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Hobbie 17 de Marzo de 2017

Viviendo el Clásico Mundial de Béisbol desde la tribuna

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Foto: AFP

El barranquillero Jhonatan Solano batea durante el partido ante Canadá, encuentro en el que la Selección de Colombia salió victoriosa 4 a 1.

Daniela Fernández Comas @danielaferco

Entre ‘outs’ y ‘home runs’, una periodista, y aficionada al deporte, cuenta su vivencia como asistente al Clásico Mundial de Béisbol 2017 en Miami, Estados Unidos.

“Disculpa, ¿quién está lanzando por Colombia?”, fue la pregunta con la que un dominicano rompió el hielo conmigo. Era viernes 10 de marzo del 2017, y la selección colombiana de béisbol debutaba contra la de Estados Unidos, la anfitriona, en el Clásico Mundial de  ese deporte en el estadio Marlins Park, en Miami, Florida.
 
“Quintana”, respondí, y enseguida  el hombre miró extrañado. Ya sabía yo que estaba hablando con otro incrédulo que me estaba probando. “¡Vaya, sabes de béisbol!”, exclamó. Inevitablemente solté una leve risa. Al parecer, aún existen hombres que creen que las mujeres no sabemos de béisbol. Están muy equivocados. 
 
A diferencia de muchos, que solo hasta hace ocho días comenzaron a interesarse por este deporte por ser la primera vez que Colombia participaba del mundial, yo sé de béisbol desde muy pequeña. Y ese debut de Colombia no me lo podía perder. 
 
No hice como mi hermano, que compró las boletas en línea desde que salieron a la venta. Yo tuve que esperar a saber que sí podía viajar y comprarlas en taquilla. Eran 3, una para cada encuentro. Viernes 10 de marzo, contra Estados Unidos, sábado 11, contra Canadá y domingo 12, contra República Dominicana. Cada día llegaba al estadio y la compraba en la taquilla. Viernes y sábado estuvieron a $35 USD, el domingo fue otra historia. ¡No había ni una en taquilla! Tuve que recurrir a comprarlas en internet, donde la más barata estaba en $110. La compré igual. 
 
A la entrada del estadio todo indicaba que estábamos en el Mundial. Claro, en inglés, avisos con el logo se veían por doquier. También en el almacén oficial, donde se podía comprar la gorra de cada equipo y la oficial del evento. Compré las dos. Y aunque no era mi primera vez en ese estadio, estaba muy emocionada. 
 
Al seguir caminando me encontré con mi sección, la 12, casi detrás de ‘home’. Veía, con mis gafas, perfecto. La foto creo que lo dice todo. Pero eso no era lo mejor. La emoción, una vez dentro, era indescriptible. Parecía un carnaval. Colombianos en manada agitaban banderas de un lado, y por otro se escuchaban tamboras y acordeones.  
 
Eran esos los elementos que atraían la atención de los espectadores. Incluso de los encargados de las cámaras dentro del ‘ballpark’. Ellos enfocaban las cámaras en los que portábamos camisetas, banderas e instrumentos con los colores alusivos a cada nación para luego salir en la pantalla principal del Marlins Park (el estadio de los Marlins, el equipo de Miami que juega en la temporada de béisbol regular en Estados Unidos). De hecho, recibí varios mensajes. “¡Saliste en televisión!”, me dijo un tío. “¡Te vi con la bandera!”, me escribieron varios amigos. Lo que ellos no saben es que regresé a Barranquilla sin voz, y con un poco de dolor en mis brazos. Pero no me importa, hice parte del mejor momento para nuestro país en el béisbol. Un momento histórico.
 
Justo cuando llegué a mi puesto, el himno de Colombia sonó y, como era de esperarse, mi piel se erizó. Ya iba a comenzar el partido y nuestro equipo iniciaba el sueño. Un sueño que se estaba haciendo realidad.
 
Mi vista del primer encuentro de la novena colombiana ante el equipo anfitrión, Estados Unidos. Como era de esperarse, el estadio estaba ¡a reventar!
 
 
Durante el partido contra Estados Unidos mi celular quedó sin batería, ya no podía hacer más videos. Fue entonces cuando decidí buscar un enchufe por ahí, pero me encontré con toda una mesa dispuesta con diferentes tipos de cables para cargar, con un televisor en frente. Espacio donde el dominicano antes mencionado me habló.
 
