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Latitud 09 de Agosto de 2015

Una biblioteca que le ganó a la restricción y al olvido

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En la Biblioteca de San Vicente del Caguán, los niños y jóvenes disponen de un espacio para la lectura y el aprendizaje.

Fredy Ávila Molina

En una región como San Vicente del Caguán, estigmatizada por el conflicto armado, la promoción de la lectura y el rescate de la memoria sirven para borrar las huellas negativas del pasado.

Durante ocho años, la Biblioteca Pública de San Vicente del Caguán estuvo cercada por el miedo. Dos garitas que custodiaban el ingreso al edificio de la Alcaldía –destruido por un atentado terrorista en 2005– impedían que niños, jóvenes y adultos sanvicentunos accedieran libremente a sus instalaciones.

«Esta era una biblioteca prácticamente vacía, con los libros guardados, donde solo reinaban la soledad y el silencio, y a la que para poder ingresar se debía pedir permiso a la Policía», recuerda Wilton Montoya, coordinador de Cultura y Turismo del municipio, quien junto a Lizeth Paola Amézquita, una joven licenciada en Pedagogía Infantil y bibliotecaria de San Vicente, desde el año 2013 se propuso devolverle la biblioteca a esta población del departamento del Caquetá.

El resurgir de la Biblioteca de Sanvi o San Virulo, como se le conoce comúnmente en la región a San Vicente del Caguán, uno de los municipios más extensos e importantes de la Amazonía, rico en zonas de reserva forestal y primer productor de ganado a nivel nacional, fue en el Parque Los Fundadores, donde el Monumento del Hacha nos recuerda que esta era una tierra de colonos que llegaron a finales del siglo XIX, atraídos por la explotación de la quina, y más tarde por la fiebre del caucho.

Este lugar en donde por las tardes se reúnen los jóvenes a jugar algún ‘picadito’ de fútbol y que cada mañana atraviesan los fieles para ir a misa a la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes, se hizo célebre a comienzos de 1999 por el frustrado encuentro de los diálogos de paz entre el Gobierno del entonces presidente Andrés Pastrana y los cabecillas de las Farc, dando origen al conocido término de la “Silla Vacía”.

Con lecturas en voz alta y parte de los 4.500 libros con que cuenta hoy la institución, y que están a disposición de los sanvicentunos, la Biblioteca Pública Clara Inés Campos Perdomo –que lleva el nombre de una maestra de literatura víctima de la ola de violencia que se desató entre la guerrilla y los paramilitares una vez se dio fin a la zona de distensión– empezó a consolidar un proyecto que hoy la ubica como una de las 9 finalistas del Premio Nacional de Bibliotecas Públicas, convocado por el Ministerio de Cultura de Colombia.

«Desde la Biblioteca no hemos querido desconocer que estamos en una zona de conflicto. Vivimos aún con el estigma de estar rodeados de muchos grupos armados ilegales. Sin embargo, nuestra estrategia es no relacionarnos con ningún tipo de fuerza pública ni al margen de la ley», señala Lizeth, mientras alista todo lo necesario para lo que será una nueva velada de versos y poemas, al calor de un canelazo.

Una estrategia que les ha permitido recorrer las 16 inspecciones y gran parte de las 250 veredas que conforman San Vicente, con programas como Haciendo Memoria, con la participación de adultos mayores, que le apuesta a la reconstrucción de la historia de la localidad; el Cine Club; la Maleta viajera, que lleva los servicios de la Biblioteca mínimo una vez al mes a las veredas más apartadas; los recitales de poesía y la capacitación a docentes en promoción de lectura con el programa De la mano con mi profe viajo en las alas de los libros.

Testigo de esta transformación en la que el acceso al conocimiento dejó de ser restringido es el profesor Pablo Iván Galvis, un cucuteño de 39 años que llegó a esta población en 2012, como docente de Educación Religiosa, y que, según dicen algunos de sus compañeros, se bañó en las aguas del río Caguán y decidió quedarse en estas tierras.

Inspirado en la lectura de Las mil y una noches, la primera obra que pidió prestada en la biblioteca al arribar a San Vicente, este sociólogo y antropólogo logró, gracias al programa de capacitación a docentes en formación de lectura, que sus clases estén impregnadas siempre de narración y creatividad.

Al estilo de Sherezada, la mujer que enfrentó la sentencia de muerte por medio de la palabra y quien todas las noches contaba una historia, dejándola en su punto más alto, Pablo diseñó una técnica que le ha permitido involucrar a sus estudiantes de los grados sexto y séptimo del Colegio Dante Alighieri en las actividades académicas por medio de los relatos escritos. «Todas mis clases las inicio con un cuento que va creciendo semana tras semana, en un espacio de intercambio de ideas y palabras a través de cuentos y fábulas, y donde nos damos la posibilidad de escribir y retratar nuestras vivencias».

Pablo, quien además es representante de Poesía y Literatura en el Consejo Municipal de Cultura, no duda en afirmar que fue la biblioteca el lugar que le brindó la compañía que buscaba. «Las letras me fueron dando identidad y la fuerza necesaria para mantenerme en un contexto como este».

