EL HERALDO
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Testimonio
22 de Febrero de 2017

La ‘moña’, el toque y el cansancio: una noche tras un grupo de millo

Orlando Amador Rosales
Juan Carlos Arévalo, o el ‘Cachaco’, sabe tocar la flauta desde 1996.
Orlando Amador Rosales
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Julián Mora, en la última tambora, quiere estudiar Odontología pero por el momento no le es posible.
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Jesús de la Hoz, el ‘Diablo’, toca desde sus 5 años y estudió en Venezuela y Cuba cursos relacionados a la música.
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Jhon Jairo Altamar, o el ‘Buddy’, ha laborado como vendedor, músico y mecánico de motos. Hoy trabaja para su hija de 6 años; toca el guache y también la tambora.
Orlando Amador Rosales
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En el segundo alegre está Alberto Mario Barraza o ‘Juanchope’, de 24 años. Tiene una hija de cinco meses.
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Juan José Cogollo trasnocha estudiando música y cuando no está en la universidad, toca el tambor alegre, la tambora, las maracas y el guache. Estudia en la EDA (Escuela Distrital de Arte y tradiciones populares).
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Y así se despide el grupo, cada uno con sus instrumentos por las calles del barrio las Palmas, en Barranquilla.
Orlando Amador Rosales
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Juan Carlos Arévalo, o el ‘Cachaco’, sabe tocar la flauta desde 1996.
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¡“La noche está tremenda con esta brisa!”, fue la frase de Jesús de la Hoz, alías el ‘Diablo’ y uno de los integrantes del grupo folclórico Quinta Esencia. Él lo dice pocos segundos después de probar el sonido el tambor alegre con fuerza, mientras lidia con los fuertes y reconfortantes vientos de la noche del barrio Las Palmas, en Barranquilla.
 
Son las 7:20 p.m. de un viernes y lo que podría significar el fin de la jornada para muchos, para los seis integrantes del grupo traduce “recargarse y ponerse en sintonía con el ambiente”.  Ellos están ubicados en la Institución Educativa Marco Fidel Suárez, en el sur de La Arenosa. Allí acompañan sonoramente al grupo de garabato de esa institución, lo que hacen tres días a la semana mientras la danza se prepara para sus presentaciones carnavaleras.
 
‘Juanchope’ es el líder del grupo y tiene 24 años. Su apodo se lo dio el dueño de una tienda por la similitud que este tenía con el exfutbolista costarricense Paulo Wanchope. Alberto Mario Barraza no es inseguro y no tiene problema en hacer negocios que terminen en una ‘moña’. A él no le verán la cara. 
 
“Yo de 200 no me bajo, tenemos que dividirnos entre los seis y sacar el transporte, si sacas eso, ¿cuánto queda por cabeza?”, pregunta quien toca el tambor alegre, la tambora y también el guache. Es un músico empírico y como sabe que la jornada es larga, fue el único que escogió un buzo para abrigar su cuerpo durante la noche. 
 
La ‘moña’. “¡Un, dos, tres... ah!”, ‘Juanchope’ marca el inicio del toque con las baquetas, los demás siguen con el ritmo de garabato tradicional. A la brisa se le suma la arena del patio escolar que es levantada por los fuertes vientos de la noche de “la presentación artística pagada”. 
 
Es el líder y el encargado de conducir el ritmo a seguir. Sabe dónde golpear la tambora para obtener el sonido que busca y lo hace sin dudar.
 
El lenguaje de señas es vital por lo que de ahora en adelante la mirada, el mentón, la manera de ubicar la boca y la forma de sus manos son elementos fundamentales en la comunicación. No solo Alberto los aplica, sus otros cinco compañeros de fórmula también entran en la órbita musical que ahora se apodera de esos metros cuadrados.
 
Los aspectos climatológicos no son obstáculos para ellos. “La brisa no influye, nos refresca porque nosotros venimos haciendo un gran esfuerzo físico. Nos da más vitalidad”, explica Jhon Jairo Altarmar, o el ‘Buddy’.
Todos tienen durezas o callos en sus manos. Algunos se los quitan por las noches y otros los dejan porque le ayudan a imprimirle sabor a cada golpe. Al final toca seguir como si nada porque la música es lo único que no puede parar. Ellos terminan su misión en el colegio cuando tocan cinco tandas.
 
Quinta Esencia quiere que las ‘moñas’ que les salgan de ahora en adelante sean como las fuertes brisas de estos días. Sin embargo, son consientes de la proliferación de grupos folclóricos en la ciudad y que el problema radica en la no sana competencia de estos.
 
