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Moda 15 de Marzo de 2017

Fashionistas feministas

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Foto: Shutterstock

Este diseño de Ricardo Preto, lo presentó en un desfile en Lisboa, Portugal.

Vanessa Rosales

En la imaginación de muchos, las palabras moda y feminismo no suelen estar dentro de la misma orilla. Antes, por el contrario, resultan fácilmente antagónicas. Aun cuando vivamos en lo que es claramente la era más libre en la historia femenina, sigue siendo fuerte la idea de que una mujer que añore una vida libre es, en consecuencia, una mujer que no participa en los asuntos de la belleza, el vestir y los performances de lo que se considera usualmente propio de lo femenino.

¿Feminista? Las imágenes que corren a la mente de muchos incluyen a una mujer masculina, rabiosa, odia-hombres, asexuada, paranoica, excesiva, furiosa y exagerada. La mujer que no se depila, la que no expresa suavidad, la que destila una especie de veneno resentido. ¿Una feminista fashionista? Pausa. En la época en la que vivimos, sí. No siempre. Por buenos motivos. ¿Pero de dónde viene la dicotomía? ¿Por qué se ha instalado de forma tan reticente la idea de que la feminista es la antítesis de la moda? ¿Por qué para muchos no surge la imagen de una mujer pelilarga en minifalda y sí la de una mujer que no cultiva su apariencia?

Feminismo. No hay palabra más cargada de espinas. Para hablar sobre un término tan tergiversado y malinterpretado hay que desenmarañar algunas de las muchas informaciones falsas que existen; ofrecer unas definiciones más simples. El feminismo busca, sobre todas las cosas, que exista una igualdad de posibilidades para mujeres y hombres. No que las mujeres quieran ser igual a los hombres en características. En condiciones, en derechos, sí.

Se trata también de un movimiento que cambia según el momento al que responde y que ayuda a entender lo que significa e implica ser mujer en ese momento —lo que pasó en los sesenta no es igual a lo que está pasando en la época actual (aun cuando existan hilos que los conecten)—. Para hablar de feminismo hay que hablar del momento y del lugar. Hacerlo permite ver, además, cómo y por qué el feminismo se ha relacionado con la moda.

Ustedes, hombres queridos, han tenido amplias libertades y posibilidades desde hace siglos. Si se mira el gran esquema histórico que nos precede, las mujeres llegaron a esas libertades de manera muy reciente. Hay choques y desniveles. Hay poderosas transformaciones. Hay cambios en cómo se relacionan los sexos, en cómo pueden comportarse las mujeres. Pero vale la pena cuestionarse por qué el feminismo ha sido radical en algunos momentos. Por qué buscó fórmulas masculinas, por qué ha tenido que salir a la calle a exigir y por qué ciertos momentos más que otros han hecho que existan feministas que no estén tan deseosas de participar en los asuntos de la apariencia, que durante tanto tiempo fueron la única gran fuente de identidad femenina. (Un lema popular dicta: “los hombres hacen, las mujeres aparentan”). El feminismo quiso romper que lo único que una mujer podía ser era una visión bonita.

Sí, hay momentos donde las mujeres tuvieron que masculinizarse un poco para saborear nuevas libertades. La ropa es una demostración espléndida de eso. No en vano y aunque no siempre se le conceda el adjetivo de feminista, Coco Chanel es un gran emblema de cómo, al prestar lemas del vestuario masculino, las mujeres pudieron experimentar nuevas actividades y formas distintas de vivir. (Las que ella misma, en su temeraria y audaz modernidad, experimentó). Si pensamos, por ejemplo, en la primera ola del feminismo (a finales del siglo XIX), veremos que un tema crucial del momento era la reforma del vestuario femenino. Librarse del corset, saborear un vestir menos aparatos. Imaginen, si una mujer deseaba, por ejemplo, aprender a nadar, debía hacerlo ceñida a un absurdo código de vestuario: medias de lana, prendas pesadas que taparan su cuerpo en público. La consecuencia: muchas mujeres no nadaban o muchas, trágicamente, se ahogaban. La historia de la vestimenta femenina es un recorrido también por la historia de las libertades e inhibiciones femeninas.

