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El diván virtual 10 de Febrero de 2012

Carnaval y sublimación

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Somos seres de la necesidad, también del lenguaje, razón por la cual nuestra relación con ella toma una forma muy particular. Basta pensar en la alimentación, algo básico para la supervivencia que convertimos en todo un arte. Elaboramos vajillas, cubiertos, manteles, vasos, tantos utensilios preciosos que la acción de comer parece no sólo estar dada para mantenernos vivos. Un plus de placer reflejado también en la forma de preparar los alimentos, que se vuelven irreconocibles en el plato porque su destreza en la elaboración exige, además del sabor, toda una estética.

Y en el descanso, en el dormir, no nos basta un simple lugar donde poner el cuerpo, también para eso construimos camas con bellos detalles, sillas tan especiales que algunas tienen nombre y toda una suerte de comodidades que hacen que no sólo el cansancio invite al reposo. También, para eliminar los desechos, el hombre a través de su existencia ha construido y perfeccionado elementos que nos hacen creer que ni siquiera existen, una forma de hacerlos desaparecer porque es lo que menos queremos ver.

Y nada más lleno de belleza y erotismo que la relación sexual, un cortejo con toda suerte de variedades para atraer y disfrutar un placer de los más intrínsecos del género humano, que unido a la necesidad de cubrir el cuerpo se despliega y no encuentra límites para imaginar vestimentas. Lo anterior nos demuestra que más allá de satisfacer lo que el cuerpo nos pide por naturaleza, somos seres del simbolismo.

Un simbolismo que nos aleja de ser seres simples, de la pura necesidad encarnada, hecho manifiesto también en la poesía, la música, la pintura, en fin, en el arte. Esas invenciones que dan una satisfacción que no pide nada a nadie, que sólo está ahí para complacer en su momento al que lo crea y hacer disfrutar al que también lo puede hacer suyo. Es lo que se llama sublimación.

Sin embargo sabemos por padecerlo o por verlo padecer, que la forma de satisfacer esas necesidades pueden tomar un camino diferente que nos hace sufrir, consistente en que en ocasiones, aún con todas las comodidades, el colchón más muelle no permite el sueño, los alimentos más exquisitos no provocan el apetito o, el interés sólo es devorar aunque hacerlo sea motivo de malestar.

Dificultades que están relacionadas igualmente con la simbolización, como en aquellos para los cuales cualquier piso es un lecho, la comida sólo se ingiere para sobrevivir, el vestido es uniforme, conforme al de los demás, la sexualidad un acto de dominio y los desechos pueden ser abandonados en cualquier lugar. Como nómadas, como primitivos que siguiendo un tótem únicamente pueden perseguir consignas que los hermanan y en las cuales, la sublimación, que ya definimos como esa satisfacción que no pide nada a nadie, está muy lejos de aparecer porque lo piden todo. Todo, hasta la muerte de los que no acuerdan con ellos.

Es por esto que manifestaciones de la cultura como el Carnaval, esos momentos de regocijo que estamos en capacidad de inventar y sostener, nos hablan de necesidades que van más allá de la supervivencia. Ineludibles porque en ellas nos reflejamos, un espejo necesario que nos hace recordar una identidad con el semejante para compartir en la diferencia. Una identificación en la que la creatividad, el baile, la música y el júbilo por lo que otro hace, son tan necesarios en un país en el que la fe, la confianza y el respeto por los demás, parece caerse a pedacitos.

Por Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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