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Latitud 27 de Febrero de 2017

Un río llamado Carnaval

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Foto: Luis Eduardo Domínguez

Redacción

La región de la Depresión Momposina ha sido bautizada por muchos como la Mesopotamia del Caribe por la cantidad de afluentes que en ella convergen, haciendo de esta zona una importante despensa agrícola y ganadera. Son pueblos que crecen a la ribera del río, cuyo único medio de comunicación son las extensas avenidas de sus aguas mansas. Las veleidades y caprichos de ese afluente han hecho que muchos pueblos y caseríos desaparezcan, mientras otros quedan relegados por ese inexplicable cambio del curso de sus aguas. 
 
Así le sucedió a Talaigua Viejo, un remanso de paz situado en la tierra del olvido cuyo destino fue desaparecer. En ese remoto sitio, alejado del mundanal ruido, nació la matriz de la tambora, una mujer de voz prodigiosa llamada Ramona Ruiz, quien alimentó con su canto angelical la poesía con sabor a pueblo conocida como chandé, fuente de la que muchas otras cantautoras bebieron para convertirse en estrellas, como es el caso de Totó la Momposina. 
 
Las tamboras de Talaigua hacían su propio carnaval, salpicando el entorno con canciones cuyas letras hablaban del diario vivir. Donde el sol, la luna, el mismo río, las estrellas y el cantar de los pájaros eran la musa. 
 
La historia cuenta que una danza, que después se convertiría en el ícono de la región, iniciaba su extenso recorrido salpicada de anécdotas y folclor. Pero el afluente sagrado se había secado, y las tamboras con los mechones encendidos que iluminaban las caras pintadas de los que iniciaban su propio carnaval eran cantos que se perdían y desvanecían a la distancia. Fue cuando un 15 de julio de 1840, Emeterio Ospino, cura de ese pueblo convertido en fantasma, decidió llevarlo a un lugar donde las aguas mantuvieran siempre su caudal, trasladándolo al sitio que hoy es conocido con el nombre de Talaigua Nuevo.
 
Nace el Festival de la Cultura Anfibia
 
Los pueblos ribereños habían desarrollado su propio modo de vida, dándoles paso a las expresiones folclóricas que llegaron a ser protagonistas del Carnaval de Barranquilla. La navegación por el otrora caudal de la Patria hacia el puerto de la Intendencia era parte de este periplo. Pero Fernel Matute Lobo, un visionario que imaginó convertir su terruño en sede de las expresiones culturales asentadas en esa isla, confirmó a Talaigua Nuevo como sede del Festival de la Cultura Anfibia, que cada 15 de julio rememora la llegada a aquel pueblo viejo, adonde arribó con sus caretas pintadas y canciones guardadas en baúles, para no irse jamás.
 
La noche encantada
 
A Ernesto McCausland todo lo que tuviese sabor a pueblo lo seducía. El carnaval era su musa preferida. Sabía también de mi encanto por esa tierra mágica. Un 15 de julio nos sentamos en la plaza mayor de Talaigua Nuevo, contemplando el paisaje del río y viendo cómo en pequeñas barcazas llegaban las danzas y hombres disfrazados que harían parte de la Batalla de Flores que se avecinaba. Como en esos cuentos de magos y genios escondidos en botellas, Juan de Dios, un invidente que caminaba las asoleadas calles sin rumbo fijo, sacaba tonadas musicales a la hojita de un árbol que magistralmente resoplaba en su arrugada boca. El hombre decapitado, que hace su recorrido con la cabeza en la mano, apagaba el horno del instante con una cerveza en la mano. No era necesario moverse de esa plaza con olor a carnaval. La cámara de Ernesto se deleitaba con la pintura del instante. Entonces le dije que se pusiera el disfraz de payaso que había traído para la ocasión. Como en el cuento de Álvaro Cepeda Samudio, el disfraz nunca salió de la maleta. «Mi estampa de gigantón me delata, así la careta de payaso guarde mis penas», me dijo sin dejar de reírse. 
 
En ese desfile interminable de carrozas náuticas el hombre caimán bailó al compás de la tambora; la danza de los coyongos se comió los ‘barbules’ sin dejar de cantar sus estrofas y sonar sus picos como castañuelas desafinadas; los arlequines le danzaron al diablo con sus rostros pintados de rojo; los gallegos de Santa Ana, con sus caretas descomunales, bailaron al son del millo y la gaita, y los negros pintados de azul hicieron de las suyas bañados en ron. Eran los inicios del carnaval anfibio que nacía en esa población olvidada y que un día llegaría al epicentro del jolgorio sin límite de la Vía 40. 
 
La leyenda del Chandé
 
El ilustre historiador y conocedor del folclor anfibio Óscar Arquez Van-Strahlen afirma que la matriz de la tambora y el chandé hunde sus raíces en Talaigua Viejo, siendo Ramona Ruiz su principal exponente. 
 
