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Testimonio 01 de Febrero de 2017

El médico al que la inseguridad le quitó la vista

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Foto: Orlando Amador Rosales

Rafael Ortiz perdió la visión hace nueve años en un robo a mano armada.

Sara Hernández C

“La inclusión debería ser de corazón, eso haría del planeta un lugar más organizado. Así lograríamos un presente más real y llevadero para todos”.

La herida que sufrió Rafael Ortiz el 28 de marzo de 2008, a manos de un delincuente, no le impidió seguir con su vida. Con la ceguera como enemiga el barranquillero no dejó a un lado sus quehaceres, sus clases, su consultorio médico, sus pacientes, su familia y su ánimo.
 
Es pediatra y tiene a cargo un programa para personas en condición de discapacidad visual. Su profesión le permite estar con otros que sufren problemas de visión, como él.
Rafael cree que lo que le pasó hace casi nueve años fue un fleteo, pero no tiene certeza. “Salí de un cajero después de cobrar parte de mi sueldo, como 100 o 200 mil pesos. Me siguieron hasta la puerta de mi casa (en el barrio La Unión, en Barranquilla) y allí me dispararon en la pierna derecha”, recuerda con un tono de voz tranquilo sobre ese fatídico día. Cuenta que perdió mucha sangre, tanto que estuvo en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Fueron 30 días los que pasó en el centro hospitalario.
 
“Una vena que pasa por la pierna, la femoral, se vio afectada, esto me produjo la hipoxia (déficit parcial de oxígeno), que me produjo la ceguera”, agrega a los detalles.
 Al salir de la UCI, Rafael y los galenos notaron que no veía, y tras varias pruebas pudieron corroborarlo.
 
“Enseguida pensé cómo sería mi situación de vida, mi trabajo. También medité la idea de pensionarme por la condición de discapacidad o, si por lo contrario, seguía trabajando”, explica.  
Él no sabía nada sobre la vida de una persona en condición de discapacidad visual. “Fue duro. Uno sufre terriblemente el duelo por perder la comodidad de ver. Sin embargo, he contado con mi familia, gente que me ayuda y no me deja solo”.
 
Decidió no bajar la guardia. Dejó a un lado los pensamientos de que “todo había acabado” y arrancó de nuevo. No pidió la pensión por discapacidad y aprendió a vivir su nueva vida, a asumir el reto que aquello significaba.
 
Rafael con algunos niños del programa que lidera celebrando el fin de año, en el auditorio de Salud Pública.
 
 
Nueva vida. Rafael buscó asesorías de personas que padecían lo mismo que él. Aprendió técnicas que fueron y han sido de gran ayuda en esta etapa. “Aprendí el braille (sistema de lectoescritura táctil), las actividades de la vida diaria, el caminar con el bastón y el Jaws (sistema que permite a los ciegos utilizar el computador)”.
 
Regresó a la universidad en la que se desempeñaba como profesor. Contó su nueva situación a su jefa, quien consideró que podía seguir trabajando. “Ese fue un momento fuerte para mí. Si ella creía eso, yo por qué no podía hacerlo, y aún estoy allí”, relata mientras esboza una sonrisa sincera.
 
En las cátedras les enseña a sus estudiantes la experiencia que tuvo en el hospital pediátrico antes del accidente como médico de urgencias, pediatra de urgencias y médico en la UCI. En el salón,  Rafael cuenta con una asistente que le “presta” sus ojos en las clases y exámenes.
 
Su pasión por enseñar no se detuvo. Se presentó a un concurso en otra universidad y fue contratado. Allí cuenta los motivos por los que los niños consultan más las salas de urgencia.
De manera alterna labora en la IPS Universitaria, como coordinador de un programa para el beneficio de personas que no pueden ver. Su experiencia de vida sirve para que otros aprendan a sobrellevar y aceptar sus nuevas realidades. “Es para personas en condición de discapacidad y quienes les rodean. Todo con la finalidad de que no hagan daño a otros, ni se lo hagan a sí mismos”.
 
Inclusión. El tema de inclusión no solo abarca el lenguaje y sus implicaciones, sino que, también, ahonda otras esferas en Barranquilla. Asegura que en la ciudad se ha trabajado por el tema de inclusión, pero aún “le falta muchísimo”.
 
Un ejemplo que menciona el mismo médico es que el sistema de transporte público no avise las distintas paradas del bus a sus pasajeros, como ocurre en ciudades como Bogotá o Nueva York.
De hecho, el  asunto ocupa gran parte de su tiempo. Es algo que es difícil de callar. “Hay que hacer un mundo más incluyente, todos somos personas. La inclusión debería ser de corazón, eso haría del planeta un lugar más organizado. Así lograríamos un presente más real y llevadero para todos”.
 
 
 
Sus ‘ojos’…
 
Madelaine Dumett está con el doctor desde el accidente. Lo acompaña en sus clases y demás labores de su ejercicio médico. Norma Macías, esposa del galeno, la contactó. “He aprendido mucho sobre el nivel de superación, su nivel de aceptación es admirable. Ver  sus ganas, cómo trabaja por  su hogar, el colegio de su hijo y hasta las cuentas de su casa es impresionante. Que él haya podido hacer lo que hace en su condición, lo lleva a uno a replantear las cosas”, comenta Dumett, mientras Rafael la escucha.

 

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