Que la moda y el feminismo se sientan contrarios se debe, en parte, a que los medios ayudaron a fabricar un estereotipo. Y para hacerlo recurrieron a la versión más sensacionalista, efectivamente, el tipo de feminista radical que también ha habido (así como existen posturas radicales en cualquier partido político o en una fe religiosa). La imagen que se regó es compatible con un segmento del feminismo que sí fue radical, furioso y a veces desmedido.

También es innegable,sin embargo, que el propio feminismo ha tenido sus propias espinas con la moda. En algunos momentos era más que comprensible. Si el movimiento estaba luchando por la libertad femenina y algunas ropas inhibían esa libertad, era más que natural que las feministas rechazaran ciertas cosas. Por ejemplo, cuando Christian Dior emergió en la escena, lo hacía luego de una etapa en la cual, durante la guerra, las mujeres pudieron hacer cosas que solo hacían los hombres. Dior restituía una vestimenta más ornamental, menos compatible con la actividad o la funcionalidad.

El francés Nicolás Ghesquiere mostró este diseño para Louis Vuitton, durante la Semana de la Moda en París.

En los sesenta, por ejemplo, cuando las mujeres del feminismo estaban – como la raza negra, la juventud y otras minorías – sumergidas en el torbellino de nuevos paradigmas que rechazaban el glamour de la élite, en un momento en el que estaban reclamando cosas como el derecho a decidir sobre su capacidad para tener hijos, era lógico que las mujeres no salieran a la calle con tacones, excesivamente arregladas.

Estos ejemplos sirven para demostrar que cada momento del feminismo, además, coincide inevitablemente con el espíritu estético que lo rodea. Por eso, en los ochenta, cuando muchas ganancias del feminismo se habían establecido, teóricas de mirada feminista comenzaron a abogar por la idea de que no había nada más subversivo que la moda femenina, que podía ser una forma incluso de contrariar la lógica uniforme de lo masculino.

Las mujeres del hoy son las que más gozan de los logros del feminismo. Tanto que muchas, aunque disfrutan de todos sus frutos, se rehúsan a relacionarse con la palabra que tanto repele por el exceso de mitos y estereotipos. Hoy, sin embargo, es la era en que una mujer puede proclamarse feminista, empoderada, libre, e incluir en ese proyecto de vida los goces del vestir. No en vano, también, el eclecticismo, las mezclas de contrarios y toda esta orquesta visual de combinaciones que desfilan por las galerías de street style o en las pantallas de Instagram, nos indican que vivimos efectivamente una época inéditamente libre. Nuevamente, el vestir nos señala aspectos importantes de lo femenino en la actualidad.

Pero, sin duda, una de los retos de la mujer empoderada del hoy, la hija de todas las posibilidades que logró el feminismo, es precisamente el cómo usar la moda, el vestir, la belleza, la estética y todos los asuntos de la apariencia para que sean una extensión de su poder y no una debilidad. Tampoco podemos negar que la entrega total a la belleza –que pasa–, que la inversión absoluta a los asuntos de la apariencia física, no limitan las posibilidades de la identidad.

También es necesario entender que, al final, se trata de la posibilidad, de elegir, si se desea o no participar en los asuntos del vestir cultivado. El empoderamiento femenino tiene que ver con ese movedizo y complejo terreno que es la autenticidad. Sin embargo, hombres y mujeres, la nuestra es la era del feminismo fashionista. Donde la mujer empoderada puede incluir en su forma de feminidad los quehaceres de la cultivación estilística. Otro de los grandes mitos que deben romperse urgentemente sobre el feminismo: la moda sí puede hacer parte de sus lenguajes libres.

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