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El diván virtual 30 de Diciembre de 2011

Año Nuevo, vida nueva

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Todos los años volvemos a empezar con un feliz Año Nuevo. Una costumbre necesaria y venturosa que demuestra que aunque no nos sea dado saber lo que va a suceder, siempre nos queda el beneficio de desear que sea mejor.

Una fecha marcada por el calendario para hacer un alto y volver a comenzar, necesaria. Sólo basta imaginar cómo sería el mundo sin esos momentos de corte que nos obligan a pensar, aunque sea un ratico, sobre lo que hemos hecho y lo que queremos que nos suceda. Un momento ruidoso y diferente, exaltado, que a algunos hace llorar. Un llanto entendible en aquellos que durante el año sufrieron pérdidas y poco comprendido cuando no han sucedido, pero que podemos deducir que obedece a emociones encontradas.

Generalmente las emociones nos asaltan y se viven en forma individual, a cada momento somos afectados de forma particular y hasta silenciosa por ellas, pero también existen las que se vuelven colectivas, que por ser compartidas adquieren mayor fuerza y llaman más al desborde y a la imposibilidad de contenerlas. Es lo que sucede cuando vamos al estadio a hacerle barra a nuestro equipo o disfrutamos un concierto porque nos gusta un cantante. Un sentimiento que al vibrar acompañado puede alcanzar dimensiones, que a algunos los lleva a perder el sentido y a otros la cordura. Lo que se llama la histeria colectiva.

Pero no es necesario que seamos histéricos para gozar y compartir un afecto al unísono, es lo que nos sucede el treinta y uno de diciembre, día en el que desde niños aprendemos a contar las horas que le quedan con una emoción tal, como si fuera el del lanzamiento de una nave en la que partiremos rumbo a otro destino. Es que tiene algo similar, se espera que lo que venga después sea diferente.

Una ocasión válida para muchas auto promesas, de las cuales pocas se cumplirán porque somos humanos, lo cual no sugiere que dejemos de hacerlo, porque lo peor que nos puede pasar es no tener siquiera la intención de desear, como sucede en ciertas amarguras disfrazadas de intelectualidad, escepticismos llevados a extremos que alejan de poder disfrutar momentos en los que compartir, es lo que hace a la vida más plena.

Claro que así como existen los escépticos, también los hay exaltados, los que creen que porque el año nuevo inició, sólo hay que esperar que se empiece a cumplir lo que se anhela, son los que dicen: “Menos mal se acabó este año”, olvidando que no porque pase el tiempo las cosas serán distintas, sino porque más allá de cumplir los ritos y algunos agüeros, somos nosotros y nuestras decisiones los artífices de lo que nos pasa.

Año Nuevo, vida nueva, más alegres los días serán, dice la canción. Tenemos derecho a cantarla, pero sin creernos demasiado que sea nueva porque nos podemos desilusionar, además, algo nos debe gustar de lo viejo que tenemos. Lo que si podemos es augurarnos y augurar que traiga más alegría y mucha prosperidad. GC

Por Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

 

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