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Destinos 06 de Diciembre de 2019

La Antártida, frontera exclusiva para un turismo responsable

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Foto: Johan Ordonez / AFP

Pierre-Henry Deshayes
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Ni palmeras ni arena fina. Ante unos desconcertados pingüinos, cuerpos casi desnudos se zambullen en las gélidas aguas de la Antártida, un confín hasta hace poco reservado a la investigación científica y al que ahora llegan turistas, con el riesgo de precipitar su metamorfosis.

“Se siente como si te clavaran cuchillos. Estuvo muy bien”, dice, aún entumecido, Even Carlsen al salir del agua a apenas 3° C en la isla Media Luna,  en el archipiélago de las Shetland del Sur.
Alrededor, enormes bloques de hielo dignos de un paisaje de ciencia ficción flotan en un mar de aceite. En la orilla, un equipo médico vigila a los bañistas. 

Para saciar la sed de novedades de una clientela adinerada y seducida por la idea de conocer lugares amenazados por el cambio climático, el llamado turismo “de última oportunidad”, los cruceros se aventuran en rincones cada vez más remotos y vírgenes. 

El continente de todos los superlativos —el más frío, el más ventoso, el más seco, el más remoto, el más desierto, el más inhóspito—, la Antártida, tan estéril como llena de vida, es hoy uno de esos destinos. 
Para muchos es la última frontera. Una frontera que debe alcanzarse a toda costa antes de que desaparezca tal como es ahora.

“No es una playa típica, pero es genial”, agrega Carlsen, un barbudo noruego de 58 años, después de su “zambullida polar” en el paralelo 62 sur.  

Él es uno de los 430 pasajeros del Roald Amundsen, el primer buque de propulsión híbrida del mundo, que navegó hasta el océano Antártico apenas unos meses después de salir de los astilleros en Noruega.
Se estima que unas 78.500 personas visitarán el continente antártico hasta marzo de 2020, de acuerdo con la Asociación Internacional de Operadores Turísticos Antárticos (IAATO).

Un salto de 40% en comparación con la temporada anterior debido en parte al paso repentino por la región de algunos barcos nuevos que transportan más de 500 pasajeros y que no pueden desembarcar en tierra, de acuerdo con las reglas establecidas por la IAATO.

A bordo del Roald Amundsen no hay pista de baile ni casino sino microscopios y experiencias participativas. Y conferencias sobre ballenas, grandes exploradores, Darwin... pero extrañamente no sobre cambio climático, que se menciona solo de pasada.

El léxico ha sido hábilmente reformulado. Aquí no se habla de “pasajero” sino de “invitado”; de “explorador” en lugar de “crucerista”. Los “invitados" son generalmente personas mayores, a menudo jubilados que han viajado mucho. “Mi país número 107”, deja caer un danés.

Estos “exploradores” pueden elegir entre tres restaurantes y un menú que va desde comida callejera hasta los platos más selectos. Y claro, son “invitados” con un cierto poder adquisitivo, que les permite pagar cerca de 8.000 dólares cada uno por una travesía de 18 días en un camarote estándar, y hasta 27.000 dólares por la suite con terraza privada y bañera de hidromasaje.

Pero tanta modernidad y confort contrastan con el carácter primitivo de la inmensidad salvaje. Pingüinos tan torpes en tierra como ágiles en el agua, ballenas jorobadas pesadas pero majestuosas, leones marinos y focas apáticas que toman el sol. 

Actividades.

En la isla Media Luna, los pingüinos de barbijo se dedican al cortejo en esta temporada de apareamiento, lanzando graznidos con sus picos hacia arriba desde lo alto de sus nidos de rocas. Los visitantes pueden verlos de cerca, navegar en kayak, bañarse en las gélidas aguas o calentarse en una bañera con hidromasaje.

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