EL HERALDO
Facebook Twitter Instagram You Tube Google+
SUSCRÍBETE
El id es:node/142967
Latitud 07 de Mayo de 2017

Un acuerdo de paz en una sociedad escindida

El usuario es:

Foto: laurent Noben

Eduardo Pizarro

Fragmento del libro ‘Cambiar el futuro. Historia de los procesos de paz en Colombia (1981 - 2016)’.

Desde la obra ya clásica de John Paul Lederach1, publicada inicialmente a fines del siglo pasado, hay una clara conciencia de la necesidad de construir escenarios sólidos de reconciliación nacional en sociedades profundamente divididas, tanto para el éxito de la negociación de los acuerdos de paz como para su posterior refrendación e implementación. Es decir, para poder construir un posconflicto pacífico y sostenible. A mi modo de ver, nadie tuvo una conciencia del grado de polarización nacional que vivía el país, ni del nivel de rechazo que había en la opinión pública hacia las Farc y los acuerdos suscritos. Además, las encuestas previas al plebiscito, que le daban un amplio margen ganador al Sí, no contribuyeron para nada a la captación de esas ‘aguas subterráneas’ que recorrían el subsuelo nacional.
 
Ante el desconcierto, se llevó a cabo un gran esfuerzo para intentar explicar por qué a pesar de que la mayoría abrumadora de los colombianos querían la paz el No se había impuesto. Sin duda, hubo numerosos factores coyunturales: una campaña sistemática de mentiras y generación de miedo (tales como el riesgo de un futuro gobierno ‘castrochavista’); un texto largo y de difícil lectura y asimilación; la exigencia al elector de votar a favor de la totalidad del texto así tuviese objeciones sobre algunos puntos específicos; la tendenciosa campaña sobre algunos aspectos del Acuerdo que supuestamente atentaban contra los valores familiares; la manipulación de las redes sociales2; la conversión de un plebiscito por la paz en un plebiscito sobre el Gobierno, un «plebisantos», como lo denominó un columnista3, el cual fue utilizado para movilizar a sectores descontentos con las políticas del Gobierno (como los transportadores de carga o sectores de las ‘dignidades campesinas’), y otros factores que, en el futuro, deberán ser evaluados de manera rigurosa4. Pero, más allá de los factores coyunturales que pudieron incidir en el voto negativo, lo más preocupante del resultado fue la sensación de que el país se hallaba partido en dos y que el esfuerzo de paz se había desvanecido.
 
A pesar de la derrota, y de manera sorpresiva, el Gobierno tomó la decisión audaz de escuchar a los principales líderes del No y exigirles a las Farc que aceptaran llevar a cabo un ajuste al documento firmado. De esta manera, en prolongadas sesiones de trabajo el equipo gubernamental recogió más de 400 modificaciones al texto del Acuerdo y las discutió con su contraparte en La Habana. Y aquí fue Troya. Mientras los líderes del No tenían la expectativa de llevar a cabo una segunda ronda de conversaciones para afinar los acuerdos (lo que denominaban un «acuerdo nacional por la paz»), de manera súbita el Gobierno anunció que ya se había llegado a un acuerdo final, definitivo e inmodificable con las Farc. No es claro qué factores incidieron en esta sorpresiva decisión. Pocos días más tarde, se firmó el nuevo Acuerdo modificado en el Teatro Colón de Bogotá, el cual fue refrendado ya no por vía plebiscitaria sino parlamentaria en Senado y Cámara, gracias a las sólidas mayorías de la coalición de gobierno. La aprobación tuvo lugar el 29 y el 30 de noviembre, respectivamente, y, de inmediato, se iniciaron los pasos siguientes previstos: la implementación legal de los acuerdos y el proceso escalonado por etapas de desarme, desmovilización y reintegración (DDR) de los excombatientes.
 
A mi modo de ver, la súbita decisión de firmar el Acuerdo de Paz sin una nueva ronda de conversaciones con los líderes del No y, por tanto, la posibilidad de haber encontrado un consenso amplio y nacional, dejó al país irremediablemente escindido y bajo dos riesgos perturbadores: el riesgo de la no o de la muy baja implementación de los acuerdos, y, un riego mayor, el de la reversión de lo acordado si en las elecciones de 2018 triunfan sus críticos. Ojalá Colombia no repita las experiencias trágicas de El Salvador y Guatemala en donde, tras la firma de los acuerdos de paz en 1992 y 1996, la fractura nacional en ambas naciones en torno a los acuerdos firmados condujo a un fracaso dramático en la construcción del posconflicto; es decir, que terminemos repitiendo en Colombia en el futuro la dolorosa frase de uno de los jefes del FMLN, Joaquín Villalobos: «Ganamos la paz, pero perdimos el posconflicto». 
 
Referencias
1. John Paul Lederach. ‘Construyendo la paz. Reconciliación sostenible en sociedades divididas’, Bogotá, Editorial Codice, 2007.
2. Francis Fukuyama, en un interesante artículo (“El surgimiento del mundo posfáctico”, en ‘El Espectador’, 7 de enero de 2017), analiza el impacto de la manipulación dudosa y altamente cuestionable de las redes sociales, tal como ocurrió con el ‘brexit’ o en el triunfo de Trump y que amenaza con generalizarse en todo el mundo. Ya Putin inició sin tapujos una ‘ciberguerra’, cuyo desarrollo potencial es escalofriante.
3. Juan Lozano, “El Plebisantos”, en ‘El Tiempo’, 31 de julio de 2016. La mutación de un plebiscito sobre temas específicos en un plebiscito sobre el gobierno de turno es un riesgo siempre presente. Remember De Gaulle en 1969 o, más recientemente, David Cameron.
4. Un notable esfuerzo en tal sentido es el libro de Andrei Gómez, ‘El triunfo del No. La paradoja emocional detrás del plebiscito’, Bogotá, Editorial Ícono, 2016.

Etiquetas

Más de revistas

LO ÚLTIMO DE REVISTAS