatos, especialmente en una época signada por la rapidez. Es así que olvidamos lo que nos enseña la naturaleza, que lo que progresa tiene su tiempo de gestación y madurez, la razón quizá de que en la gente del campo encontremos una sabiduría ya lejana por ser tan urbanos.

También la causa de que tendamos a sostener la fantasía de que con solo desear y repetir lo que queremos, se nos dará, desconociendo que no hay nada que requiera más trabajo que el propio deseo porque su búsqueda está sembrada de rodeos, de equivocaciones y pequeños triunfos que nos permiten avanzar.

Es fácil encontrar en libros especializados consejos para ser feliz, recetas para motivarnos y la exaltación de vivir optimistas, lo que no es despreciable. Pero hay que tener cuidado cuando ese optimismo y motivación no obedecen a la realidad, a un trabajo concienzudo y a una entrega en lo que se hace, sino a la ilusión de que convenciéndonos de que todo saldrá bien, así será.

El pesimista es aquel que piensa que todo le va a salir mal, el optimista el que cree lo contrario, algo en lo que los dos están equivocados, en especial, porque cuando emprendemos algo, aún lo hagamos con la mejor voluntad, no siempre hay garantías de que el resultado sea el esperado.

Lo que nos lleva a pensar que lo mejor es ser realistas, algo en lo que somos poco diestros porque nuestra imaginación, por ser más rápida que los hechos siempre nos lleva una ventaja. No es raro encontrar que el pesimista aduzca la razón de que él se adelanta a pensar mal, porque así, cuando lo adverso suceda, sufrirá menos, lo que no sabe es que sufre antes y después. Y el optimista que cree que por convencerse que todo saldrá bien, sufre el doble, por la pérdida real, además de la imaginaria.

Ser realista implica aceptar el no saber, lo más verdadero, porque la posibilidad que tenemos es emprender un camino, un proyecto o cualquier acción con el ánimo de que nos sea favorable, pero estando advertidos de que entre lo pensado y la realidad hay un trecho que desconocemos. Cuando lo llenamos con pronósticos, con pesimismos u optimismos prestados a la imaginación, tomamos la vía más frecuente a la desilusión, una forma muy común de padecer.

Que se nos cumpla lo que queremos en la vida no es una utopía, pero sí implica una gran voluntad que debemos estar dispuestos a sostener, y no con vanas ilusiones porque los caminos del deseo siempre nos exigirán, a veces, hasta volver a empezar. GC

Por
Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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