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Testimonio 14 de Diciembre de 2016

"Soy un payaso feliz aunque eso me duela mucho"

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Foto: Orlando Amador Rosales.

Así luce Huesitos al caminar por la clínica Bonna- dona, donde labora.

Sara Hernández C.- @Sara_hernandezC

Huesitos no espera que llegue la Navidad para sacarles sonrisas a niños que en apariencia no tienen de qué reírse. Ese es el trabajo de Wilmer Ordóñez, su nombre real, el que le apasiona, por el que ha batallado, incluso contra su esposa, que le ha pedido que se dedique a su profesión, Administración de Empresas, o cualquier otra cosa. 
 
Huesitos es el payaso de planta de la Clínica Bonnadona Prevenir, en Barranquilla, y su misión es animar a los pequeñines, sobre todo, los que allí están hospitalizados por diversas patologías, entre ellas el cáncer. 
 
“En este mes el acompañamiento es más directo, sobre todo porque hay algunos niños que han estado acá por varias semanas. Es una época linda para compartir con ellos más tiempo. Trato de llevarles en esta temporada un mensaje de paz y también de que Dios siempre está al cuidado de todos”.
 
En ocho minutos, Wilmer se maquilla para convertirse en Huesitos en su oficina. Antes de esto se pone zapatos deformes y ropa de colores, pero por dentro, en su alma de actor, la construcción de su personaje le ha tomado 40 años. Primero utiliza el blanco en su mentón y bordea sus ojos con la pintucarita, luego sigue con el rojo, color que difumina sobre las zonas ya pintadas. Sus manos, impregnadas del material, se untan para darle espacio a la base que luego cubre el rostro. Le siguen unos puntos negros y rojos en sus cachetes, tonos naranja para resaltar el blanco  y, por último, el rojo en sus labios y la nariz postiza. Ya no es más Wilmer Ordónez.
 
Huesitos se maquilla por sí mismo antes de iniciar su jornada de visitas.
 
 
Él se hace por partes, su ropa, su maquillaje y la actitud. Partes en las que reconstruye su labor con días pesados y otros no tanto. Para él la muerte de un niño es algo tan significativo que en algún momento sufrió depresiones que trascendían al plano familiar.
 
“Hubo momentos en los que me iba llorando de la clínica y así llegaba a mi casa”, cuenta. “Tú no eres así”, le decía su esposa de ese momento. Recuerda que en una ocasión se encontró en el corredor de la clínica a una mamá guajira que le dijo que su hija lo esperaba en la habitación. Cuando entró, encontró que la menor acababa de fallecer y los médicos, infructuosamente, intentaban reanimarla. Esa fecha permanece en la mente de este barranquillero y la guarda solo para él.
 
Él sabe que si no va es peor para los niños. Es eso lo que le detiene a colgar sus zapatos chiboludos. “Siempre he tenido claro que tengo que ir, lo que ocurre es que ha sido un proceso de manejar esto de la mejor manera para que no me afecte, aunque a veces no pueda evitarlo”, cuenta.
 
Por eso hubo un tiempo en el que alteró su rutina diaria. Asistió a gimnasios, cines o restaurantes antes de ir a su casa. Lo importante para él era que sus familiares no lo vieran con el rostro que Huesitos le dejaba. “Así descargaba un poco lo que había vivido durante el día”.
 
En cada visita él se encarga de llevar dulces, gomitas, sparkies y hasta libros para colorear con los niños y alegrar sus ratos con chistes y juegos. Todo lo lleva en un carrito naranja con mango negro y manillas verdes. Su tarea también se traslada a los padres, pues, en ocasiones, ellos son los más deprimidos, sobre todo cuando son pacientes recién diagnosticados con cáncer o en una situación física crítica.
 
“Gracias a Huesitos mi hijo Mateo salió adelante con su tratamiento, él le hizo cambiar de mentalidad porque él no quería hacerse nada. Ver como él se animaba me fue de gran ayuda para mí en ese momento”, explica Rocío Caro Cantillo, de 40 años, y madre del menor de 15 años que tiene un sarcoma sinovial, a quien le fue amputado uno de sus pies. Mateo está en tratamiento y se ha hecho gran amigo de Huesos, como le llaman de cariño.
 
Wilmer hace su trabajo porque le gusta acompañar a los niños y adultos, es más, toda su vida ha sido payaso. Afirma que ahora le ha cogido “tanto cariño” a esta labor que no quiere dejarlos solos. 
 
