EL HERALDO
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Testimonio
09 de Mayo de 2018

En las entrañas de una cesárea humanizada

Daniela Murillo Pinilla- @DanielaMurilloP
Sostener en sus brazos por primera vez a un bebé sano y fuerte es el principal anhelo de toda mujer embarazada. Con este pensamiento en mente y con la ansiedad apoderándose de las extremidades de su cuerpo, así se encontraba el pasado 12 de enero, a las 12:30 de la tarde, la diseñadora gráfica y psicóloga Natalia Gutiérrez Henao. 
 
Recostada en una de las camillas del piso 2 de la Clínica Iberoamérica de Barranquilla y vestida con una bata quirúrgica, gorro y cubrezapatos desechables, Natalia —una  madre de una niña de ocho años que esperaba con ansias afuera de su cubículo— empezaba a concientizarse que la espera había acabado. En pocas horas sería testigo de un “nuevo milagro”, la llegada de su pequeña Manuela, su segunda hija que soñaba ver nueve meses atrás. 
 
Con la mirada fijada en el techo, trataba de recordar si había logrado empacar todo lo que su hija usaría una vez llegara al mundo. La pañalera, su primera muda de ropa, gorros, medias y demás implementos de aseo personal, una lista que había preparado la noche anterior y que continuaba haciendo eco en su cabeza. 
 
“Sofía, como hermana mayor, fue la encargada de elegir el nombre de Manuela. Ella dice que su hermanita le pertenece porque se la pidió a Dios durante mucho tiempo, que lo único que hace su papá es cantar la reconocida canción Manuela de Rubén Blades y que yo solo me he encargado de mantenerla en mi barriga por un tiempo”, contó Natalia.
 
Junto a ella, su esposo, el cirujano gastroenterólogo Jesús Pérez Orozco nunca la desampara. Como especialista de la salud reconocía las complicaciones médicas que pueden ocurrir, pero aseguraba sentirse “seguro y lleno de expectativas” por encontrarse con el nuevo miembro de la familia. 
 
La ginecóloga y obstetra Gloria Acero y el anestesiólogo Rafael Pantoja fueron los elegidos para liderar la cesárea de Natalia. Son compañeros de trabajo, esposos y amigos cercanos de los futuros papás, una pareja “motivada por la vida humana”. 
 
Cuando el reloj marcó las 2 de la tarde, empezó la preparación de Natalia. Luego de monitorizar sus signos vitales, Pantoja le aplicó la anestesia raquídea con el fin de insensibilizar la parte inferior del cuerpo de la paciente, le colocó una sonda vesical y se le hizo un lavado en el abdomen y en el área pélvica y genital para lograr la esterilización de estas zonas.  
 
Mientras la paciente era llevada al quirófano, la pareja de médicos, acompañada del especialista en Neonatología Oreste Casarosa Peñaranda —el encargado de atender la bebé tras el nacimiento— realizaron un lavado de manos especial. 
 
En la sala de cirugía, Natalia permanecía inmóvil, entre el ruido constante del equipamiento médico, las indicaciones del equipo quirúrgico (que sumaban 11 entre médicos y enfermeros) y la emoción y los nervios de su esposo, quien para el inicio del procedimiento decidió ubicarse en una silla junto a ella.  
 
Un acto que, para la doctora Gloria, es uno de los “esenciales” a la hora de llevar a cabo una cesárea humanizada. 
 
 “En este procedimiento, a diferencia de la cesárea tradicional, el papá tiene la oportunidad de acompañar a la mamá de su hijo de principio a fin, con el propósito de que se pueda sentir parte del proceso. También procuramos que una vez que nazca el bebé, haya un contacto inmediato piel a piel con la mamá y aplazar de este modo, por un tiempo, su pesaje y el tallaje”, afirmó la especialista.  
 
Durante el procedimiento, la ginecóloga Zoila Osorio fue la encargada de asistir a Gloria. Juntas realizaron una incisión transversa en el vientre de Natalia, con el fin de ir cortando los tejidos por planos: desde la piel, pasando por el músculo, hasta llegar al útero. 
 
La futura mamá permanecía consciente y pese aestar en medio de una intervención quirúrgica con riesgos, Natalia solo sentía motivos para sonreír. Con tranquilidad participaba de la conversación del equipo quirúrgico con su esposo. Que cuál es el mejor restaurante de la ciudad, dónde se puede disfrutar de una buena copa de vino o cuáles son los mejores postres. Por un momento pareciese como si hubiera omitido el hecho de encontrarse canalizada en un quirófano y se hubiera transportado a alguna calle de Barranquilla. 
 
Unos minutos después, las manos de Natalia empezaron a estremecerse. De inmediato, los doctores dieron la orden de disminuir la altura de la camilla y le solicitaron a la futura mamá respirar fuerte por la nariz y exhalar el aire por la boca. Su experiencia con su primer embarazo le recordó lo que venía después: el momento había llegado. En menos de diez segundos conocería a su hija.  
 
Y así fue. A las 4:05 de la tarde de aquel viernes, Manuela llegó al mundo. A los pocos minutos, el sonido de su llanto ‘invadió’ de sentimientos de emoción y alegría el quirófano. Inmediatamente los doctores decidieron esperar “el minuto de oro”, un tiempo clave en el que dejan conectada al bebé con su mamá, mediante el cordón umbilical, para que este pueda recibir un paso de sangre después de nacido y se logre construir “un vínculo más fortalecido entre ambas partes”. 
 
Una vez separada la bebé, el neonatólogo Casarosa la acercó al rostro de su madre por unos segundos, quien, entre lágrimas le dio un beso, “el primero de muchos”, como lo manifestó Natalia en ese momento. 
 
Mientras las ginecólogas cerraban el abdomen de la paciente por los planos correspondientes, Natalia no podía despegar la mirada de su hija mientras era revisada por el neonatólogo. En medio de la emoción, solo sentía la necesidad de saber si estaba en buenas condiciones, si estaba sana y tenía la curiosidad de saber si era tal cual como la había conocido meses antes en las ecografías. 
 
“Pesó 3.690 libras y midió 51 centímetros”, dictó el especialista a una de las enfermeras, quien posteriormente se encargó de vestirla con un delicado mameluco y un pequeño gorro blanco. Cuando culminó esta valoración, Jesús Pérez sostuvo a su hija en sus brazos y se preparó para salir del quirófano y llevarla a la sala de recuperación. No sin antes despedirse de su esposa. 
 
“Cuando ellos estaban a punto de salir reiteré lo que siempre había sentido en mi interior. En ese momento supe que ser madre es el mejor regalo que uno puede recibir en la vida”, reafirmó con nostalgia Natalia, cuatro meses después de haber dado a luz a la pequeña Manuela. 
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