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El diván virtual 11 de Julio de 2015

Cosas de la imagen

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Isabel Prado Misas
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¿Cómo me veo? Esta es una pregunta que con frecuencia se dirige al otro, a lo que se podría responder: No sé, no sé cómo te ves, eso solo lo sabes tú. Una respuesta cruda pero acertada, porque nunca sabemos cómo se ve el otro. Sin embargo, comprendemos que la interrogación no se refiere a eso, sino a esperar la sanción de una mirada que no sea la propia.

Un pedido válido ya que no es fácil saber cómo nos vemos, no solo ante nosotros mismos, también ante los demás. Porque nuestro cuerpo, eso que somos, lo conocemos a través de una imagen, a diferencia del de los otros del que tenemos la oportunidad de estar al tanto de su dimensión real. El nuestro, lo sentimos pero solo sabemos de él, completo, mirándonos en el espejo.

Particularidad que explica muchas de nuestras inseguridades y trastornos en los que el cuerpo se ve afectado, como el desconocimiento del propio rostro con el que inician las perturbaciones muy graves. O la anorexia, ahora la más reconocida, que muestra dolorosamente que lo que se refleja allá no tiene relación con lo que esos ojos miran.

Igual nos puede explicar el éxito de la publicidad que influye notoriamente en nuestra forma de vernos, porque es innegable que nos hacemos a imagen y semejanza de lo que nos marcan los comerciales, oleadas inevitables que recibimos a diario.

La tecnología hoy nos bombardea con imágenes, las ajenas y especialmente las propias en las que tratamos de vernos en esos destellos instantáneos y veloces que nos devuelven lo que siendo propio se muestra desconocido. Comprensible entonces la acogida de las selfis, nueva forma de encontrarnos que no calma porque sigue siendo una imagen, de ahí la necesidad de los likes que nos dicen cómo nos vemos.

Algo que no gozaron ni tampoco sufrieron los que no vivieron este momento. Primero fue la pintura, en la que mucho tenía que esperar el que posaba para verse, además, atravesado por la visión del pintor a quien se le podía adjudicar la culpa de no haber quedado como el modelo imaginaba. La fotografía, después, tampoco nos volvió más realista, todavía no lo hace, por eso apareció el photoshop.

Afortunadamente no se ha inventado la cámara que nos fotografíe el alma, para no ser tan antiguos digamos el ser, porque si tenemos tanta discrepancia con nuestra parte corporal  teniendo la oportunidad de verla en un reflejo, en este, que solo lo sentimos o lo pensamos, no habría retoque que nos apaciguara con la dificultad que tenemos para conocernos y aceptarnos en lo que verdaderamente somos.

Son cosas de estructura, qué le vamos a hacer. Pero siendo así, es importante saber que entre más distancia exista entre la imagen real y la imaginada, más dificultades se tendrán para enfrentar la vida, porque así como se está de lejos de la imagen propia, también se está de la realidad.

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