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Latitud 21 de Mayo de 2017

Viaje a bordo de Fito Páez

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Foto: Publicado por Emecé.

Portada del libro de Páez,

Por John Better

De la música a las letras, así es el Fito versión 2017.

Fito Páez está frente a mí. Tiene ya 58 años. Está de visita en Bogotá invitado por la Filbo para presentar Diario de viaje (Emecé, Planeta) un trabajo que recoge impresiones, fotografías, notas críticas, y anexos que rememoran episodios de la vida del autor hasta  ahora desconocidos, como aquella bella anécdota de finales de los ochenta, cuando conoció a Atahualpa Yupanqui en una fiesta en Francia, y que ahora nos refiere…

“Atahualpa me tomó de la mano con curiosidad y me llevó hasta una habitación. Cantó al oído parte de la letra y  luego me preguntó si yo había compuesto ese tema, ¿podés creerlo?”, dice Páez como un niño emocionado. Y a veces Fito es un niño inquieto, lleno de delicadas maneras y anécdotas. Nuestra charla pasaría por la obra de autores que admiraba como Lemebel, Fogwill,  Noy,  Bukowski, Puig o Nestor Perlongher, lecturas que podemos rastrear a través de muchas de sus canciones

“Hay un verso de Perlongher que habla de una ciudad liberada, quizás así se llame mi nuevo disco, “La ciudad liberada”, ya lo estoy grabando.  Enseguida canta a capela uno de sus versos, luego sorbe algo de agua mineral.

El libro de Páez es su segunda incursión en el mundo literario, ya en 2013 había lanzado su novela La Puta Diabla. Para el lanzamiento en la Filbo 2017, todo un suceso, el autor argentino firmó más de dos mil ejemplares y cantó un par de canciones de su antiguo repertorio con temas como ‘Gricel, yo vengo a ofrecer mi corazón’ (a capella), ‘Desarma y sangra’, de Charly García, y ‘Mariposa Tecnicolor’. 

En esta visita lo acompaña Margarita, su hija menor, quien en la presentación de su libro en la sala José Asunción Silva sorprendió a todos ejecutando una melancólica pieza para piano.

Horas más tarde, nos hemos trasladado a la tranquilidad de un restaurante peruano al norte de la ciudad, donde Páez ha pedido un paseo por los platillos del establecimiento.

“Te vi por primera vez en Cartagena, el 30 de junio de 1996, mi novio de entonces me llevó”, le dije.

“Vaya, te acordás de las fechas exactas”, dice Belén, su  platinada asistente personal.

“Y bueno, Belén, yo me acuerdo de las fechas de los primeros conciertos de Charly a los que fui. Cartagena, claro, lo recuerdo”, interviene Fito.

Todo aquello no dejaba de ser extraño. ¿Qué me trajo hasta este momento? ¿Cómo un chico fanático y de barriada   termina con su ídolo frente a frente? En otro tiempo estuviera gritando  histérico de solo tenerlo cerca, pero el tiempo y el mundo se encarga de alivianarnos.

La noche siguió entre charlas, risas, platillos, y recuerdos. Páez, algo cansado, pidió permiso para retirarse, no sin antes tomarse unas fotos con los trabajadores del lugar. Le entregué mi novela, nos hicimos un par de fotos y le di un abrazo.

El resto de la noche terminaría para mí en un extraño lugar, salido de una película de Kubrick, y luego en un bar gay donde el sopor del sake, el whiskie y el vodka me fueron dejando fulminado. Desperté en un cuarto de un apartamento al norte de Bogotá. Un vaso de whiskie reposaba sobre la cama,  bebí lo que quedaba. Al azar, abrí el Diario de viaje de Fito y me encuentro con un capitulo que habla de las resacas: “Mis resacas para escribir o hacer música son fabulosas”, dice el cantante en su texto. Me pasa igual, bebiendo o no. Siempre tengo resaca, así que voy por una cerveza a la nevera y empiezo a escribir este texto que recuerda a un chico cuyo nombre prefiero callar y al que  desafortunadamente  no pude salvar de su descenso  irremediable hasta las tumbas de la gloria.

 

 

         

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