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Testimonio 27 de Abril de 2016

La guerra vista por un niño

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Foto: Alejandro Rosales y Caracol TV

Robinson dejó las armas a los 17 años. Ahora es promotor de la Reintegración.

Inguel Julieth De La Rosa V.@ingueljulieth

La historia de Robinson Jamer Pérez, el niño que ingresó a las FARC cuando tenía 14 años.

"Ayer fui un niño inocente que, por unos ideales de los que un día me hablaron, empuñé un fusil. Pensaba en lograr un consuelo y un cambio en mi forma de vivir, pero eso fue tan solo en palabras”.

Así es como Robinson Jamer Pérez Montaguth se refiere a su pasado. Él es una de las 48 mil personas que, desde 2003, se han despojado de las armas para regresar a la vida civil. Y, más allá de esto, uno de los más de 22 mil desvinculados que dicen haber sido reclutados por un grupo armado ilegal cuando aún eran menores de edad.

El caso de Robinson y las anteriores cifras entregadas por Joshua Mitrotti, director general de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), demuestran que los niños combatientes son una penosa realidad en este país, una que, sin duda, supera la ficción.

De esto fue testigo el equipo tras La niña, la producción de CMO para Caracol Televisión que desde anoche aborda el tema de la reintegración en menores de edad, “víctimas que llegaron a la guerra por accidente y no conscientes” de una ideología ni de la realidad que ello supone, como ha dicho su codirector Rodrigo Triana.


Ana María Estupiñán protagoniza ‘La niña’.

“Esta no es una historia de la guerra, aquí hablamos del posconflicto, de una persona que sale de la guerra, quiere realizarse como persona y rehacer su vida”, aclara Triana, antes de formular la incógnita que amerita no menos que una gran reflexión: “¿cómo vamos hacer los colombianos cuando llegue el posconflicto y esta gente se quiera reintegrar a la sociedad?”.

Adiós, estigmas. “Apoyar a estas personas es una cuestión de todos, pero no solo es darles oportunidades (a los excombatientes), sino que ellos también demuestren que quieren cambiar y desean una nueva vida”, se responde Triana a sí mismo. Y tiene razón. El posconflicto requiere un esfuerzo de todos. La sociedad debe dejar de lado los estigmas y aprender a creer en los que se arrepienten y en esos que como Robinson hoy también son víctimas: los que alcanzaron un fusil antes de la mayoría de edad.

“Hoy soy un joven que lucha día a día por un mañana mejor, por una familia que se sienta orgullosa de mí. Es difícil, pero nunca imposible para mí. Soy luchador, no con un fusil, sino con la mente y el corazón, empuñando una pluma para lograr lo que sueño”, se lee en un ensayo de Robinson, tres párrafos bajo el título Lo que fui, lo que soy y lo que seré; más que un escrito, el resultado de una especie de catarsis.

Cobrar injusticias. Cuando se le pide a Robinson que relate su historia, lo hace sin omitir detalle alguno. Sus recuerdos están tan claros como la luna de aquella noche del 2011, cuando después de ver morir a un compañero en la selva y verse sin provisiones y desamparado en pleno combate con el Ejército, huyó de la guerra y dejó atrás su rol de guerrillero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), hoy en diálogos de paz.

Tenía 8 años cuando los paramilitares se tomaron Teorama, su pueblo en la Región del Catatumbo. Él estaba haciendo la oración de la mañana en la escuelita cuando los criminales irrumpieron en su salón de clases y se llevaron a su profesora. “Afuera, en el pueblo, estaban matando a la gente,  iban con una lista casa por casa, y a los que aparecían en esa lista los iban matando. Nosotros estábamos tirados en el piso, encerrados en los salones, cuando de pronto tumbaron la puerta y entraron muchos hombres altos, fuertes y de piel oscura; yo no sé cómo salí de ahí corriendo y me fui para la casa. Cuando llegué, mi abuela (que me crio), ya había empacado todo para irnos del pueblo”, recuerda Robinson.

Tiempo después volvió a su pueblo, pero esta incursión ya lo había marcado de por vida. “Aburrido”, incluso de las preferencias que se daban en su salón de clases por los hijos de los políticos, prefirió desertar de la escuela. Apenas tenía 12 años cuando decidió dejar de estudiar y de limpiar buses –a lo que se dedicaba desde los 7 años–, para irse a ‘raspar’ (deshojar) cocaína, por lo que podía devengar hasta 200 mil pesos por día.

En unos meses se hizo experto en el tratamiento de la ‘coca’.  Con esta experiencia fue suficiente para ser aceptado por las Farc, a sus 14 años. Quería vengar toda injusticia. Sobra decir que durante tres años como guerrillero no lo logró. Su mejor hazaña fue escapar, reemplazar armas por libros. Hoy, a sus 22 años, solo lucha por ser abogado y dejar la guerra en el olvido.

De regreso a la vida civil...
Las personas desmovilizadas de los grupos armados ilegales que quieren, de manera voluntaria, reintegrarse a la vida social y económica pueden acogerse a una oferta de seis años y medio que el Estado colombiano brinda a través de la Agencia Colombiana para la Reintegración, ACR. Los que se acojan a este proceso pueden recibir beneficios jurídicos por los delitos políticos y conexos, siempre y cuando no vuelvan a delinquir. Eso sí, cada participante está comprometido, entre otras cosas, a hacer mínimo 80 horas de servicio social. El proceso también incluye subsidios de supervivencia y estudios para que puedan laborar.

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