Y era necesario llegar al sitio donde la flor había germinado. La noche estaba oscura y unas antorchas iluminaban la pequeña plaza adornada con una iglesia curtida por el tiempo y la soledad. La estampa era la misma de esos pueblos destinados a morirse, pero que aun así guardan su encanto. En una de sus casas de techo de paja y paredes de barro, iluminadas por farolas, unas mujeres vestidas con polleras de colores tenían los rostros pintados con las anilinas que usan en los carnavales. Llegaban a cumplir la cita con el llamado del tambor, que no dejaba de sonar. Cuando se dieron cuenta de que estaban todas, y acompañadas por el repicar de las tamboras y el sonar del guache, comenzaron a cantar unas canciones que parecían lamentos. Eran cantos que llegaban al alma, cuyo ritmo se asemejaba al golpe seco del canalete esclavo de tiempos idos. Cuando las antorchas se apagaron y las tamboras se silenciaron, el lamento convertido en canto se confundió con el silencio de todo. Mucho tiempo después, recordando aquel instante, Ernesto me confesó que cuando oía al gran Joe Arroyo con su voz prodigiosa entonando estos cantos con sabor a pueblo, sabía que los estaba inmortalizando.  
 
El ícono de la región
 
En esa misma placita vencida por el tiempo, entre tragos de ron que aparecían por arte de magia, unos viejos con ínfulas de historiadores nos narraron la historia de los hombres que se disfrazaban de mujeres, bailando una danza con acordes desconocidos que daría inicio a la Danza de Las Farotas. Hay quienes aseguran que, tal como la historia del caballo de Troya, esta versión indígena con disfraz incluido nunca existió. Otros afirman que fue real y su actual vigencia se la dio el Carnaval de Barranquilla. 
 
Uno de los improvisados historiadores, que por su físico parecía sacado de alguna novela de Gabriel García Márquez, dice que la leyenda es realidad. Los españoles de la época, colonizadores de la región, usaban a las indias en sus orgías y las esclavizaban. Los indígenas veían que los españoles obligaban a las indias a ejecutar danzas para ellos, y vieron en esos bailes la oportunidad para ingresar en esos reductos, disfrazados de mujer. Ese camino para llegar donde sus mujeres, disfrazados y bailando, sirvió para convertir el suceso en leyenda. 
 
Aquella vez, Etelvina Dávila, quien se aventuró con los bolsillos vacíos a llevar al Carnaval de Barranquilla a ese cuadro de hombres curtidos por el sol y disfrazados de mujer que bailaban un extraño ritmo, nos dijo que la danza se enriquecía con la leyenda porque era ejecutada por hombres humildes que hicieron suya la tradición. Era un baile de pobres que bailaban con el corazón. El desfile por las polvorientas calles donde la cultura anfibia danzaba al compás del millo, la tambora, la gaita y el acordeón terminaba en la plaza que mira hacia el río, donde las Farotas protagonizaban con su danza el culto a la leyenda. 
 
El testimonio lo encarna un campesino sembrador de yuca de nombre Manuel, que espera la temporada del carnaval para transformarse con esa danza que ha hecho famosa a esa región arropada de cuentos y leyendas. En su rústica casa de paredes de barro y techo de paja quiso mostrarme cómo era ese ritual para convertirse en mujer. Sentado frente al espejo comenzó a pintarse la cara con los cosméticos que usan las mujeres para maquillarse. Por más que lo intentó, no pudo ocultar el semblante característico de los hombres curtidos por el sol. Mientras se vestía con los atuendos característicos de la danza, me iba diciendo el nombre de cada prenda. La falda de colores subidos, al igual que la capa, la pañoleta y la sombrilla hacían que en su conjunto pareciera una mujer cansada por la vida, pero que aprovechaba esos días mágicos como válvula de escape. “Sí, porque el carnaval es eso, un desenfreno donde las pasiones mundanas se juntan para después entrar en ese periodo de arrepentimiento llamado Cuaresma”, afirmó acomodándose la pañoleta de colores. 
 
Cuando lo vi danzando en la plaza, los rayos del sol se estaban escondiendo y el resplandor se dibujaba en las turbias aguas del cansado río. Manuel era ya otro, transpiraba música y bailaba moviendo su sombrilla con la destreza propia que caracteriza esa comparsa en la que el disfraz con sus movimientos llena el espacio de pinceladas multicolores. Quizás en esos pueblos cuya virtud es hacer de la tradición un culto a la vida, para demostrar que aún existen, las Farotas son el testimonio vivo de un tiempo pasado que no se olvida. La leyenda caminó a través de esos pueblos apartados hasta llegar al punto en el que convergen sus aguas con el mar. El río Magdalena, gestor de otras campañas memorables de la patria, desde cuando los champanes con sus bogas le cantaban a la esperanza, hasta la llegada de los vapores de grandes ruedas y largas chimeneas que inmortalizaron sus aguas, ha sido siempre el protagonista del desarrollo de un país desmemoriado que le dio la espalda. Las danzas del festival anfibio que nacen en las riberas con sabor a pueblo buscarán ese mismo sendero líquido para llegar al principal escenario de este y cada sábado de carnaval.

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