“Cueste lo que me cueste y sufra lo que tenga que sufrir ahí estoy con ellos (…) A mí no me gusta que ellos estén enfermos, pero siento que con mi trabajo contribuyo en algo a sacarlos de ese estado”, anota Wilmer durante la entrevista, con los ojos irritados y haciendo fuerza por no llorar.
 
Para él no ha sido fácil salir de la clínica y no sentirse triste. “Nosotros como payasos tenemos una virtud, podemos tener el problema más grande, pero cuando usamos el atuendo es como si tuvieras una cápsula que te conduce a que todo va a salir bien”.
 
Su trabajo. Si bien se dedica a esta labor hace 10 años, solo hace cuatro  que es empleado directo de planta en la clínica, allí figura con el cargo de Payaso hospitalario. “Es quizá la única clínica en Barranquilla y en Colombia donde emplean a una persona para un cargo como el mío”, anota el barranquillero.
 
“Hola, hola. Buenas, buenas”, exclama cuando se presenta en una habitación. “Huesitos, qué nos traes, qué bueno tenerte por acá”, le dice una de las enfermeras. “Visita a la niña de en frente, tiene días que no te ve”, agrega la mujer después de indicarle las habitaciones a las que no puede ingresar por restricción médica.
 
Él los conoce y sabe sus historias antes de entrar a cada pieza, por eso, sin reparos, ingresa al cuarto con una sonrisa.
 
Claudia Patricia, una paciente, cuando lo vio, de inmediato salió de la rutina médica y entabló conversación con su ahora amigo. “Hola, mi bebé”, le dice a la pequeña de cuatro años. Ella extiende sus brazos y aprieta a Huesitos. “Para ver tu boquita, eso fue que te dieron un beso”, anota el payaso. “Por qué no viniste antes”, le reclama Claudia con su endeble tono de voz. “Tenía gripa y no te la quería pegar”, respondió.
 
Y sí. Así fue. La semana anterior a esa visita Huesitos no fue, él tenía gripa y cualquier virus que padezca puede ser peligroso para los niños. La menor está por cuarta vez en la clínica, le han extirpado tres tumores y cuando se creía que estaba sana, le fue detectado otro.
 
“Me alegré tanto cuando supe que se iba. Ya estaba bien, pero bueno, aquí la tenemos de nuevo. Hay que hacerla reír”, expresa convencido de su misión.
 
Esos temores son los que se lleva Huesitos a su casa donde esperan por él su esposa y sus dos hijas de 16 y 14 años. Lo dice para quien no tocarles el tema de la enfermedad es su regla. Su propósito en la habitación es único y es hacerlos reír.
 
Wilmer es payaso desde los 12 años, cuando empezó a animar fiestas infantiles.
 
 
¿Por qué huesitos? Wilmer narra que su nombre artístico se lo debe a la contextura física que tenía antes de casarse. Ahora, 22 años más tarde, una barriga sobresale por efecto de la gravedad y la dieta que no hace. Ahora, con su nombre, parece que se burlará de los kilos de más. 
 
Sus pasos como payaso iniciaron a los 12 años, desde ahí se dedica a animar fiestas infantiles. Su oficio tomó otra dimensión cuando una doctora lo contrató para una reunión de sus hijos hace 11 años. Esa misma fiesta llevaría a Wilmer a ser contratado para animar la reunión de la clínica Bonnadona donde laboraba la doctora. Allí estuvo varias veces por algunos años. Luego, el propietario de la clínica lo citó y le habló de un nuevo programa.
 
“Me dijo que pensaban declarar a octubre como el mes de la risa y que mi tarea allí era enamorar a los médicos de ese proyecto, y así fue”, recuerda Huesitos. Agrega que eso “fue un cambio de polo a polo”, pasar de lo que se maneja en fiestas infantiles a la “realidad tan distinta” que enfrenta en los corredores de las clínicas.
 
Ahora en diciembre Wilmer está más motivado con su trabajo, con su misión que no es otra que la de llevar alegría. Con su barriga disfrazada de Huesitos camina por el corredor de la clínica Bonnadona, arrastra su carrito verde lleno de sorpresas. Entra a una habitación y grita: “buenas, buenas, Huesitos está aquí”. 
 
 
SU LABOR... 
 
Huesitos recorre tres pabellones, la sala de consulta externa y la zona de urgencia pediátrica de la clínica Bonnadona los lunes, miércoles y viernes.  Sus recorridos no se limitan solo a niños, sino, también, jóvenes y adultos. En ocasiones lo hace de noche, pero nunca deja de hacerlo. Para Navidad se disfrazará de Papá Noel y alegrará a muchos con su labor de hace varios años. Lo hace desde hace diez años aunque solo hace cuatro está como empleado directo de la clínica.

 

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