El valor.  Hay grupos que se “degradan cobrando poco o nada” y eso marca la parada. “Es un trabajo que tiene puntos a favor y otros en contra, pero nosotros lo hacemos con amor y eso se nota”, comenta molesto ‘Juanchope’.
“Es que ahora no se les enseñan a los músicos el sentido de pertenencia con sus instrumentos, con su música, su atuendo y, por supuesto, al cobrar”, anota Jesús de la Hoz, el popular ‘Diablo’. “Esto es delicado porque los chicos salen a calle y le ponen valor a sus toques, que pueden rodear los 80 mil pesos, y lo quieran o no, marcan una nueva tarifa de los clientes que perjudica a otros grupos ya establecidos”, complementa el ‘Diablo’, quien deja ver sus manos con varios de sus callos. 
 
Todo va en la forma en cómo se sienta la música, un acto que no se vive igual por todos los artistas. Inclusive va más allá. “Es que todo músico que integre una orquesta tiene que pasar primero por el folclor, eso es lo que te da el sabor”, piensa otro de los integrantes del grupo, el ‘Buddy’, con la seguridad que le da el haber recorrido varias partes del mundo haciendo música.
 
El problema radica en la concepción de la esencia folclórica, lo que para algunos es una forma de obtener dinero, para otros es y será una fuente para hacer vivir y preservar la identidad cultural. “Ahora esos que se hacen llamar músicos no sienten, es más, algunos no saben lo que tocan”, anota Jhon Jairo.
 
Las manos que impulsan los sonidos. Tocar un tambor alegre no es cosa sencilla pero el ‘Diablo’ abraza con sus piernas el instrumento para que no se mueva, salga un mejor sonido y se ubica en la punta de la silla para que así pueda dar un mejor golpe. 
 
“Mis pegadas tienen su sello. Ahí está mi sabrosura”, contesta quien toca con el nuevo ‘integrante’ de la familia, un tambor alegre. El ‘Diablo’ ha tocado por 20 años, es percusionista y lo ha perfeccionado con el grupo folclórico de Colombia presente en la embajada ecuatoriana, país en donde vive.
 
El músico que ganó su primer festival a los 13 años supo desde ese instante a lo que se dedicaría. “Al principio no sabes si vas a ganar dinero, pero hay algo que te mantiene ligado  a esto”.
 
Otro integrante que se suma al listado es el ‘Cachaco’, Juan Arévalo. Él marca la parada y escoge lo que se tocará al interpretar la flauta. Dio clases con Pedro Ramayá, entre otros artistas, para dar a conocer su talento y le aprendió a Juan Vesga. El cachaco es de San Juan de Girón, Santander. 
 
En la lista también está Julián Mora, con 17 años, y es el encargado del guache y del tambor alegre. Ya hace cuatro años está en este rol, aunque su gusto viene desde pequeño. Empezó tocando percusión menor y luego llegó al garabato de Marco Fidel Suárez, allí conoció a Alberto, hace cuatro años. “Vamos, vamos, nos falta uno y ahí fue”.
 
Segunda ‘moña’. La jornada sigue y esta vez en el mismo barrio las Palmas pero a cuatro cuadras del primer lugar. Eran las 8:20 p.m., el grupo estaba situado en la carrera 7H con calle 34. Ahí se suma Juan José Cogollo, quien llega en su moto desde la universidad y los encuentra en el camino a su casa. “Ya les caigo, ¡ojo! ¡Me esperan!”.  Para la época duermen muy poco, están alertas. “Todos estamos 5-8”. 
 
Juan José interrumpe la conversación por una llamada. “¡Moña, moña!”, le dicen al unísono sus compañeros. Pero no era una moña, su celular pide cambio y ahí lo evidenció.
 
Ellos no se aburren a pesar de tocar ocho veces la misma tanda. No lo hacen porque la música es como la vida misma, un tema de constancia, en la que debe ensayarse cada día para perfeccionarla. ‘Juanchope’ es uno de los que lo tiene claro. Lo dice orgulloso mientras señala a la vez a sus compañeros.“Lo hago por mí, pero también por ellos que están ahí para apoyarme en los buenos y malos momentos”.
 
A todo le sacan son, de todo hablan, al final, cada toque o moña son excusas para sacarle la mano al cansancio, trasnochadas y seguir haciendo con éxito lo que saben, llevando a los oídos de todos los que puedan el verdadero folclor del Caribe.
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