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Latitud 10 de Diciembre de 2017

Un camaleón fotográfico llamado Juan Pablo Echeverri

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El artista bogotano se realiza un retrato diario en una cabina fotográfica desde hace 17 años.

John Better Armella

Sobre el artista bogotano que ha dedicado su carrera a hacerse retratos en distintas situaciones.

En junio se cumplieron 17 años del proyecto artístico ‹Miss Foto Japón›. El artista colombiano Juan Pablo Echeverri ha convertido en  cotidiano el acto de hacer arte. La materia prima de su obra no son los óleos, lienzos, carboncillos, madera, metales, ni nada aquello con lo que el arte tradicional se ha construido durante siglos. Él, como otros grandes del arte conceptual, ha hecho de sí mismo su propia obra.

Tomarse una foto diaria, desde hace 17 años, es el ritual que a la fecha le ha dado trascendencia en el mundo del arte contemporáneo. Este quehacer cotidiano le permite a Echeverri transformarse en otro y otros. Para llevar a cabo esta idea no encontró mejor espacio que las cabinas de una reconocida casa de fotografía a nivel nacional. Se enfocó, esencialmente, en esas fotos de cuatro por cinco centímetros tipo documento para las que el promedio de la población posa de manera fugaz e indiferente para luego pegarlas en un sin fin de currículums que van a parar, casi siempre, a canecas y a basureros.

Echeverri aprovecha este formato para presentarse de diversas formas que transgredan la ‹seriedad› requerida para este tipo de fotos. Entonces podemos verlo como obrero, Jesucristo, punk, travesti, lesbiana, mariachi, ‹harlista›, luchador, bandeja paisa, Batman, entre otros freaks que el artista interpreta de forma irónica y provocativa.

«Disfruto los estereotipos y cómo son de perfectos y comunicativos.  A veces creemos saber qué esperar de una persona que está vestida de cierta forma. Es como un rótulo-estigma», declara.

Mirar detalladamente esta serie de autorretratos es encontrarnos e identificarnos en cualquiera de ellos. Algo raro de hallar dentro del mundo del arte, que a veces es tan encriptado que no le permite al público o la gente del común establecer una conexión directa con lo que se observa, sea esto un cuadro, una pieza escultórica o una instalación. He ahí el encanto y el triunfo de Echeverri, quien ha construido una obra ‹pop› que al ser contemplada nos lleva, sin dudas, a una cabina fotográfica del pasado donde el flash quizás nos tomó por sorpresa.

«Aparte de trabajar en fotografía, he producido una serie de videos que comenzaron a ocurrir en un contexto doméstico, en una habitación, hacia el 2001.  En estos videos me registraba cantando y haciendo mímica al estilo videoclip musical casero. Con el tiempo, y tras la aparición del iPod, estos videos evolucionaron en videoclips callejeros, en diferentes ciudades que he visitado durante estos años.  Estos videos pueden ser vistos como ‹videopostales› de ciudades y sus lugares icónicos que ‹debes visitar›, pues cuando estás allí, casi instintivamente, sabes que ‹debes tomarte una foto› que pruebe que allí estuviste. Una especie de souvenir». La anterior fue una declaración de Echeverri a la Revista Arteria hace algunos años.

Echeverri estudió artes Visuales en la Universidad Javeriana de Bogotá y ha participado en diversas exposiciones dentro y fuera del país. El tema queer es constante en su obra, temática que sigue siendo considerada como algo raro que la ‹intelectualidad› del arte suele mirar de soslayo. El mismo Echeverry lo ha dicho en más de una ocasión: «Ha sido difícil trascender en el arte en Colombia haciendo esto y que me tomen en serio. No he tenido galería. En Colombia no me ha ido mal, pero sí he sido censurado, para empezar, por ser marica. Eso es algo que a nadie le interesaba. Ahora lo más ‹cool› es tener amigos ‹queer›, ¿pero hace años atrás?»

A pesar de ello, Echeverri  ha seguido produciendo sus desafiantes propuestas artísticas. Aunque él mismo reconoce que se convirtió en artista plástico por error, temiendo que el arte se le convirtiera en una obligación, y si bien ahogó su sueño de ser una encandilada estrella de rock, descubrió que el único compromiso con el arte es hacerlo de la manera más honesta.  Sin darse cuenta, con sus poses y actitudes, Echeverri es una de las pocas estrellas de rock dentro del panorama del arte colombiano.

Además del ambicioso proyecto ‹Miss Foto Japón›, el artista bogotano ha desarrollado una serie de trabajos que merecen ser igualmente reconocidos. ‹Supersonas› fue un compilado de autorretratos en los que Echeverri, por medio de body paiting, asumió la identidad de superhéroes de DC Comics como El Hombre Araña, Batman, Robin, Hulk, Aquaman, Flash, Superman, Linterna Verde y una bigotuda Mujer Maravilla. En esta propuesta el artista tomó el término ‹supersonas›, de uso popular en el interior del país, para desmitificar a los personajes de ficción y darles una naturaleza más terrenal. Aunque también, por momentos, las coloridas  imágenes nos dan la impresión de ser figuras de colección comestibles para quien quiera probarlas. Otro de sus recientes trabajos visuales es titulado Homoticones, donde variadas expresiones faciales de Echeverri son intervenidas  digitalmente y dan como resultado una serie de emoticones que expresan diferentes sentires del artista. Los Homoticones se activan en esta obra como una forma de comunicación que prescinde de texto alguno, según el mismo Echeverri: «no hay palabras que puedan expresar lo que un emoticón dice en una sola expresión». En cuanto al título de la serie, el autor ha planteado que no tienen nada de gay los Homoticones. Simplemente, al artista le gustan los juegos de palabras y el hecho de que un gay los haya creado puede ser el porqué de tan sonoro título. También recalca que ese fue un proyecto que ideó por años, considerando que Pacman pudo ser el origen de ello.

‹La muerte me sienta bien› es de las últimas propuestas que conocemos de Juan Pablo Echeverri, siendo esta un poco más densa que sus anteriores trabajos. Aquí Echeverri nos asusta un poco con varios autorretratos con que sueña su propia muerte. El espectador puede fantasear viéndolo quemado, víctima de un ataque de abejas africanizadas, asfixiado al mejor estilo de David Carradine, ahogado, congelado y fulminado por una sobredosis, entre otras ‹trágicas› formas de morir. La violencia es evidente en estos retratos y la indelicadeza del artista salta a los ojos del espectador que quizá no pueda sostener por más de 5 segundos la mirada ante tan explícita manera de adelantarse a ciertos sucesos inevitables. Pero ese es Echeverri. El bogotano no llegó a este mundo del arte a andarse con meloserías.
Vino a cortar cabezas y a desafiar morales

–tal vez con las primeras se haga una ‹selfie› y, con lo otro, limpiarse el trasero–. Dicen que una foto es el reflejo de lo que somos. Con Echeverri, nunca lo sabremos. 

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