Una realidad que no le resultaba del todo ajena. Su Maestría en Antropología en la Universidad Nacional giró en torno a los jóvenes y el conflicto armado, y gracias a esta investigación recorrió lugares como Puerto Betania, Campo Hermoso, San Vicente del Caguán y Yopal, tras la historia de vida de JuanDro, un joven vinculado con los grupos insurgentes.

Fue ese sentido de pertenencia a la Biblioteca lo que lo llevó a postularla al Premio Nacional de Bibliotecas Públicas. «Aquí he viajado con Kafka, Tolstoi y Chejov, y es a través de este lugar que he llegado a amar, a querer y a sufrir a San Vicente», comenta, mientras nos dirigimos al puente colgante sobre el río Caguán. En esta vía construida en 1973 –por la que anteriormente pasaban centenares de reses, y en la que hoy los jóvenes sanvicentunos desafían las alturas y, al estilo de los mejores clavadistas, se lanzan a las profundas aguas del río–, Pablo decide leernos algunos apartes de la carta que escribió para la postulación al Premio.

«Hoy, la Biblioteca extiende sus brazos hacia las periferias, y hace que los hijos de los campesinos de nuestra región tengan la oportunidad de conocer formas distintas de leer, de aprender y de ver el mundo. Posibilita ver más allá del ganado, la leche, las vacas, los árboles, las selvas, las limitaciones rurales y crea mundos imaginarios, posibles y sonoros. Cánticos de esperanza en boca de un padre, una madre o un niño en ejercicio de lectura en voz alta irrumpen los sonidos de la tragedia y la desigualdad».

Haciendo memoria

En el segundo piso de la Biblioteca funciona desde noviembre de 2014 el Centro de Memoria Local Sachena Yona, que en lengua tinigua traduce “Laguna bella”.

Los tinigua, nos cuenta Sandra Blanco, artista plástica bogotana radicada hace ocho años en San Vicente, conformaban la tribu que habitó las laderas del río Caguán, la cual fue desplazada por la colonización y posteriormente terminó siendo exterminada por la violencia. «Actualmente solo queda un descendiente tinigua: don Sixto Muñoz. Él vive de la caza, la pesca y la agricultura en Caño Yarumales, a seis horas por el río Guayabero, y logramos contactarlo en un trabajo que adelantamos con todo el equipo del Centro de Memoria».

A esta investigación sobre los tinigua, cuya lengua y costumbres son transmitidas en los espacios de la Biblioteca a las nuevas generaciones, se suman las historias de los ríos Caguán y Yarí, que se tejen al paso por veredas y caseríos, además de varias piezas de arqueología y algunos objetos que nos recuerdan las huellas que ha dejado la guerra en esta población.

Aquí reposan, por ejemplo, dos escudos en bronce, el de Colombia y el de Caquetá, que algún vecino mantuvo guardados en su casa luego del bombardeo a la Alcaldía en 2005. También, se observan documentos y fotografías de lo que fue la zona de distensión, así como los trofeos que ha recibido San Vicente por su actividad cultural, entre los que se destacan los primeros lugares obtenidos por el grupo de danza con la interpretación del yariseño, baile típico de esta población que mezcla joropo, bambuco y pasillo.

Desde el Centro de Memoria se busca que la imagen de San Vicente sea reivindicada y que sea reconocido por otros temas y no solamente por haber sido escenario de la zona de despeje, situación con la que los sanvicentunos nunca estuvieron de acuerdo. «En nuestras investigaciones, en lugares como el caserío de Los Pozos, encontramos que acá a nadie se le consultó, simplemente fue algo que les fue impuesto. Nunca se les pidió permiso, cuando se vieron fue invadidos», comenta Sandra.

Un suceso que ha contribuido a la pérdida de identidad de los sanvicentunos y que se refleja en aspectos tan cotidianos como el simple hecho de que los jóvenes de este municipio prefieren hoy sacar su cédula de ciudadanía en Florencia o en Neiva, para no seguir siendo señalados.

Después de cada jornada escolar, la Biblioteca Pública Clara Inés Campos Perdomo se llena de vida. El silencio es cosa del pasado. Mientras niños y jóvenes acuden a hacer sus tareas, los más pequeños participan en ‘La Hora del cuento’, que promueve Lizeth. Afuera, entre tanto, varios muchachos de la Red juvenil Compaz preparan una nueva proyección del Cine Club, bajo la mirada vigilante de Charles Chaplin. La jornada concluirá con un recital de poesía, en el que estudiantes, amas de casa, profesores y escritores de San Vicente, como don Julio César Carrillo, se reunirán en torno a la palabra.

«Aquí los jóvenes y pobladores tienen una gran capacidad para vivir el presente, de una manera plena, con carácter y resistencia. En San Vicente no se piensa en el pasado, pero tampoco en el futuro, pues no se sabe si este llegará», comenta Pablo Iván, quien ahora le aporta su vida a este municipio como maestro y como usuario fiel de una biblioteca a la que ha visto crecer y transformarse.

Y es que en San Vicente del Caguán, y siguiendo la imagen de Sherezada, se puede llegar a pensar que solo mediante la palabra será posible un nuevo mañana. O como asegura don Julio César antes de su presentación en el recital de poesía –en una biblioteca iluminada por la luz de las velas–, «donde existe la palabra, no puede haber temor alguno».
 

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