Me dijo que no había conocido antes a una colombiana que le gustara el béisbol, que supiera sobre los jugadores ni tampoco cuáles eran sus equipos durante la temporada regular. Tuve que explicarle que a mi padre siempre le gustó. Que fue él quien me enseñó las reglas y me llevaba a verlo jugar ‘softball’ en el club Campestre, en el Caujaral o en el colegio Sagrado Corazón. Que la costa Caribe, de donde soy, es la cuna de peloteros colombianos, y que no soy la única que sabe hablar del tema.
 
El dominicano, creo que de más de 30 años, entendió. Quería seguir la conversa, pero yo no, jajaja. Necesitaba volver a la tribuna. Y en el sexto ‘inning’ volví. La tensión se sentía. Estábamos a punto de ganar. Pero no fue así, e independientemente a la derrota (3-2) todos los colombianos presentes seguíamos animados. Le habíamos demostrado a la potencia de ese deporte que nosotros ‘tenemos con qué’. Pero faltaban dos partidos más. 
 
Cuento distinto fue al día siguiente. Esa vez el juego era al mediodía, no a las 6 de la tarde como el anterior. A las 12 en punto empezó. No hacía mucho sol, por eso el techo del estadio estaba entreabierto. Y los cantos se empezaban a escuchar de nuevo. “¡Jhonatan, tírate un palo!”, cantaban unos al jugador colombiano, mientras aplaudían al ritmo de ‘En Barranquilla me quedo’, canción escogida por algunos barranquilleros en su turno al bate. “¡Colombia, Colombia!”, gritaban otros al son de ‘Cali pachanguero’. Eso sí, la barra de Canadá no se sentía. Y en el noveno ‘inning’ la euforia aumentó. ¡Habíamos ganado el primer partido en un Mundial!  
 
Al salir escuché a un señor, con tambora en mano, decirle a otro, “hay que afinarla, porque mañana con esos dominicanos va a estar duro”. Tuvo razón.
 
 La respectiva ‘selfie’ afuera del ‘Marlins park’, en Miami, donde debutó Colombia en el Clásico.
 
 
El domingo 12 de marzo el barranquillero Nabil Crismatt abrió el partido. Colombia jugaba nuevamente en Miami, pero se enfrentaba a República Dominicana, el campeón actual. 
 
El estadio estaba casi en su lleno total. De hecho, parecía que fuera en República Dominicana que se estuviera jugando y no en Estados Unidos. La afición contraria opacaba a la colombiana. Campanas, tamboras, banderas y hasta plátanos sobresalían de colores rojo, azul y blanco. Pero el tricolor colombiano estaba firme para el tercer ‘show’. Y digo ‘show’ porque lo fue. 
 
Todo un espectáculo. Fue increíble ver cómo nuestro equipo, primera vez en ese torneo, se la ponía difícil a jugadores de gran talla como Robinson Canó y José Bautista, por nombrar algunos. Batazos, jugadas, excelentes atrapadas, todo aportaba a un juego emocionante.
 
Llegó la octava entrada y Jorge Alfaro bateó. El receptor del equipo colombiano, conectó un ‘home run’ y Colombia enloqueció. La tribuna vibraba y cantaba “¡se va a caer, se va a caer...!”. El estadio se iba a caer, y los dominicanos no articulaban palabra. Su música paró y su cántico se silenció. Colombia estaba a solo un paso de ganar y clasificar a la siguiente ronda. La música colombiana subió. Las tamboras, lejos de mí, las podía escuchar. El acordeón, a dos sillas, no dejaba de entonar. Los colores amarillo, azul y rojo, se bandeaban sin cesar. Yo bailaba sin parar. Podíamos saborear la victoria. Quitarle el invicto al equipo que conservaba el último título mundial y pasar de primeros a la siguiente fase. Pero un dudoso ‘out’ en el plato, a un corredor colombiano, cambió todo. Ahora el silencio era nuestro. Las caras largas y las banderas a medio agitar se evidenciaban. Colombia, dentro y fuera del terreno de juego, estaba en ‘shock’. No lo podíamos creer.
 
Dominicana se impuso en carreras (10) y en alegría por parte de su público, y jugando hasta la undécima entrada definieron el juego. Las campanas, banderas y camisetas dominicanas se alzaron. El ‘plátano power’ (apodo del equipo dominicano) había ganado.
 
Más de una lágrima vi. Más de un insulto hacia el ‘umpire’ (nombre que se le da al árbitro en el béisbol) escuché. Pero “venimos al próximo” fue la frase que nunca olvidaré de esta experiencia inolvidable. Porque me hace pensar que ahora sí se apoyará el béisbol como debe ser. Que en el 2021 la afición será mayor. Y que aunque el fútbol siga dominando el mundo, hoy los ojos sobre ‘el juego de la pelota caliente’ son y seguirán siendo cada vez más.  

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