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Latitud 05 de Febrero de 2017

‘Tsundoku’, o la manía de acumular libros

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Efraín Villanueva / Alemania

¿Cuáles son las razones detrás del ‘mal’ hábito de comprar libros para luego no leerlos?

En el carrito de compras hay cuatro artículos.
 
El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, dividido en dos tomos, y For Whom the Bells Tolls y The Snows of Kilimanjaro, de Hemingway. Son usados y suman en total once euros y dieciséis centavos. La simple ganga debería impulsarme a dar clic en el botón de “Comprar”, de inmediato. Y, sin embargo, dudo. Me cuestiono si en verdad necesito estos libros. Me respondo que no, que necesitar necesitar, no los necesito. Incluso el mayor amante de la lectura puede, al menos físicamente, sobrevivir sin libros. Intento, entonces, justificar la compra de otra forma. 
 
A El Quijote le he dado la espalda toda la vida. Por un lado, por el temor de enfrentarme a semejante monstruo literario. Por el otro, cierta apatía y altanería, una convicción absurda de que no hay nada que pueda aprender de Cervantes. Pero recuerdo el consejo que el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya me dio hace más de un año mientras luchábamos contra veinte centímetros de nieve en Iowa City: «Los clásicos, los que han perdurado por cientos de años, son los libros que no hay que dejar de lee». Miro la pantalla: la excusa del miedo se desvanece porque se trata de una edición comentada y anotada, de Clásicos Castalia, que además fue ampliamente recomendada por una querida amiga, filóloga en Literatura Española. Mejor argumentos no voy a encontrar y, si así fuera, no los necesito.
 
¿Y qué hay de los libros de Hemingway? For Whom the Bells Tolls (Por quién doblan las campanas) es una edición de cientas disponibles en el mercado, aunque a esta tal vez le pueda otorgar un detalle sentimental por hacer parte de la extinta McMillan Publishing Company. Algunos de los cuentos de The Snows of Kilimanjaro (Las nieves de Kilimanjaro) ya los he leído en español, pero esta versión en inglés incluye traducciones al alemán en palabras claves. Es un ejemplar dirigido a estudiantes alemanes de bachillerato. Bien que me puede ayudar a incrementar mi vocabulario alemán. La estocada final es que añadir ambos al carrito de compras también permite llegar al mínimo de diez euros, lo que hace que el envío sea gratuito. No se diga más.
 
 Pero cuando estoy a punto de dar el clic definitivo, veo, en la esquina de mi escritorio una pila de libros: La huella de unas palabras, de Antonio Muñoz Molina; The Mezzanine, por Nicholson Baker; Delirio, Laura Restrepo; Slow Man, J.M. Coetzee; García Márquez: El viaje a la semilla, Dasso Saldívar; Music for Chameleons (Música para camaleones), Truman Capote; El mundo de afuera, Jorge Franco; Ham on Rye (La senda del perdedor) y Women (Mujeres), Charles Bukowski; El ruido de las cosas al caer, Juan Gabriel Vásquez; Catch 22, Joseph Miller. Mis pies tocan una caja debajo de mi escritorio, en donde se acumulan unos libros más. Levanto la mirada y a ojo de águila identifico al menos seis libros en particular. Es esta acumulación de libros el motivo real de mi indecisión de compra.
 
Para esta ¿condición? o ¿síndrome?, los japoneses tienen una palabra –“Tsundoku–: adquirir libros para luego no leerlos”.
 
***
 
Quienes comparten la certeza de que la lectura sí es una necesidad básica, tal vez no para el cuerpo, pero sí para el concepto abstracto de lo que llevamos por dentro, entienden que son muchas las justificaciones para continuar comprando libros. Aún si se tiene uno o más esperando a ser abiertos. 
 
Puede que recibamos una recomendación o leamos una reseña que no logramos quitarnos de la mente, y que nos lleva a indagar sobre el título y sobre el autor, hasta convencernos del imperativo de adicionarlo a nuestra colección. 
 
Puede que los compremos por la magia mercadotécnica con la que cuidadosamente son impregnadas las listas de recomendaciones de los medios: «10 libros que no puedes dejar de leer si eres feminista», «Autores hispanoamericanos recomiendan sus lecturas de verano», «25 libros que marcaron el 2016», «10 libros para empezar el 2017». 
 
Puede que se trate de libros leídos previamente, pero que representan el recuerdo de una época de nuestro pasado o simbolizan una que está por venir.
 
Puede que en medio de un artículo del periódico, o en las notas al pie de un libro de referencia, o en un monólogo interno de un personaje de ficción, o en una conversación en la oficina, un título o un autor sean mencionados y eso nos recuerda que todavía no lo hemos leído, que es uno de esos libros o uno de esos autores que se supone todo el mundo debería leer y nos entra la ansiedad de comprarlo porque no podemos permitir que el tiempo siga pasando y nosotros sin saber de qué nos estamos perdiendo.
 
Puede tratarse de la fortuna de encontrar un buen descuento. 
 
Puede que el motivo venga de nuestro yo de siete años que justificaba adornar las paredes de su cuarto con imitaciones de las cuevas rupestres: porque sí o ¿por qué no?
 
***
 
Una vez el libro está en nuestras manos, lo sacamos de su envoltorio, lo hojeamos, leemos la descripción de la solapa y la biografía del autor por enésima vez. Hay quienes disfrutan también el olor del papel. Si es usado, es probable que haya curiosidad de revisar anotaciones al margen o subrayados, o la expectativa de encontrar una dedicatoria o el nombre de su antiguo propietario. El disfrute del olor del papel se incrementa exponencialmente acorde a la antigüedad del ejemplar.
 
La garantía de su lectura inmediata, no obstante, no está ni siquiera medianamente garantizada. No solo porque con seguridad ya tenemos un libro sin terminar en la mesita de noche. Se trata, más que todo, de que una vez el libro está en nuestro poder, los afanes experimentados antes, durante y después del proceso de compra se dilatan. Da igual esperar una semana o un mes o un año, o más, porque nos sabemos más cerca de leer el libro que antes de haberlo comprado. La seguridad de saber que el ejemplar finalmente nos pertenece, que está ahí, al alcance de la mano, que basta con ir a nuestra biblioteca, sacudirle el polvo y hacerlo nuestro nos brinda comodidad. 
 
Pero la aprehensión nunca se termina de ir del todo. Mientras leemos el libro de turno no podremos sacarnos de la cabeza algunos de los más deseados del montón. En ocasiones, la lectura puede continuar por varias páginas hasta darnos cuenta de que hemos estado leyendo sin leer, imaginando lo que traerá el siguiente libro elegido. Tal vez nos levantemos de la poltrona en la que leemos y echemos un vistazo al anaquel. Puede que incluso nos aventuremos a tomar uno de ellos –mientras en la mano contraria sostenemos el libro que estamos leyendo, con un dedo entre sus hojas para no perder la página actual–, pero rápidamente lo devolveremos a su posición porque su turno aún no ha llegado.
 
***
 
Cervantes y Hemingway están ahora en el rincón. 

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